Edición Nº 1670

 

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    MAL MENOR
    17 de mayo de 2001

    Por JAIME BEDOYA

    De la Injuria Como Bella Arte

    ANTE todo quiero dejar bien en claro que guardo la más alta de las estimas y consideraciones hacia Alejandro Toledo y Alan García, para quienes sólo podría manifestar gratitud y consideración, jamás pudiendo salir de mi boca palabras algunas contra ellos. Dicho esto, pasemos al vituperio.

    El debate exige nivel. Categoría. Pasada la primera etapa del insulte chato, aquél fácil de satisfacer con el clímax banal de la risotada fácil, ha llegado la hora de demandar brillantez de conceptos y sofisticación expresiva inclusive en el denuesto. Dejar la chaira por el florete. Esto implica el concurso de las presumiblemente dos mejores inteligencias que la política nacional ofrece, y al sabio veredicto de las mayorías me remito. El denodado esfuerzo de este par privilegiado nos permitirían como nación dar el salto cuántico del pozo conceptual donde yacen estancados términos primarios como auquénido de Harvard o caballo loco, a nuevos y gloriosos niveles de la maledicencia al servicio de los más altos intereses de la patria.

    Expresan ambos candidatos que el inminente debate será de conceptos y no confrontacional. Como declaración de involuntaria comicidad dentro de la corrección política habitual es de incuestionable pulcritud, pero ojalá sea inexacta. Porque precisamente 90 minutos de conceptos según este dúo irremplazable los entiende -es decir, la variación del precio del Gravol y la crueldad de los serveces- sumirían a la nación toda en la lasitud plena y el más profundo sueño de sábado por la noche, haciendo favores supremos a favor de ese creciente guarismo de la nadería protofujimorista que, involuntariamente o no, se ha encarnado en el voto en blanco o viciado. Voto de protesta que, hasta antes que lo convirtieran en campaña sin destino, era un voto chúcaro y decente, y en lo que respecta al viciado, hasta de discreta dignidad coprolálica. Ya no. Ahora se ha convertido en un cheque que alguien querrá cobrar tarde o temprano. Ahora toca elegir.

    No queremos sangre, pero sí por lo menos sudor. Algo de transpiración neuronal y registro encefalográfico que ayuden a convencer a la masa indecisa que hay seres pensantes y no meros buscafortunas detrás del fotocarnet sonriente en la cédula electoral. Es difícil, raya en la imposibilidad, pero urge deslindar si acaso alguno de los dos piensa -no solamente habla- mejor que el otro. Contrariamente a lo que algunos sostienen, comparando lo que dan en llamar el hablar bonito con poco menos que una mañosería de barrio, es justamente el lenguaje un indicador válido respecto a esta índole. Siempre y cuando éste se administre dentro de un flujo inteligible y articulado, lejano de los vacuos chorros propios de la verborrea. O yendo al otro extremo, evite ajarse en el tartamudo puje vocal que el estreñimiento verbal obliga, sacrificio intermitente que hace añicos toda sintaxis e inútil el intento de transmisión de ideas. El caso Fujimori, buscando un ejemplo grosero, es prueba fehaciente que detrás de la coartada que el buen lenguaje es un engaño vil, hay un fraude que además de impredecible, es iletrado.

    Candidatos, levanten la mirada, el país los escucha. Reciban aquí apenas un granito de arena materializado en tres tácticas elementales de la maledicencia, las cuales por cierto habrán de ser utilizadas dentro de los terrenos propios de la caballerosidad y el mutuo respeto. Pero no olviden que el sábado es en vivo.

    a) Ninguneo.- Estrategia básica de desestabilización del contrincante y de ejecución sumamente elegante. A condicion que se ejecute de manera distinta al simplismo con que Fujimori, año '90, se dirigiera repetidamente a su contendor como Señor Varga (sic). El oficio del ninguneo, por su filigrana minimalista, ha sido comparado inclusive al bonsai, sutileza por demás ajena a un falso nipón, y seudoperuano, por añadidura de falsedad redundante. El ninguneo es tan ligero como una brisa que nos evita, pero de efecto tan demoledor como el del huracán vindicativo. El ejemplo clásico se le debe a Winston Churchill y establece el parámetro ideal del rubro:

    a.1) Todas las mañanas un auto vacío llega a 10 Downing Street. Se detiene, una puerta se abre y de allí baja Clement Attlee.

    Si lo que se quiere es ser cáustico y caballeroso al mismo tiempo, la cortesía nunca falla:

    a.2) Alejandro Toledo, el marido electo de Eliane.

    b) Falsa Inocencia.- Todo se puede decir con tal que se finja que se quería decir otra cosa. El candor impostado no podrá dejar de ser tal, un ardid, pues de tratarse de mera literalidad -tal como se viera en el penoso intercambio entre Mufarech y Barba Caballero, aquel del se alocó la loca-, pierde toda categoría. La definición que hiciera el periodista norteamericano Jimmy Breslin de Richard Nixon es ejemplo claro de la turbación que la malicia semiencubierta deja a su paso:

    b.1) Nixon es un hombre sin propósitos, pero yo tengo gran fe en su cobardía.

    De manera análoga se puede ser inclusive aún más directo, buscando lo equívoco del falso elogio:

    b.2) Alan García es un hombre de muchos talentos, todos de ellos secundarios.

    b.3) Toledo es un hombre multifacético: tiene la consistencia del camaleón y la sabiduría de la veleta.

    Aunque sin duda es en el énfasis del camuflaje positivo, el hincapié en la concesión traicionera, en donde radica el poder esta especie:

    b.4) Ha hecho fortuna en poco tiempo sólo porque tuvo la bondad de no castigar al sobrino que le ocultaba sus cuentas.

    c) Trascendencia Invertida.- El recurso es elemental pero de gran eficacia, delegando en la inversión de prioridades argumentales la contundencia de un efecto demoledor no exento de decoro. El ejemplo siguiente es diáfano:

    c.1) (Toledo/García) habló durante ciento diecisiete minutos, período en el cual solamente fue sorprendido una vez utilizando un argumento.

    Es en este rubro, Jorge Luis Borges en su delicioso y breve ensayo sobre la maledicencia -Arte de Injuriar, (1933)- anota con cierto desdén lo que considera apenas una "parodia de insulto" atribuida al doctor Johnson. En realidad es una joya del insulto encubierto, y que a pesar de no guardar relación alguna con la política, pero constituye guía e inspiración:

    c.2) Su esposa, con el pretexto de que trabaja en un burdel, aprovecha para vender telas de contrabando.

    Tremendo. El contrabando es un delito atroz.


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