Edición Nº 1669

 

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    ARTICULO

    10 de mayo de 2001

    Dedo En la Yaya
    Ni dólar MUC, ni otras hierbas. Para bajar el precio de los medicamentos, hay que darle a los laboratorios un poco de su propia medicina.

    La decisión de Nelson Mandela de "mandar al demonio" los derechos de patente sobre los medicamentos contra el Sida y autorizar su producción genérica en Sudáfrica desató un furor internacional que ahora llega a nuestras costas. Y es que Mandela puso el dedo sobre la llaga: logró demostrar que los costos mensuales de tratamiento contra el Sida caían de US$ 6,000 a US$ 600 si los poderosos laboratorios farmacéuticos cedían sus derechos de patente. La decisión de Mandela fue denunciada por los laboratorios ante los tribunales sudafricanos, pero al final se llegó a una solución salomónica: los medicamentos mantendrán la marca, pero se venderán a precio de genérico. El autor del presente artículo dice que así es como hay que bajar el precio de los medicamentos, y no con pasadas de huevo u otras curas chamanísticas.

    Taro Takahashi dirigiendo una de las escenas del documental sobre Hirayama. El actor Kiyoshi Nanaoya, a la derecha, interpretando al fotógrafo, Hirayama.

    Por
    URIEL GARCIA CACERES*

    EL tema del abaratamiento de los medicamentos ha regresado al tapete de la discusión política. En la primera vuelta el partido Frente Independiente Moralizador lo planteó con meridiana claridad. Ahora, en la segunda, está en el ojo de la tormenta gracias a la prodigiosa propensión que tiene Alan García para sustentar sus razonamientos con base en las palabras y en gestos espectaculares en vez de conceptos reales.

    Ya existió un imaginativo método para disminuir el precio de las medicinas, ideado durante el gobierno del actual candidato del Apra. Fue el de implantar el célebre dólar MUC. Esta medida favoreció a los imporadores y a los envasadores locales de medicamentos de marca, porque ganaron como nunca se ha visto en la historia reciente. El abaratamiento de los medicamentos fue tan "bueno" que dio margen para que, al precio del dólar MUC, estuvieran al doble, con dólares reales. Aunque, es verdad, que costaban, al consumidor, menos que en los países vecinos (que no usaban MUC). Esto produjo un negocio adicional a los fabricantes, distribuidores y farmacéuticos allegados al régimen. Aparecieron grandes farmacias y depósitos de medicamentos en los puestos más periféricos de las fronteras, aumentando las "ganancias" de los especuladores.

    Cuando Fujimori quitó el MUC las medicinas subieron, desde entonces, al doble o, en algunos casos, al triple del precio internacional. La principal razón del elevado precio de los medicamentos, en el Perú, fue ésa. Después se sumaron otros factores como la inmoralidad de quienes tuvieron a su cargo el registro de los medicamentos importados. Sólo los allegados a los regímenes de turno podían hacerlo. A esto se sumó para los medicamentos producidos aquí el creciente costo de los factores de producción. Alan García, seguramente en un acto más de mea culpa está tratando de abaratar los medicamentos que los dejó aquí al doble de caros que en Europa. No tiene nada de extraordinario que en cualquier país el precio de los productos farmacéuticos esté al doble que aquí. El iniciador de esa especulación fue Alan García y su continuador fue Fujimori, secundado eficazmente por Víctor Joy Way, que vendía medicinas chinas desde los tiempos del dólar MUC. Este padre de la patria ahora especula con los medicamentos genéricos. Estos son tan baratos que se da el lujo de venderlos al quíntuplo de su precio real y así todavía están cómodos.

    Cuando se tiene el sentido mesiánico de la política, ocurren cosas como ésta. El presidente García durante un "balconazo" anunció, con elocuente algarabía, que el lincocín había bajado de precio merced a sus dólares MUC. Dijo que ése era un remedio bueno para los dolores de garganta y resfriados. El lincocín, después de ese insólito caso, en el que un Jefe de Estado promocionó una medicina, se convirtió en el antibiótico más recetado, durante varias décadas. Los representantes en el Perú de la firma Upjohn, fabricantes de ese producto, fueron premiados por sus patrones. Hubo, eso sí, un molesto detalle, que fue pasado por alto. Resulta que en el país del norte estaba expresamente prohibido usar lincocín en casos de dolores de garganta o resfriados. A propósito, ese antibiótico ya ha sido retirado de la farmacopea internacional. Entre nosotros todavía se vende y es aún popular.

    Si la intención política del Estado, como guardián supremo del bienestar colectivo, es la defensa de la población, especialmente de los sectores con mayores riesgos de enfermar y morir por la pobreza, sobre las especulaciones de los mercaderes del medicamento, entonces el abaratamiento de los medicamentos, y aun el de los artículos de consumo diario, pasa, de manera inevitable, por el suministro de los productos llamados "genéricos".

    Los productos genéricos son los fabricados con el mismo rigor científico y tecnológico de los que tienen "marca patentada". La diferencia está en que los más caros componentes del precio al consumidor, en los genéricos, han sido eliminados. Estos son: costosos rubros de inversión de capital de riesgo para realizar la búsqueda (prospección) de un nuevo medicamento, así como los gastos de promoción y de pruebas; y, por último, la perfeccionada publicidad con caros "visitadores médicos". Cuando ha vencido la patente de un producto farmacéutico cualquier fabricante o envasador de medicamentos puede adquirir los insumos de esos productos para convertirlos en genéricos, en la forma que la ciencia médica lo recomienda (pastillas, cápsulas, jarabes, inyectables, etc.) para presentarlos al mercado usando el nombre común, sin patente. En más del 90% de los casos, las medicinas pertenecen a este tipo.

    Para tener genéricos, dentro de un país, se requiere un control de calidad muy riguroso. Para este fin, se debe adoptar un documento llamado farmacopea, que es una suerte de manual de normas y procedimientos para el diagnóstico, prevención y curación de las enfermedades humanas. Allí están identificados todos los fármacos que una nación decide suministrar a sus habitantes. Este documento debe ser aprobado por una ley, del más alto rango. El cumplimiento, la vigilancia y el registro de los medicamentos debe correr a cargo de un organismo autónomo libre de las influencias gubernativas y, sobre todo, de la industria farmacéutica. Esto último, porque, por ejemplo, a nadie se le ocurriría integrar el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas con los representantes de los fabricantes de armas. De esto ya tuvimos una trágica experiencia. En suma, en el Perú, ninguno de estos requisitos básicos se cumple realmente: la farmacopea (como instrumento único) o un organismo regulador realmente autónomo.

    García no ha explicado cuáles de los medicamentos con marca son los que él propone abaratar. Si se trata de los que tienen la patente vencida, entonces más vale que se suministre los genéricos, de esos mismos productos, que son infinitamente más baratos que el 50% que él ofrece. Si se trata de los otros, de los que están protegidos por patentes, que son inalcanzables astronómicos a la vez que indispensables para los tratamientos siquiátricos, de tumores malignos, cardíacos y el Sida. Nosotros hemos propuesto la solución Mandela (CARETAS 1661). Si las grandes transnacionales no abaratan esos productos habrá que legalizar la elaboración de genéricos de esos productos que, como se ha demostrado en Sudáfrica, abaratan un tratamiento para el Sida de 6.000 a 600 dólares. Varias grandes empresas, temerosas de perder sus derechos de patente están ofreciendo a ese país y a varios centros americanos al precio genérico. Esa es una solución que hay que buscarla y para eso se necesita un claro pensamiento de política de salud.

    En suma, cuando se trata de abaratar las medicina nunca hay que ser verboso en medio de la oscuridad que produce la ignorancia.

    ––––––––––––
    * El autor, es un patólogo distinguido y ex ministro de Salud.

     


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