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Edición Nº 1663 |
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El Juicio BERENSON
HA pasado de cierta discreción a una mayor soltura. Algo ha cambiado en Lori Berenson desde que, el martes 20, se presentó por primera vez ante el Tribunal Superior contra el Terrorismo presidido por Marcos Ibazeta. Ya ha vivido tres sesiones, de aproximadamente tres horas cada una, ante esta instancia y si bien su actitud se ha vuelto más espontánea, hay cierta línea de continuidad en sus palabras. Su sentencia inamovible: los miembros del MRTA son "luchadores sociales". La Berenson ya no es esa joven que el 8 de enero de 1996 fue presentada por la DINCOTE, mientras gritaba algo destempladamente. Ahora luce arreglada y serena, habla buen español y no parece perder la calma ante las preguntas. Pero en ningún momento ha condenado las acciones del MRTA y ha insistido en que no sabía de los propósitos violentos de este grupo, al que conoció más que de pasada. Al punto que, en noviembre de 1994, cuando recién llegó, alquiló un departamento dentro de una especie de bunker de la organización. La Berenson, todo indica, nunca participó en una acción armada del MRTA, pero conoció, cercana y amigablemente, a algunos de sus dirigentes. Eso es lo que ella misma ha venido reconociendo durante estas sesiones, en las que los nombres de Nancy Gilvonio y Pacífico Castrellón (el panameño con quien vino a Lima)han aparecido rondando su proceso. Alguno de ellos pronto testificarán, para bien o mal de la norteamericana. Mientras, sus padres -Mark y Rhoda Berenson- viven su propio proceso, lleno de angustias, en la convicción de que su hija es inocente. Moviendo, además, Cielo y Tierra -incluyendo a las Naciones Unidas, la OEA, el Congreso norteamericano- para que su hija tenga un apoyo que acá ningún preso tiene. El fiscal César Navas Rondón ha pedido para ella 20 años de prisión, ante los ojos de la prensa nacional e internacional y el ojo, cauto pero escrutador, de la administración norteamericana. (RE/PM)
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