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Edición Nº 1675 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Ya
No Estoy Para Juegos, Hija
Te cuento. Iñigo tiene cinco años y es suuuuuper inteligente. No creo que haya salido a su mamá porque la pobre María Fe no rebuzna porque el tenis no le deja tiempo para practicar. Bueno, la cosa es que me llama Iñigo por teléfono el otro día para que vaya a jugar a su casa un juego nuevo de ésos de computadora que a mí me alteran los nervios no sabes de qué manera. A los diez minutos yo ya estaba con él en su escritorio abriendo no sé qué cuerno de programa ante la pantalla azul. "Ya pues China, juega", me empezó a decir mi sobrino, y qué crees, me encuentro en la pantalla al monstruo Delgado Aparicio, a la gata Marcenaro y a Espichán, escapándose de unos pelotazos amarillos que yo les tiraba con sólo apretar Enter en el teclado. Ahí pensé que la vida siempre había sido más fácil de lo que yo pensaba y me los bajé a los tres en un pedo, hija, no sabes con qué felicidad. "¡No tía, a ésos no quiero, quiero a la brujita, quiero a la brujita!", empezó a chillar Iñigo, y me alteraron tanto sus alaridos que le zampé un pellizcón en la pierna pero de tal magnitud que subió los decibeles a un grado que te lo juro que llegué a temer que se presentara de un momento a otro el Serenazgo de San Isidro, que para esas huevadas sí que es de lo más eficiente. Así que para calmar al mocoso accedí a buscarle la famosa brujita. Hija, en eso Iñigo entra a una pantalla en la que se aparece primero la chola Lozada de Gamboa y yo pensé que era un juego ecologista diseñado para que los niños aprendan a reciclar los desechos sólidos. Fortalecida mi conclusión cuando veo aparecer a la Luz Salgado con su peinadete de matrimonio masivo. "Ay qué bien, Iñigo, que estés aprendiendo ecología, eso te va a dar horrores de plata", lo alenté a mi sobrino adorado, pero él seguía chillando que quería a su brujita y quería a su brujita. Qué crees, pucha, entra a la pantalla Martucha, ag, montada en una escoba, con capa morada y esa boca medio torcidona que ella tiene por donde se le acaban de escapar las cucarachas de esa hora del día. Bueno, nada más verla Iñigo empezó a agitarse como un poseso y las manos le comenzaron a sudar de tal manera que hija, o sea, una que sabe de esas cosas no pude sino llegar a la conclusión de que el chico se había enamorado de Martucha, ag, como yo a su edad me enamoré del lobo de Caperucita. Algo me debe haber hecho regresionar, hija, porque cuando se acabaron las pelotas amarillas que le zampé a la vieja en el ojo con el Enter, pucha, empecé con los borradores de mi sobrino, juá bruja, toma maldita. Después, pucha, chapé la calculadora y zuácate zorra desalmada. Luego vino mi celular, que no sólo le rompió la nariz a la inclemente esa sino que quiñó la pantalla en el centro mismo pero como yo ya estaba con toda la viada, pucha, seguí con el zapato, los puños y al final, con el teclado de la propia computadora y recién sentí que concluía cuando al fin tuve la certeza de tres cosas: que la bebé quedaba huérfana de madre, que el cholo Ocampo quedaba viudo para siempre y que el país quedaba libre de una alimaña más en su accidentada historia. Hija, cuando volví a la realidad, no sabes el espectáculo: Iñigo privado en llanto tirado en el piso y yo entre los escombros de una Acer Pentium Platinum Plus 40,003 de diez mil dólares, tirándole todavía pedacitos de cristal líquido a una Martucha, ag, que con las justas tenía energía para sobrevolar lo que quedaba de pantalla, que la verdad, era muy poco. Me sentí morir de la culpa pero hija, cómo es la vida, cuando a los pocos días leo que Carlos León Trelles le tiró su taza de café por la cabeza a Ferrero en el Congreso por no sé qué cholada de plata, ay decidí que todo se arreglaba reponiendo la computadora y metiendo al chico donde la psicóloga. Qué práctica, ¿no? Chau, chau. (Rafo León)
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