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Edición Nº 1674 |
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Día
del Padre LA imagen pública y formal que presentaron algunas personalidades en calles, cuarteles y universidades, se desbarataba cuando en la calidez del hogar asumían sus facetas de papás. Y es que allí los mejores papás sabían enseñar de una forma lúdica a sus hijos que el trabajo de papá no era tan aburrido como se pensaba. Realizar jornadas de `supervivencia' en un campamento playero o jugar con cuyes en las honduras del valle del Colca, son algunas de las fascinantes formas en que estos papás ejemplares hacían jugar y enseñaban a sus hijos, mientras éstos aprendían a conocer más y mejor a sus padres. COMANDO `DIVERSION' Al coronel Juan Valer la historia reciente lo recuerda como el héroe que murió cumpliendo la misión de rescatar a 71 rehenes de los terroristas que tomaron la casa del embajador del Japón en 1997. En su casa, sin embargo, sus dos hijos lo recuerdan como un verdadero `comando' de la diversión. "Todos los veranos íbamos de campamento a la playa La Tiza -cuenta Marina, viuda del oficial-, y ésa era la mejor ocasión para que el `comando Valer' se convierta en el papá juguetón e interesante y divertido que Valeria y Giovanni recuerdan y adoran". Salvando las distancias, se comportaba con sus pequeños como
un instructor de combate, realizando con ellos verdaderas faenas de `supervivencia'
frente al mar: les enseñaba a escalar cerros, a ver la hora por
la posición del sol, a pescar, a encender una fogata con palos
secos (cosa que los niños sólo habían visto hacer
a sus héroes de televisión favoritos), y luego a asar el
pescado sobre el fuego durante la noche.
Valeria tenía 11 años y Giovanni 3 cuando el coronel Valer ofrendó valerosamente su vida. Ahora tienen 15 y 7 años, respectivamente, y siguen recordando, como si hubiera sido el verano pasado, las divertidas `jornadas de supervivencia' que les hacía vivir papá. Marina de Valer encabeza a un reducido número de viudas que enfrentan una batalla aparte en el Pentagonito por el reconocimiento de los derechos de sus esposos por haber desaparecido en cumplimiento de su deber a la patria. El mejor regalo por el Día del Padre, sería que el Ejército honre a la familia de Valer reconociéndole los derechos que le corresponden como héroe. PAPA CHAMBA La mañana del 18 de diciembre de 1992, aprovechando la tardanza del chofer que todas las mañanas lo conducía a la CGTP, el dirigente sindical Pedro Huilca improvisó alrededor de la mesa del desayuno una reflexión sobre la impuntualidad y otros males nacionales. "Ustedes tienen el privilegio y la suerte de usar zapatos -les empezó a decir. Yo empecé la primaria a los 11 años y terminé a los 20. Cuando regresaba del colegio, mi madre adoptiva me quitaba los zapatos para no ensuciarlos ni gastarlos y empezar descalzo mi faena en la crianza de animales". Esa mañana los hijos que desayunaban con Huilca lo notaron extrañamente reflexivo y melancólico. "Yo no soy eterno..., no les voy a dejar nada material..., la única herencia que pueden recibir de mí es la educación y las buenas maneras". Se equivocó. Huilca también legó a sus hijos Flor, que es periodista, Pedro Humberto, médico, Julio César, historiador, Katiushka, que estudia medicina, José e Indira, escolares aún -y al país- el ejemplo y el valor de un luchador infatigable. La historia oficial cuenta que, al salir de su casa, Huilca fue recibido a balazos por un escuadrón terrorista de la muerte. Sin embargo, recientes investigaciones apuntan a que la autoría de la ejecución podría recaer en el sanguinario grupo Colina. La Comisión de la Verdad tiene la palabra.
ALTURAS DE FRANKLIN El historiador Franklin Pease dejó de existir a causa de un cáncer a la edad de 60 años. Temprana pérdida ya que, tratándose de uno de los intelectuales más sobresalientes de la generación del sesenta, estaba en plena madurez de su producción intelectual. La historia que tuvo con sus hijos, sin embargo, le despoja el velo de seriedad de aquel respetado intelectual que dictaba cátedra en la Universidad Católica, para mostrarlo como un padre cariñoso y entretenido que se hacía acompañar por sus hijos durante sus incontables avatares académicos. Igual cargaba con ellos a una expedición en las serranías de Arequipa como a una exposición en Berckeley. Y eso era parte de su aprendizaje. Recuerdan Mariana, Franklin y Alejandra que cuando tenían 8, 6 y 4 años respectivamente, realizaron uno de los viajes más fascinantes que cualquier niño podría aspirar. Mientras el padre historiador realizaba investigaciones sobre la etnia de los Collaguas, en el Valle del Colca, los hijos juguetones comían habas mañana, tarde y noche y se deleitaban correteando con uno de los animales más tradicionales de la zona: el cuy, todo bajo el marco esplendoroso del cañón más grande del mundo. Así, lo que pudo haber sido una relación distante motivada por el propio oficio, se convirtió en la excusa para el provechoso y divertido acercamiento entre el padre y sus hijos. En la actualidad los hijos y la esposa, Mariana Mould de Pease, están empeñados en la tarea de recuperar y ordenar el legado intelectual de Franklin Pease, agrupado en una biblioteca que consta de unos 20 mil ítems para trasladarla a la Universidad Católica. El fin es que mantenga su unidad y no se disgregue, porque como decía Pease: "la calidad de una biblioteca depende de la calidad de sus usuarios".
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