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Edición Nº 1671 |
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Por FERNANDO VIVAS
QUE el grandulón no quizo aplastar al ekeko, que de todos modos con los nervios a éste se le cayeron algunos votos que el otro jaló discretamente con la punta del zapato, que la agresividad de Toledo sorprendió y conmovió tanto como el estoicismo de Alan que sonriente, mascullaba, "métete conmigo y ya vas a ver". A este paso el ya-vas-a-ver , si persiste la prisa electoral toledista y el pasapiolismo aprista, recién lo cumplirá García cuando sea ungido como cabeza de la oposición. Para entonces, ambos habrán ganado los mejores lugares, así que, como aconseja el lúcido Hugo Neira, no hay por qué angustiarse. Pero el periodismo de opinión no es oficio de conjurar o espantar angustias, sino, en todo caso, de advertirlas. Aquí advertimos que el favorito miente mucho, mucho más que la falsedad menuda tolerada por la polítiquería, miente demasiado y nada bueno sale del engaño. Aquí le pescamos nada menos que ¡una mentira sobre la muerte de su madre! Ni se inmutó, ni siquiera la negó (no hubiera podido pues tenemos la grabación de Canal 2 donde da a entender que la señora falleció en el terremoto del '70 y tenemos su autobiografía de 1995 donde relata que su madre sobrevivió al cataclismo y que murió luego por enfermedad). La angustia de tener un Presidente inveteradamente mentiroso es tremenda, más intensa, en mi caso, que la angustia del retorno de los males alanistas en el supuesto -aceitado por la soberbia e incapacidad autocrítica del grandulón- de que no los haya superado. Pero de ningún modo esta angustia electoral es una invitación a votar en blanco. Hay que votar por el menos malo como se hace hasta en las mejores democracias. En un pasaje del debate el periodista Juan de la Puente preguntó a García sobre el futuro de las telecomunicaciones. Alan no estaba documentado sobre el tema y no había memorizado cifras al respecto -¿a que ya se dieron cuenta que ése es uno de sus trucos?- y le echó la pelota al actual gobierno diciendo al desgaire que sabía que algo se estaba avanzando en el tema. Pues indagué y no hay nada oficial al respecto salvo los esfuerzos de la llamada Comisión Webb, grupo propulsado por el economista Richard Webb sin una función oficial precisa en el gobierno de transición pero que elabora planes para él. Sabemos que han encargado un estudio sobre el área donde se barajarían estas propuestas: -Definir constitucionalmente las telecomunicaciones como servicio público. -Someter la asignación de frecuencias a concurso cancelando la modalidad actual de renovación automática lo que hace que los empresarios se adueñen de ellas de por vida. Si al cabo de 5 ó 10 años una comisión técnica tuviera que evaluar los requisitos para renovar u otorgar señales ¿acaso le volverían a dar, por ejemplo, el 4 a los Crousillat? -Crear un ente nacional donde estaría representado el Estado y la sociedad civil que manejaría el concurso de licencias, estimularía la vigilancia ciudadana, arbitraría en conflictos relacionados a los medios. -Ponerle un techo a los anuncios estatales y garantizar que se distribuyan equitativamente. -Fomentar la autorregulación. Por ejemplo, un requisito para obtener licencia podría ser que cada medio haga público su código de ética. -Promover que la Tv. colabore con campañas educativas, que asegure el derecho a la información veraz y por supuesto, que garantice la libertad de expresión. -La creación, no necesariamente a partir de Canal 7 y Radio Nacional, de un canal y una radio nacionales. Estos lineamientos, a los que les quedaría un buen trecho para convertirse en proyecto del Ejecutivo y materia de discusión congresal, tienen la gran virtud de evitar las tentaciones controlistas. Hablan de estímulo, vigilancia ciudadana, lograr la colaboración de los medios, etc., donde las dictaduras hablarían de censuras e imposiciones. La creación de un ente específico donde la sociedad civil esté ampliamente representada es la salida más equilibrada para evitar a la vez las tentaciones de la injerencia gobiernista y del imperio de la irresponsabilidad mediática. En el tema de los anuncios estatales y de la autorregulación hay una provechosa lectura de lo que nos acaba de pasar. La Tv. tiene que profesionalizarse, empatarse con la institucionalidad del país y con la exigencia ciudadana, asumir deberes propios y respetar derechos ajenos, y, por supuesto, entretenernos. Hay que lograr una legislación que no la trabe sino que le dé un empujón y nos proteja de sus excesos.
Escribe JUAN PAREDES CASTRO
Por lo mismo que habitamos en un Perú imprevisible (¡sabe Dios lo que pasará mañana!) los periodistas vivimos y sufrimos una terrible adicción por los noticieros televisivos y radiales. De vivir relativamente pegado en mi auto a las antenas de RPP y CPN paso con frecuencia a mi siguiente dosificada costumbre en casa u oficina: la combinación entre Canal N y CNN en español e inglés. Pero así como mi instinto profesional me protege de no perderme el registro inmediato más importante de las noticias del día, también me devuelve a mi cotidiana búsqueda de información propia en las fuentes del poder y de análisis en la prensa escrita (incluida la internacional en Internet). Claro que visito también `Enfoque de los sábados', `La hora N' de Althaus, `Panorama', `Agenda del día' de Zenaida Solís, `Contrapunto' y los a veces divertidos `El francotirador' de Bayly y `Nadie se duerma' de Ortiz, pero lo hago a saltos y rápidamente. Pese a mis necesidades informativas y mi concesión a algunas tonterías, el torrente televisivo y radial no llega a arruinar lo que más cuido: mi tiempo como editor y como lector. Creo que seguiremos esperando una mejor televisión abierta o por cable en la medida que ésta sea, en primer lugar, más independiente. De otro modo, cualquier objetivo de calidad que no venga acompañado de ese requisito, no hará más que mantenerla gris y mediocre. Con poquísimas excepciones el entretenimiento en televisión parece perseguir lo contrario: lanzarnos al vacío cada mañana, aburrirnos a muerte cada tarde o llevarnos de la mano a algunas pesadillas cada noche. Sería interesante saber cuál es el índice de inversión en creatividad, talento e ingenio que hacen los canales de televisión en función de sus altas sintonías, donde la publicidad sí parece reflejar el costo-beneficio de calidad que ellos no pueden exhibir. Sin embargo, si pensamos en la televisión controlada por el fujimorismo y el "baile del chino", roguemos porque esos tiempos no vuelvan más al país, aunque para quienes se beneficiaron política y económicamente de ello -oh terrible paradoja- cualquier tiempo pasado fue mejor.
El Otro Debate
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