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Edición Nº 1675 |
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Medio Hiriente
NO se informó sobre su nombre, ni sobre su edad exacta, pero el joven palestino arrestado el domingo 17 por la mañana en la franja de Gaza tenía algo que para los sorprendidos ojos occidentales lo hacía difícil de ignorar: cuando los soldados israelíes lo pusieron de cabeza para ver si llevaba alguna bomba pegada al cuerpo, lo único extraño que encontraron fue una serie de mantas y pañuelos con los que había envuelto a su miembro viril. Según una radio de Tel Aviv, el presunto kamikaze pretendía
hacer volar, junto con él mismo, un puesto de la guardia fronteriza
israelí con una carreta llena de explosivos. Y su ultraprotección
genital respondía a un sentido de la prevención que iba
más allá de este mundo: ciertas interpretaciones del Corán
prometen, a quien se sacrifica en la Guerra Santa, por los menos 70 vírgenes
en el Cielo. En rigor, el odio, y sobre todo la desconfianza, recorre las mentes y las calles, sobre todo las de Jerusalén, donde las pistolas al cinto son moneda corriente, no sólo entre los militares. La guerra ha dejado de ser el triste privilegio de Cisjordania y Gaza. Aún así, entre palestinos e israelíes -incluso
entre los de posiciones más ultramontanas- va creciendo, en medio
del susto y la desesperación, una leve conciencia de que la solución
militar, lisa y llanamente, no existe. Pinjas Avivi, vocero de la cancillería
israelí, lo dijo con todas sus letras el lunes por la mañana
en Jerusalén, ante este redactor: "en la guerra hay uno que pierde
y otro que pierde más".
Yasser Arafat, por su parte, vive atenazado entre los fuegos y los juegos de los grupos que supuestamente gobierna. No parece tener una autoridad muy clara sobre movimientos como Hamas o la Yihad Islámica, responsables de los atentados recientes, y tampoco puede lanzar a su pueblo a una guerra de piedras, fusiles y morteros contra aviones y tanques. El cese al fuego que decretó, presionado por Sharon, no es acatado totalmente hasta ahora. Pero acaso el mayor problema que tiene es que no hace el esfuerzo suficiente por erradicar, de la mente y el alma de muchos de sus conciudadanos, la convicción de que el único destino de los israelíes son las aguas del Mediterráneo. Una encuesta dada a conocer a pocos días del atentado en la discoteca de Tel Aviv, arrojaba no menos de un 70 por ciento de aprobación de los actos suicidas entre la población palestina. El asunto tiene la lógica pura de la supervivencia y el realismo. Si Israel tomara, sin contemplaciones, la ruta de la guerra, podría, en pocas horas, destruir el proyecto palestino, por la simple razón de que cuenta con aviones, tanques, barcos y otras armas, de los cuales la Autoridad Nacional Palestina carece. Los hijos de David son, en este conflicto, los Goliat indiscutibles, pero sin posibilidad de perder militarmente. Se trataría, no obstante, de un suicidio político, tan desatinado como el de los jóvenes palestinos que pretenden alcanzar la gloria con su inmolación explosiva. Sharon parece haberlo entendido, al menos de momento, aun cuando los sectores más conservadores le exijan que ejerza su legendaria dureza. Y es que a ningún Primer Ministro le gusta el papel de kamikaze político.
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