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Edición Nº 1675 |
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El Manjar De Los Incas Papa blanca, papa amarilla, papa huayro. ¿Quién conoce de las centenares de otras variedades de papa que se cultivan en el Perú? Ciertamente muy pocos de los habitantes de las grandes urbes. Pero en el campo un agricultor puede identificar tantas variedades distintas como apellidos tiene la guía telefónica de Huancayo. La riqueza nutricional y genética de los mil tipos de papa peruanos, es uno de los mayores legados de la civilización andina. Y el mundo entero así lo reconoce. Hace treinta años el Centro Internacional de la Papa, entidad especializada en la investigación y fomento del tubérculo en el mundo entero adscrita a las Naciones Unidas, estableció su sede central en el Perú, la cuna de la papa. CARETAS acompañó a sus investigadores el pasado 7 hasta las alturas de San José de Aymaras, Huancavelica, en un viaje deslumbrante.
Escribe MARCO ZILERI GRANDES nubes grises suspendidas sobre el caserío de San José de Aymaras parecen despercudirse de la modorra matinal e inician lento repliegue ladera abajo. Hace frío y los sentidos se tiemplan. Estamos a 3,950 metros sobre el nivel del mar, en Huancavelica, y somos testigos de una fiesta agraria singular. Los comuneros escarban en fila india un predio ubicado a la vera del camino. Visten pantalones remendados, chaquetillas de lana de oveja, y rosas blancas y geranios adornan sus sombreros y monteras. Los pies, descalzos. Hunden la chaquillacta y los picos en la tierra, y de ella brotan las
papas; negras y rojas, violetas y blancas; de mil formas y de mil colores.
Es el día de la cosecha anual en el predio experimental que el Centro Internacional de la Papa (CIP) tiene en esta remota comunidad huancavelicana. Una cosecha única en su género en el mundo. "Esta es una puka cashihua y a esta otra le decimos duraznillo", explica Roberto, uno de los campesinos, identificando las diversas variedades de papa entre los montículos. "Esta es una papa luli, ves, porque se parece a un pajarito negro con blanco del mismo nombre. Aquí tenemos una puka huayro...". Son todas variedades de papa nativas que el CIP ha cosechado en sus
múltiples expediciones de recolección a lo largo y ancho
del espinazo andino en los últimos treinta años. Variedades
que los campesinos peruanos siembran y que constituyen el secreto de su
dieta, la fuente de sabores y nutrientes legados por la civilización
andina, y un banco genético de gran potencial científico.
Muchos de estos tubérculos no se conocen en el mercado. Son las
prendas que las comunidades paperas intercambian con sus vecinos para
proveerse de trigo, maíz y otros alimentos básicos. Sostén
de su cena y de su cultura. "A ésta le decimos huayro que quiere
decir `la mujer más bella de la comarca' -dice Roberto- y ésta
es una cohuisuyo porque tiene la forma de un feto de cuy". Variedades
cuyos frutos más selectos alimentan una pachamanca que se hornea
a pocos metros de distancia. EN NOMBRE DEL HAMBRE En 1982 el CIP pidió al Presidente Fernando Belaunde que bautizara
una variedad nueva de papa recientemente desarrollada en sus laboratorios,
presentándole cinco alternativas de nombre: constitución,
violeta, ollantay, huaycha o perricholi. Belaunde eligió este último.
El desarrollo genético de esta variedad por parte del Dr. Nelson Estrada, científico colombiano que trabajó en el CIP, tardó más de una década. Desde entonces, otras dos variedades "mejoradas" han tenido pegada en el mercado: la canchán de piel roja y carne blanca, en 1990, y la amarilis INIAA, en 1993, ambas muy tolerante a la rancha, enfermedad común y mortífera entre las solanáceas. Estas se suman a las variedades revolución (1970), tomasa condemayta (1970), yungay (1970), y mariva (1973) que fueron las puntas de lanza de la revolución verde propiciada por los centros de investigación agrarios estatales, dedicados entonces a la creación de variedades de papa de mayor productividad y fácil manejo en la cocina. La introducción de estas variedades mejoradas -sobre todo `blancas'-
ha tenido éxito tanto en la costa como en la sierra, desplazando
paulatinamente del mercado a las papas nativas, de las que se abastecían
las urbes peruanas hasta la década del sesenta.
Una tarea bastante más compleja de lo que suena. Al mercado mayorista
de Lima ingresan diariamente 1,500 TM de papa, pero la gama de variedades
no supera la decena. Y es que pocos dan un penique por el resto. En ese
plan, la principal producción se destina fundamentalmente al autoconsumo
y para los mercadillos locales. PAPAS Y PENIQUES Entre las pocas papas nativas que han roto el círculo del olvido destacan la papa amarilla, genuina abanderada de la causa, y la huayro. Otras variedades como la huamantanga y la peruanita -de piel roja y reas blaquecinas alrededor de los ojos- tienen presencia en ciertos mercados regionales, como el de Huancayo, donde un kilo de papa nativa se valora mejor que el de una mejorada. Se habla, por cierto, de cifras nimias: aproximadamente 0.70 céntimos de sol el kilogramo, luego de la larga cadena de comercialización; al campesino se le paga apenas 0.20 céntimos de sol últimamente. La papa es el principal producto de cultivo en el Perú. Sus 300,000 hectáreas superan las 259,300 hás destinadas al cultivo de arroz y las 141,600 dedicadas al trigo (los alimentos que más se importan), y son la base de la economía y la subsistencia de amplios sectores de la sierra donde se concentra el 90 % de los cultivos y el 80% de la producción. La diferencia la cubre la costa, donde se concentra la producción más moderna. Desde que la papa empezó a ser domesticada, según se piensa
en la cuenca del lago Titicaca, hace 10,000 años, el antiguo peruano
alcanzó niveles de excelencia productiva apenas emulados por los
últimos desarrollos genéticos en los laboratorios del siglo
XX. "La ciencia no llegó al Perú con los españoles
500 años atrás", sostiene Ezeta. "Ahí tenemos -agrega-
los restos de Moray en el Cusco y otros genuinos laboratorios agrarios
incaicos". BAÑO DE LUNA, TOQUE DE HIEL Nada de ello ha sido olvidado del todo por el castigado productor de papa tradicional peruano. En San José de Aymaras se cultivaban 244 variedades de papa antes de que el CIP sentara ahí sus raíces, cuatro años atrás. Los agricultores las cultivan como una reserva doméstica separada de las variedades comerciales, que escarban del suelo con nulo apoyo crediticio y de mercado. "El campesino tiene un paladar muy desarrollado y sabe distinguir aquellas papas tratadas con pesticidas", sostiene el agrónomo belga André Devaux, coordinador del Proyecto Papa en el Perú del CIP. "Normalmente almacenan en el primer piso de sus casas las papas que trocan o venden. En el segundo piso, en cambio, aquellas que reservan para su consumo personal, las que más le gustan, las variedades nativas por las que el mercado no da un peso". Entre las variedades vitales para su subsistencia destacan aquellas con las cuales fabrican el chuño y la tunta, proceso natural de deshidratado al frío que permite el almacenamiento del producto durante mucho tiempo. Algo de chuño ingresa al circuito comercial para atender la demanda de quienes aún preparan la mazamorra morada a la vieja usanza, o curan las escaldaduras de sus bebés con su suave harina. Pero en las comunidades que se dedican a cultivar papas, el chuño es mucho más que eso. De chuño se alimentaban los ejércitos del inca -y de mashua, presuntamente, para inhibir su ímpetu sexual- y se alimentan actualmente los comuneros durante los seis largos meses que separan una cosecha de la otra. Para preparar el chuño los campesinos aguardan las madrugadas de helada, previsibles en la sierra cuando el cielo está totalmente despejado y las estrellas tintinean en el firmamento. Así, tras el baño de luna y el toque de hiel, las papas desperdigadas en la pampa son suavemente pisoteadas por los comuneros para eliminar su contenido de agua y la piel y , luego, dejadas a secar.
RETORNO A LA SEMILLA El semillero experimental del CIP en San José de Aymaras es de apenas media hectárea. Ahí se cultivan mil variedades de papa, todas comestibles, que el CIP ha coleccionado en el territorio nacional. Hay otras tres mil variedades provenientes del resto de la región andina y América (desde Tierra del Fuego hasta México), que el CIP resguarda en tubos de ensayos y cuyas semillas multiplica en su chacra experimental en Huancayo. Pero en San José de Aymaras se cosechan las variedades nativas peruanas, purgadas de los virus que merman su productividad, para rescatar las semillas que serán devueltas a su tierra de origen, iniciando el ciclo de fertilidad sobre bases sanas. El gélido aliento de la puna garantiza frutos totalmente naturales y libres de plaguicidas. Un genuino manjar de los incas.
Inseguridad Alimentaria SI hay algo que distingue a la papa del resto de productos básicos en la canasta familiar, es que el Perú produce lo que consume, salvo contadas excepciones. No es el caso, en cambio, del trigo, el maíz, el arroz y el azúcar. Si en la década de 1950 el país importaba apenas 4,000 TM de maíz (ver cuadro) anuales, en 1995-1998 se importó la cifra récord de 61,000 TM anuales. Las curvas del resto de productos importados siguen la misma y dramática ascensión. Hace medio siglo la importación de arroz era de 8,000 TM anuales, en 1998, llegó a 22,000 TM, y la de trigo escaló de 64,000 TM a 90,000 TM. El caso del azúcar es aún más amargo: hasta finales de la década del '70 el país era autosuficiente. Las importaciones se iniciaron en la década de los ochenta (21,000 TM anuales). En 1998, fueron el doble. En gran medida el incremento desmesurado de la importación de alimentos responde al cambio en los hábitos alimentarios de la población, crecientemente urbana, y cada vez más adicta a los tallarines y al pan blanco, entre otras gollerías, en desmedro de los de productos locales como la papa. Ello tiene un impacto directo en las divisas nacionales, y colocan al país en una situación de inseguridad alimentaria sin precedentes. Si un día los puertos locales se cerrasen, los peruanos no tendrían lo suficiente para autosostenerse. Las colas en la época de Alan García son un pálido reflejo de crisis de abastecimiento potencialmente mucho peores.
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