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Edición Nº 1669 |
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Por FERNANDO VIVAS
LAURA Bozzo es sensacional. Miente diciendo la verdad porque es tan obvia que no engaña del todo a nadie pero convence un poco a todos; embosca, juzga, azuza, condena y se lava las manos en tu cara. Es Pilatos, Herodes, Judas y la Tía Manson, la única, capaz de condensar el efecto de 3 telenovelas en un solo show. Será un crimen para la humanidad pero es un milagro para Telemundo (aquí en América Canal 4, la cosa no es tan simple). Laura te mete cuchillo para que llores en pleno berrinche confesional, te paga 50 dólares (o más, según tus habilidades histriónicas) para que lo hagas tan bien que ni ella se dé cuenta. Te da más que un cuarto de hora, te convierte en sicario por un día. Ella es la medida de todas las cosas: pellejo duro, alta, flaca, de una elasticidad tal que ha sorprendido a su cirujano plástico Otto Cedrón y a su chico de la bailanta. Todo le resbala mientras no la comprometa penalmente. Ahí sí salta y te dice "yo no sabía que Vladimiro y el Chino eran unos sinvergüenzas", "no sabía que los Crousillat tenían un contrato con el SIN y me habían colocado en una cláusula", "solo quería colaborar en la lucha contra el terrorismo". Por supuesto que lo sabía todo. La diferencia de Laura con Montesinos es que convirtió su carrera prohibida por la fama en un show permitido por la sociedad. En el set, el llanto y la bronca, el melodrama firme o bamba; tras bambalinas, la entrega. Te doy los votos de mi clientela impresionable, te regalo el aplauso de mis caseritos inflamables. ¿Qué le dieron a cambio? Nada, porque Laura ya tenía todo lo que le podían ofrecer (le hubiera gustado algo de prestigio, pero eso no estaba en el stock de Montesinos). Simplemente, quería que la dejaran ser una pieza clave en el poder. Un miembro de la organización con coartada diaria al mediodía, ningún compromiso abiertamente delictivo y, si el plan se venía abajo, absoluta libertad para cambiar de camiseta como ya lo había hecho tantas veces. Hasta ahora han cumplido con ella. Pero si los Crousillat hablaran... ...Quieta, que aún no te pasa nada. Por ahora, la mayor contingencia de Laura es que está harta del Perú -el sentimiento es mutuo- pero no tiene más remedio que producir aquí sus próximas temporadas. La hoja de coca para el laboratorio de su talkshow no está en Miami o México o Los Angeles, sino en los barracones del Callao, en los callejones de Barrios Altos, en los pueblos jóvenes de Villa María del Triunfo. El límite superior de su programa es su incultura, el límite inferior es su inmoralidad. En el medio, su ubicuidad chilla en vivo y anima en diferido, -ayer estaba en Chile con el inefable Pedro Carcuro, hoy está en el Jorge Chávez camino a su cita con Jim McNamara de Telemundo- y le permite esquivar todas las balas. Y si no, las encaja, las revuelve y las escupe. No sé si tenga sentido darle vuelta a los motivos profundos de esta artista del engaño y la obviedad: serán pues el poder, los lujos, la fama aunque sea la que inspira odio y desdén. Como cualquier mortal Laura reacciona mal a las críticas pero es esa excitación la que dilata su ego asmático. Laura es lo máximo, por eso la ve tanta gente. Yo la veo a veces hasta repetida. Pero enseguida la devuelvo. Laura es eso, el buitre (*) de nuestra civilización televisiva. ________
Escribe ALFONSO SALCEDO
Zapeando no viene de sapo sino de ¡zape!, palabra con la que nuestras viejas suelen espantar a los gatos o mostrar extrañeza y miedo frente a hechos negativos. Asumimos el papel de viejas gatunas para referirnos a ¿nuestra? TV, a ver si así contribuimos a espantarla de nuestras pantallas. Otras palabras que han rondado mi indignación... y, en menor grado, la siguen rondando, son "degradación", "envilecimiento". Sabemos de dónde vienen las directivas. ¿De dónde vienen las que permiten que algunos rasgos perduren?, ¿la competencia obliga a degradados y envilecidos empresarios a mantener niveles incompatibles con la dignidad del pueblo que entre todos debemos construir?, ¿las licencias que la sociedad otorga vía el Ministerio de Transportes abren irrestrictas ventanas en todos los hogares para que por ellas ingresen libremente esos empresarios chaveta en mano? Nada hay peor que la falta de libertad, pero... "¿dónde los hombres?" como decía León Felipe. ¿Dónde la rebeldía de los conductores de programas?, ¿dónde la ética de los anunciantes?, ¿dónde la sobriedad de los directivos de las agencias publicitarias?, ¿dónde el reclamo airado de Víctor Delfín y La Resistencia?
Hora Pico
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