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Edición Nº 1673 |
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Toledo de Perfíl
EN algún lugar de la sierra ancashina, no se sabe bien si en Cabana o Ferrer, en un hogar poblado por dieciséis hijos, nació el 28 de marzo de 1946 Alejandro Toledo, que no parecía destinado a ser el primer Presidente de la República nacido en el departamento de Ancash y también el primero de fuertes rasgos indios y uno de los pocos surgidos en un hogar de los más pobres de nuestra región andina. Que desde un punto de partida tan poco propicio haya alcanzado la Presidencia obedece a méritos personales, no sin un empujón de la mano invisible del azar. No a cualquier adolescente andino le sale al paso una beca de estudios para Estados Unidos. Pero él se la había ganado gracias a un atributo que nadie le puede regatear: la terquedad, la constancia. Alguna vez dijo en Canal 13: "Yo quiero ser Presidente. Voy a ser Presidente. Me he preparado para eso durante 35 años". Es decir, desde 1965, aproximadamente. Poco antes había ejercido en Chimbote, según asegura, oficios tan modestos como el de lustrabotas y el de tamalero. Prueba contundente de su tenacidad es una historia que el periodista estadounidense Joseph Contreras, del semanario Newsweek difundió el martes último a través de Internet. Parece cuento, pero en este caso hay testigo impecable. Es el entonces joven profesor asistente Martin Carnoy, quien, en 1972, acompañó a Toledo a su retorno al Perú. Carnoy había supervisado la disertación de Toledo para una maestría en la Universidad de Stanford. "Siempre le había impresionado", dice el relato, "la ambición y la voluntad de hierro para tener éxito de este peruano de pelo largo. Pero nada había preparado al académico norteamericano para el despliegue de perseverancia que iba a presenciar". Ocurre que Toledo invitó al profesor a Huaraz y a las lagunas de Llanganuco, a 4,000 metros de altura sobre el nivel del mar. Cuando encontraron que no había movilidad hacia Llanganuco, Toledo sugirió ir a pie. Fueron seis horas de caminata, para ir a buscar refugio en una cabaña en la que esperaron el amanecer siguiente. Cuando llegó la hora de partir en avión desde Huaraz a Lima, se percataron de que no tenían vuelo porque no habían confirmado su viaje. Había sólo un asiento disponible, que Toledo cedió al norteamericano. Toledo decidió esperar, confiado, al parecer, en su suerte. Ocurrió de pronto que a una dama cargada de años le impidieron embarcarse, por carecer del certificado médico que autorizara su traslado. El profesor, que había seguido al alumno desde su ventanilla, vio de pronto a Toledo en el interior de la nave. "Vi una determinación que nunca había visto", declaró el académico al periodista, "y su vida es una historia de asunción de enormes desafíos que hubieran estado fuera de la vista de alguien en su posición". Anécdota reveladora que muestra el perfil positivo del ahora Presidente electo. Pero el personaje tiene también otra faz, que el Perú
conoce en parte.
INVENTARIO EN ROJO Reiteradamente, Alejandro Toledo ha llamado "guerra sucia" a legítimas denuncias que surgieron en torno a su vida a lo largo de la reciente campaña. Lo hizo a propósito del tema de su paternidad negada de la niña Zaraí Toledo, y también de las revelaciones que CARETAS publicó en torno al supuesto secuestro que sufrió en octubre de 1998. En ambos casos no hubo prueba de ADN o respuesta contundente a una inquietud
periodística. Semanas después, y ya en la segunda vuelta,
la denuncia de una cuenta de su sobrino Jorge Toledo en el First Union
Bank (ascendente a US$ 600,000) mereció sólo una insuficiente
explicación del candidato. Es un hombre que ha construido con esfuerzo un prestigio académico y personal que nadie le mezquina, pero desde que accedió al primer plano de la escena pública algunos de sus movimientos han mellado su credibilidad. Exageraciones o mentiras, que el periodismo le ha pescado a lo largo de la campaña (citas supuestas con Bill Gates en Davos o con Colin Powell en Washington, hasta el extremo de mentir acerca de las circunstancias que provocaron la muerte de su madre) hacen que muchos duden de sus promesas. Ahora que ha resultado elegido gracias al respaldo de millones de peruanos, no debería catalogar sus yerros como producto de la guerra sucia montesinista. Mostrar un propósito de enmienda sería el camino más recto para que alcanzara la talla de estadista que el país le exige, y necesita. Uno de sus últimos "jingles" de campaña prometía acabar con la hora peruana. Un verdadero reto, si se tiene en cuenta que la impuntualidad del Presidente electo es proverbial. Tanto, que incluso llegó con retraso al sepelio de Violeta Correa. En realidad Toledo debería ser el primero en acabar con la "hora Cabana", eufemismo con el que sus colaboradores han bautizado sus acostumbrados retrasos, a veces de una o dos horas, o más. Pero más importante será que en esta hora difícil para el Perú no retrase el reloj de la historia.
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