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Edición Nº 1673 |
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Una Vida En Flor
LA muerte de Violeta Correa, en la madrugada del uno de junio, justo cuando se conmemoraba el 45°ree; aniversario del manguerazo que se convirtió en la pila bautismal de Acción Popular, fue una dolorosa sorpresa y un dolor compartido por todos los peruanos. Violeta Correa Miller fue desde 1971 la esposa y compañera inseparable de Fernando Belaunde Terry. Con él compartió como secretaria privada el primer período presidencial, interrumpido por el golpe militar de Velasco, y el segundo período, entre 1980 y 1985. Esta gran dama tenía una intensa vida desde antes de ingresar a la política. Como hija del entonces embajador en Chile, Javier Correa Elías, vivió en Santiago en cuya universidad estudió periodismo. Eran los días del gobierno de José Luis Bustamante y Rivero. Al producirse el golpe militar de Odría, en 1948, su padre renuncia a la embajada y la familia retorna a Lima. En esa época Violeta Correa destaca por su acción social.
Ingresa en el movimiento de Protección a la Joven y en la Cruz
Roja, prestando su ayuda en ambas instituciones. En horas de trabajo se
desempeña en la notaría paterna. Entonces, se vincula al
diario La Prensa que dirigía Pedro Beltrán. Allí,
Violeta escribió dos columnas periodísticas y luego se consagró
a la fotografía por la que tuvo siempre permanente interés.
Mujer activa, dotada de una especial simpatía, moderna, y de gran
entereza, volcó toda su energía al adherirse políticamente
al movimiento renovador que encabezó Fernando Belaunde Terry en
1956.
Durante el segundo mandato de FBT, Violeta fue la gran creadora e impulsora de una red de 106 bien dotadas cocinas populares y 87 centros comunales. Desde muy joven, esta dama singular había demostrado una vocación especial por los desamparados, la que mantuvo hasta que las fuerzas le alcanzaron. Cabe resaltar que Violeta Correa era una mujer sencilla, alejada de los oropeles, siempre de buen humor y cuidadosa de mantener un perfil bajo. El día de sus funerales el Presidente Belaunde, por lo general tan sereno, era la encarnación de la tristeza, la misma que fue compartida a lo largo y ancho del Perú en todos los estratos sociales.
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