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Edición Nº 1670 |
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Por FRANCISCO SAGASTI HACE algún tiempo, cuando todavía se bailaba música criolla en las fiestas juveniles, se puso de moda una polca cuya letra decía en parte: "… cuando Pedro sacó a Sara ésta no quiso aceptar, pero al cabo de un momento bailó con un militar; los militares, como te gustan, cómo te gustan los militares; pero ten presente que en la próxima parada, los militares te pueden dejar plantada". Algo así ha sucedido con nuestra República a través de la historia: una reiterada fascinación con los militares, que luego se transforma en decepción. Una y otra vez hemos recurrido a las Fuerzas Armadas para "resolver" nuestros problemas políticos, para darnos cuenta luego de que los atributos que proyectamos en sus miembros -integridad, disciplina, compromiso con el país, capacidad de acción- existen entre ellos en la misma medida que en el resto de ciudadanos, y que los militares no tienen ventaja alguna para hacer frente a los problemas de gobierno. El más reciente caso de esta equivocada fascinación fue el tratamiento que se dio a la rebelión del comandante Ollanta Humala, cuyo comportamiento se contrastaba con el de la corrupta cúpula montesinista. La aprobación ciudadana del autogolpe de 1992, la popularidad que tuvo el gobierno militar del general Velasco Alvarado y, en general, la idea de que una "mano fuerte" es necesaria para sacar el país adelante, son otros ejemplos de la peligrosa predilección por recurrir a los militares en tiempos de crisis. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que esto es un error. En mis épocas de estudiante universitario participé en algunas reuniones de un grupo al que pertenecía el hijo de un general que luego jugaría un prominente papel en el gobierno militar del general Velasco Alvarado. Recuerdo los argumentos de este joven acerca del papel de la Fuerza Armada: "Para cambiar el país se necesita tener integridad y poder, algo que no tienen ni los políticos ni los empresarios, y que sólo tienen los militares. Por lo tanto, es necesario concientizarlos e infiltrarlos para producir el cambio". Con el simplismo propio de la inexperiencia, estos argumentos parecían razonables. Ver de cerca cómo operó el gobierno militar en esos años, me hizo cambiar de idea.
Dos anécdotas permiten ilustrar el acelerado proceso de aprendizaje por el que transitamos muchos muchachos de esa época. La Comisión de Reforma Educativa reunió en 1969 a un destacado grupo de educadores y profesionales -Emilio Barrantes, Walter Peñaloza, Augusto Salazar Bondy, Jorge Bravo Bresani, Ricardo Morales y Carlos Delgado, entre otros. El informe que produjeron fue excelente y recibió elogios de la Unesco. Sin embargo, no se había calculado el costo de poner en práctica el nuevo sistema educativo, por lo que nos llamaron a un grupo de jóvenes ingenieros para hacer un estudio económico utilizando modelos de simulación por computadoras. El resultado fue claro: ni asignando todo el presupuesto nacional a la educación era posible transitar al nuevo sistema en los cinco años que había programado el gobierno militar. Cuando presentamos los resultados a las autoridades del Ministerio de Educación fuimos acusados de "contrarrevolucionarios" y de querer sabotear la reforma educativa. No pudimos hacer nada contra el voluntarismo de los militares a cargo del ministerio, para quienes una orden -aunque sea imposible de cumplir- se acataba "sin dudas ni murmuraciones". El segundo caso ocurrió en el Ministerio de Industria, en donde trabajé con el ministro, el almirante Alberto Jiménez de Lucio. Su jefe de asesores militares (segundo cargo en el ministerio de esa época) regresó del curso del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM) y nos reunió a todos los asesores civiles. Agitando un libro de economía en sus manos, proclamó que lo que haríamos de ahora en adelante sería poner en práctica lo que había aprendido sobre desarrollo industrial. Algunos tratamos de indicarle que no es posible diseñar políticas públicas en base a libros de teoría y la discusión fue subiendo de tono. Cuando le mencioné que conocía a los autores, dos destacados economistas chilenos, y que ellos mismos eran muy prudentes en cuanto a la viabilidad de sus propuestas, el jefe de asesores militares levantó la voz y sentenció: "Ustedes serán muy inteligentes, pero como asesores civiles tienen que saber que su función es justificar las decisiones que tomamos los miembros de las Fuerzas Armadas". Al día siguiente presenté mi renuncia. Sé muy bien que estas anécdotas no representan lo que dicen y hacen la gran mayoría de los oficiales. Tenemos la suerte de contar con muchos militares serios, honestos y patriotas en el mejor sentido de la palabra. Sin embargo, el penoso espectáculo de ver un video mostrando a cientos de ellos firmar un acta de sujeción a la cúpula militar montesinista me ha hecho pensar, una vez más, en la necesidad de replantear nuestras concepciones sobre el papel de las Fuerzas Armadas en la vida nacional. Debemos empezar por actualizar la doctrina de seguridad nacional. Hace casi medio siglo, el general José del Carmen Marín planteó en el CAEM la idea de que la seguridad nacional dependía tanto de la capacidad de las Fuerzas Armadas como del desarrollo socioeconómico; ahora es necesario añadir que también depende de la gobernabilidad democrática. Sin unas Fuerzas Armadas eficientes, sin desarrollo social y económico, y sin democracia no es posible garantizar la seguridad nacional (1). Luego es preciso reconocer que el fin de la Guerra Fría y la globalización han cambiado la naturaleza de los problemas de seguridad. Los organismos internacionales juegan ahora un papel central en la prevención y resolución de conflictos, las consecuencias económicas y financieras de los conflictos bélicos son desastrosas, y tenemos una nueva serie de amenazas a la seguridad: problemas ambientales, migraciones ilegales, crimen organizado y narcotráfico, entre otras. Todo esto exige cambios en las funciones de las Fuerzas Armadas. También debemos revisar los programas de estudio en los centros de instrucción militar y en los colegios y universidades, con el fin de hacer converger las perspectivas que tenemos unos y otros sobre la historia peruana, -y sobre el papel que han jugado los militares en ella. Además, es preciso delimitar el campo de acción de las Fuerzas Armadas para evitar que compitan en forma desleal en actividades económicas, algo que ya ha empezado a hacer el gobierno de transición. La toma de conciencia sobre la nefasta politización de las instituciones militares y el proceso de transición democrática presentan una extraordinaria oportunidad para adecuar nuestras Fuerzas Armadas a las exigencias del siglo 21. Recordando la letra de la polca mencionada al inicio de esta nota, para lograr esto debemos trascender tanto la fascinación como el desencanto con "lo militar". Sólo así lograremos una apreciación balanceada y sobria de lo que deben ser nuestras Fuerzas Armadas. ______
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