Edición Nº 1675

 

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    ARTICULO

    21 de junio de 2001

    Medio Hiriente
    El conflicto árabe-israelí en una crónica desde una ciudad en alerta permanente.

    Escribe
    RAMIRO ESCOBAR
    desde Tel Aviv

    NO se informó sobre su nombre, ni sobre su edad exacta, pero el joven palestino arrestado el domingo 17 por la mañana en la franja de Gaza tenía algo que para los sorprendidos ojos occidentales lo hacía difícil de ignorar: cuando los soldados israelíes lo pusieron de cabeza para ver si llevaba alguna bomba pegada al cuerpo, lo único extraño que encontraron fue una serie de mantas y pañuelos con los que había envuelto a su miembro viril.

    Según una radio de Tel Aviv, el presunto kamikaze pretendía hacer volar, junto con él mismo, un puesto de la guardia fronteriza israelí con una carreta llena de explosivos. Y su ultraprotección genital respondía a un sentido de la prevención que iba más allá de este mundo: ciertas interpretaciones del Corán prometen, a quien se sacrifica en la Guerra Santa, por los menos 70 vírgenes en el Cielo.

    Esta especie de alucinada imagen escatológica tal vez ayuda a entender lo que ocurre en el Medio Oriente: las cosas más dramáticas tienen un ángulo curioso, lo que para unos es sagrado para otros es ridículo y, tal vez lo más importante, todos los actores, por más que su comportamiento político o militar sea suicida, guardan una leve esperanza en su intimidad.

    En rigor, el odio, y sobre todo la desconfianza, recorre las mentes y las calles, sobre todo las de Jerusalén, donde las pistolas al cinto son moneda corriente, no sólo entre los militares. La guerra ha dejado de ser el triste privilegio de Cisjordania y Gaza.

    Aún así, entre palestinos e israelíes -incluso entre los de posiciones más ultramontanas- va creciendo, en medio del susto y la desesperación, una leve conciencia de que la solución militar, lisa y llanamente, no existe. Pinjas Avivi, vocero de la cancillería israelí, lo dijo con todas sus letras el lunes por la mañana en Jerusalén, ante este redactor: "en la guerra hay uno que pierde y otro que pierde más".

     
    Luego del ex abrupto de prohibirle a Peres reunirse con Arafat, Sharon (derecha), recapacitó. Sería un grave error llevar al pueblo a la guerra, declaró. La tensión, sin embargo, permanece latente.

    Yasser Arafat, por su parte, vive atenazado entre los fuegos y los juegos de los grupos que supuestamente gobierna. No parece tener una autoridad muy clara sobre movimientos como Hamas o la Yihad Islámica, responsables de los atentados recientes, y tampoco puede lanzar a su pueblo a una guerra de piedras, fusiles y morteros contra aviones y tanques.

    El cese al fuego que decretó, presionado por Sharon, no es acatado totalmente hasta ahora. Pero acaso el mayor problema que tiene es que no hace el esfuerzo suficiente por erradicar, de la mente y el alma de muchos de sus conciudadanos, la convicción de que el único destino de los israelíes son las aguas del Mediterráneo. Una encuesta dada a conocer a pocos días del atentado en la discoteca de Tel Aviv, arrojaba no menos de un 70 por ciento de aprobación de los actos suicidas entre la población palestina.

    El asunto tiene la lógica pura de la supervivencia y el realismo. Si Israel tomara, sin contemplaciones, la ruta de la guerra, podría, en pocas horas, destruir el proyecto palestino, por la simple razón de que cuenta con aviones, tanques, barcos y otras armas, de los cuales la Autoridad Nacional Palestina carece. Los hijos de David son, en este conflicto, los Goliat indiscutibles, pero sin posibilidad de perder militarmente.

    Se trataría, no obstante, de un suicidio político, tan desatinado como el de los jóvenes palestinos que pretenden alcanzar la gloria con su inmolación explosiva. Sharon parece haberlo entendido, al menos de momento, aun cuando los sectores más conservadores le exijan que ejerza su legendaria dureza. Y es que a ningún Primer Ministro le gusta el papel de kamikaze político.

     


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