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Edición Nº 1668 |
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García a Toledo, 1985: `Quiero Que Seas
Mi Ministro' En 1995 Alejandro
Toledo publicó su autobiografía, "Las Cartas Sobre la Mesa"
(Instituto de Investigación para el Desarrollo del Perú).
El libro pasó relativamente desapercibido. Hoy es difícil
encontrarlo. En él cuenta que el plan de gobierno aprista del año
'86 se basó en un trabajo suyo, y que además Alan García
batalló desesperadamente para contar con él como ministro.
Aquí un extracto del capítulo "Las Oportunidades Perdidas"
pleno de revelaciones.
Escribe DESDE tiempo atrás, un grupo de técnicos vinculados al Partido Aprista venía utilizando el Plan que nosotros habíamos elaborado. Se reunían en torno al CEDEC, un centro de investigación que aglutinaba a Gustavo Saberbeín, Pocho Tantaleán, Daniel Carbonetto, Francisco Guerra, Carlos Franco y Pierre Vigier, un economista francés enviado por la Comunidad Económica Europea que participaba muy activamente con el CEDEC. Cuando la campaña electoral comenzó, el Partido Aprista nombró una comisión de plan gobierno que presidía Luis Alva Castro. El hecho es que entre todos se habían apropiado de esta investigación, la habían descuartizado y ni siquiera habían tenido la gentileza de citar o de reconocer la paternidad del trabajo. En el proceso se precipitaron los acontecimientos. Alan García Pérez ganó las elecciones cosechando el fervor y las esperanzas de millones de peruanos que veían en él una nueva oportunidad. Un día, el Presidente electo me mandó llamar. Envió como su emisario a un hombre de confianza, José Palomino, que después sería ministro de Pesquería. Quería que esté presente en una reunión que iba a tener en el local del CONAPLAN, cerca del Malecón de Armendáriz en Miraflores. La reunión comenzó a las diez de la mañana, me limité a escuchar. Con gran sorpresa observé que entre los presentes Alan había colocado a un psicólogo, encargado de examinar la reacción de los miembros del APRA frente a la presencia de un nuevo invitado. La reunión terminó con una exposición de Enrique Cornejo. Ya nos despedíamos cuando Alan me pidió que lo acompañe a su casa. En ese momento él vivía en un edificio en la avenida Pardo, llegamos allí al mediodía. En el primer piso me esperaba Agustín Mantilla, al que por primera vez conocía. Era el encargado de llevarme en el ascensor hasta el departamento. Allí estaban Alfredo Barnechea, Remigio Morales Bermúdez, Pocho Tantaleán, Luis Alva Castro y la esposa de Alan, Pilar Nores. Todo transcurría en medio de un gran desorden que también podía ser entendido como vitalidad. En la sala había una división de vidrio en donde estaban los teléfonos. Tantaleán parecía ser el hombre que manejaba todo eso. "Alejandro, -dijo Alan- ¿cómo ves tú todo esto?" Mi reacción inicial ante el triunfo del viejo partido fundado por Haya de la Torre, no era demasiado diferente a la que todo el país tenía en ese momento. El Perú tenía una oportunidad excepcional para comenzar de nuevo, había muchas esperanzas cifradas en el hombre que había hecho posible ese triunfo, expectativas que no podían ser frustradas. En consecuencia, era necesario estar preparado para lo que vendría. Le pregunté cuánta de esa preparación para gobernar estaba avanzada ya y lo que aún faltaba, cuán rápido lo podía completar. El plazo para asumir el poder estaba ya muy cerca. Recuerdo esa reunión como velada por un sentimiento febril en el que todo parecía posible. El teléfono timbraba con llamadas del extranjero, los almirantes hacían cola atrás de la puerta para ingresar. De pronto llegó un hombre de la televisión con una novedad inquietante: la vida del Presidente electo corría peligro. Desde el canal de televisión habían monitoreado sus movimientos, podían seguirlo por la calle, su seguridad tenía grandes lagunas. Alan lo escuchó en silencio y le pidió que se siente. Retomó la conversación, dijo que todo lo que habíamos conversado sólo era sobre un pedazo de la realidad, quería hablar sobre el sector informal. Cuando terminamos de conversar, alguien, señalándome en tono estentóreo, proclamó: "Aquí tienes a tu ministro de Industrias..." Sin perder un segundo, Alan respondió, como dirigiéndose a todos: "Pero si Alejandro no me ha ofrecido su apoyo todavía." Existe una rutina consagrada en esas visitas al poder. Lo clásico
es ir a saludar y aprovechar la ocasión para deslizar una declaración
de apoyo incondicional. Mi omisión era demasiado saltante como
para pasar desapercibido. La tarde transcurrió en esa atmósfera
de caos vital que parecía rodear siempre al joven Presidente electo.
Pilar Nores mandó a traer pollos a la brasa, almorzamos tarde,
a las 5:00 p.m. creí conveniente retirarme. A la salida Luis Alva
Castro se acercó y me dijo: "Sabes, sería muy importante
si tú nos apoyas en la labor de gobierno, veo que tenemos gran
afinidad y el Presidente tiene un enorme respeto por ti. Piénsalo."
Eso fue todo. Al menos eso creí mientras regresaba a mi oficina en ESAN. No había pasado una hora cuando Alan llamó por teléfono: "Oye Alejandro, -me dice- francamente me alegro de haber conversado contigo. Lamento sí que todavía no hayas expresado tu deseo de colaborar con nosotros." Era una apelación directa, no me quedaba sino pronunciar las frases de rigor "Es cierto -le dije- pero en lo que yo pueda ser útil, en donde existan coincidencias, cuente conmigo." En ese primer momento aún me dirigía a Alan tratándolo de usted, luego, con el paso del tiempo, creció una mayor confianza y hasta amistad mutua entre los dos. Pasó una semana de esa primera reunión y recibí la llamada de Gonzales Posada, me invitó a un desayuno de trabajo para discutir algunos puntos de la transición entre un gobierno y otro que en esos momentos se realizaba aceleradamente. La propuesta del Ministerio de Industria seguía rondando en mi destino futuro. Supongo que implícitamente pensaban que yo iba a ser el ministro, pero mi falta de espíritu cortesano y de vocación para formar parte del grupo de incondicionales, que rodeaba al Presidente electo, me alejó definitivamente del juego. Al final, el círculo se cerró fuertemente con Tantaleán, Saberbeín, Carbonetto, Palomino y los demás nombres conocidos. Se inauguró así el primer gobierno aprista en medio de grandes expectativas y esperanzas. Comenzó todo el proceso que luego se llamaría política heterodoxa. Se proponían estimular la demanda interna, aumentar los sueldos y salarios y controlar los precios para que la inflación baje. En su mensaje inaugural ante el Congreso, el Presidente anunció su decisión de limitar el pago de la deuda a un máximo del diez por ciento de los ingresos de exportación. Además, abrieron el crédito preferencial, condonaron deudas y se dispusieron a hacer uso de la capacidad instalada ociosa, que animó principalmente al sector manufacturero. Como consecuencia, la inflación comenzó a bajar debido a la política de control de precios. El producto bruto durante el período 1986-87 creció enormemente gracias a los estímulos. Por último, las reservas internacionales del Banco Central se acrecentaron significativamente debido al simple procedimiento de dejar de pagar. El resultado de todo eso fue espectacular. Llegó un momento en que todos los indicadores estaban en ascenso, parecía que se acababa de descubrir una nueva fórmula milagrosa para hacer política económica. Era hermoso y una gran alegría contagiaba a todos, con un capitán que se estimulaba con el poder y un ejército de allegados que le decían sí a todo, y como los resultados eran buenos... Tengo que decir ahora que tempranamente advertí los riesgos del camino que estábamos siguiendo (...) Esencialmente escribí sobre esto en un trabajo que titulé ("Riesgos de los Controles y Límites de la Política de Control de Precios") y que expuse en una conferencia realizada en el Hotel Crillón, durante la reunión anual de ADV. El otro conferencista invitado era el ministro de Economía Luis Alva Castro. Se produjo allí una confrontación desagradable, nadie en el gobierno estaba dispuesto a escuchar críticas. Alva Castro incluso llegó a decir que había gente celosa de los éxitos del Gobierno, que estaban tratando de sabotear su programa. Por esos días tuve una larga conversación con el Presidente de la Cámara de diputados, Fernando León de Vivero. Le expuse francamente mis preocupaciones sobre las políticas que en ese momento daban frutos pero que nos deparaban enormes riesgos. "¿Sería usted tan amable de preparar algo por escrito para el Presidente?" -me preguntó León de Vivero. No tenía ningún inconveniente. Me encerré en mi escritorio y escribí un memorándum de unas cinco o seis páginas. Días después recibí una llamada de Alan, había leído el documento que le había enviado León de Vivero y se mostraba permeable a mis observaciones. Aunque en este momento no proporcione réditos políticos, me resisto a participar en ese rito nacional, que cada cierto tiempo repetimos, que la sabiduría popular llama "hacer leña del árbol caído". Sobre el período del gobierno aprista penden gravísimos cargos y yo mismo no he omitido críticas que me parecen del todo fundadas. Sin embargo, no debemos olvidar la corresponsabilidad de la sociedad que en su momento se sintieron totalmente identificados con quienes ahora abominan.
Hay un momento que me parece simbólico y que resume el estado de ánimo de esos años de ilusión. Fue durante la Conferencia Anual de Ejecutivos de 1986, en la ciudad de Huaraz. El escenario era magnífico, llegué en una avioneta de Minero Perú, minutos después aterrizó Alan, manejando el avión de Dionisio Romero, todos los empresarios, los banqueros, los industriales estaban allí. Su discurso fue impresionante. En pocas palabras les comunicó que el momento de construir la patria, con los empresarios, había llegado. Los primeros resultados estaban a la vista, habíamos crecido. Los hombres de empresa iban a ser los actores, los grandes promotores del crecimiento. Terminó diciendo que, si por algún motivo ocasional no había dinero, lo único que tenían que hacer era llamar a su Presidente. La ovación fue interminable. Lo recuerdo vivamente, todos estaban de pie, a algunos se les caía las lágrimas. La habilidad oratoria de Alan era incomparable. Cuando terminó del discurso, el Presidente salió a la Plaza de Armas donde habían colocado un busto de él. Jamás vi a tantos empresarios tan comprometidos con una sola persona. En las horas siguientes muchos de ellos tomaron decisiones de inversión influidos por ese clima anímico. Algunos invirtieron más, otros menos, pero todos compartían la misma predisposición. Nunca en sus vidas los empresarios hicieron tanto dinero como en los primeros dos años del gobierno aprista. Era noviembre de 1986. A la vuelta de la esquina se preparaba la estatización de la banca. Fue un dramático caso de frustración de expectativas. Alan pensó que les había dado a los empresarios todas las ventajas, habían ganado dinero y él esperaba que esas ganancias se reinviertan. Pero en algún momento se dio cuenta, a través de Daniel Carbonetto y otros, que el nivel de reinversión no correspondía a la situación esperada. ¿Dónde estaba la plata? En principio, yo comparto el diagnóstico de que el crédito estaba concentrado, había un carrusel, los dueños de los bancos prestaban el dinero a sus empresas, la pequeña y la mediana empresa no tenía acceso al crédito. Pero la estatización fue un error colosal. Para corregir la situación había una ley de banca que podía modificarse. Alan actuó con su habitual impremeditación. Preparó la ley con Daniel Carbonetto y algunas otras personas, eran muy pocos. Ningún ministro estaba al tanto, apenas fueron tres o cuatro allegados a los que hizo jurar, por Dios y por su madre, que guardarían el secreto. Si alguien se enteraba de lo que se estaba preparando, se llenaría de dinero en veinticuatro horas. Trataban de evitar las corridas para que los banqueros no tengan tiempo de sacar su dinero al exterior. Así se frustró esta ingenua ilusión. Desde ese momento el Gobierno perdió su capacidad creativa y comenzó a actuar a la defensiva. Alan estaba convencido de que los empresarios, utilizando los medios de comunicación, lo querían destruir por completo, ya que les había tocado el punto más sensitivo: el bolsillo. La atmósfera nacional se enrareció. Aunque yo compartía el diagnóstico de hacer más accesible el crédito, no estaba dispuesto a ser cómplice de un error de tales proporciones. Un domingo en el programa televisivo "Panorama", me entrevistó Jaime Bayley. Di mis opiniones honradamente pero al final quedó claro que yo estaba en contra de la estatización. Recibí una andanada de ataques por eso. Los allegados al hombre dejaron de hablarme. Los antiguos elogios a mi persona se tornaron súbitamente en ácidas críticas. Pero el tiempo jugaba en contra del gobierno y Alan seguía buscando mi opinión. Recuerdo un día en particular. El Banco de Crédito y la Asociación de Exportadores habían organizado una conferencia internacional de intercambio de deuda por inversión, que se realizaba en el bunker que el banco acababa de construir en La Molina. Terminé mi conferencia y estaba resolviendo las preguntas de un panel de invitados, cuando alguien se me acerca y me murmura al oído que tenía un mensaje urgente del Palacio de Gobierno. Era Alan que me llamaba con insistencia. "No puedo en este momento -le dije- estoy en la mitad de una conferencia." "¿Qué es más importante? -preguntó Alan. Vente aquí y después regresas." Finalmente acordamos vernos a las siete de la noche. Alan sirvió unos tragos y sacó un gran queso, comía queso con una voracidad sorprendente. "Alejandro -me dijo con genuina desesperación- me estoy quedando solo. Tengo un partido plagado de personas obsoletas, desgastadas y ciegas. Acaba de renunciar Abel Salinas, uno de mis hombres de mayor confianza." Luego habló de las generaciones de apristas que se habían sacrificado para que uno de ellos tuviera la oportunidad de gobernar. "Ayúdame a gobernar este país" -insistió. Nadie podrá decir que Alan no es un hombre muy inteligente y que su capacidad de seducción es prácticamente ilimitada. Quedamos en volver a conversar. Al día siguiente me volvió a llamar. "Tú conoces mi manera de pensar, -le dije- sabes cuáles son mis objeciones, pero yo no sé cuáles son los grados de libertad que tendría para trabajar en este gobierno." "Los que tú quieras, Alejandro, -dijo sin titubear un segundo-. Quiero que me ayudes a gobernar." Ese mismo día recibí la llamada de Gustavo Saberbeín que había quedado como ministro de Economía después de la estatización. Estaban nombrando las Comisiones Interventoras de los bancos y me propuso hacerme cargo de la Comisión Interventora del Banco de Crédito. Me lo comunicó como un encargo del Presidente. Yo estaba en desacuerdo con la estatización, lo había dicho públicamente, había tenido un altercado con Lucho Alva y, por último, Saberbeín venía a ofrecerme un puesto. Los interventores después se vuelven presidentes del banco. Además, Alan me ofrecía insistentemente el Ministerio de Economía. Francamente no entendía nada "Yo no soy financista, soy economista" -le respondí a Saberbein, que desconocía mis conversaciones con Alan, al que estaba utilizando para enrolarme en su comisión. La última conversación en el Palacio de Gobierno fue esa noche o la noche subsiguiente. Hablamos durante muchas horas. Alan mostraba su sorprendente vitalidad. Llegó la hora del desayuno y seguía hablando. A las diez de la mañana salí de Palacio. Para ese momento ya se corrían las bolas de que había aceptado el cargo. La ola crecía a mi alrededor haciendo una gran presión. Pero algo había aprendido moviéndome en las entrañas del monstruo, me aseguré de no salir de Palacio por atrás, por la puerta de Desamparados, sino de utilizar la puerta principal y dar cara a los periodistas. Una nube de reporteros me asaltó en la entrada. "¿Es cierto que ha aceptado usted?" "Estamos sosteniendo conversaciones sobre el tema económico en términos generales." "¿Cuáles serían sus requisitos para aceptar el cargo?" Era la oportunidad que esperaba para desinflar el globo. Expuse mis exigencias con toda franqueza de modo tal que resultaban inaceptables. Desde ese momento no hubo más llamadas mi más consultas.
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