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Edición Nº 1676 |
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Terremoto, Luto en el
Sur
Escribe TERESINA
MUÑOZ-NAJAR EN Tacna (donde el lugar que más daños ha sufrido es el pueblo joven "Ciudad Nueva"), la Panamericana Sur está cerrada desde Locumba y es preciso tomar la carretera de la Costanera, la que conduce a Ilo, para llegar a Moquegua. Más de tres horas de viaje y en ciertas zonas las grietas en el asfalto y las enormes rocas, que de los cerros han rodado hasta la pista, obligan a tener cautela. Les tomará tiempo a los moqueguanos asimiliar lo ocurrido. Sus casas, casitas pobres de adobe -específicamente en los distritos de San Francisco y San Antonio-, ya no existen. Pareciera que la pata de un animal gigante las hubiera aplastado. Todo está apachurrado ahí abajo y todos están sentados en las que eran sus puertas. El olvido en que viven desde hace décadas, hoy lo sienten tan fuerte como ya saben que se siente un terremoto. Por ahí, una hora antes que la voz de la única radio salvada pidiera a los pobladores un minuto de silencio -se cumplía un día entero del siniestro-, pasó una pequeña caravana siguiendo al presidente electo Alejandro Toledo. El presidente Valentín Paniagua ya había estado en Moquegua coordinando la ayuda que proporcionará el Gobierno a la localidad. Toledo pasó raudo. Ayúdanos, ayúdanos, gritaban los moqueguanos. En las tres carpas que se han armado en la canchita "Buenos Aires",
en lo alto de San Francisco, se han acomodado cien personas. Niños,
mujeres y ancianos: los que pueden, duermen adentro. Los demás
afuera, sobre el colchón si alcanzaron a jalarlo o encima del cemento.
El frío es intenso y en la olla común hierve una sopa con
productos que ha repartido el PRONAA. Tal vez el doctor Toledo se detenga.
Hasta el alcalde del distrito, Alejandro Mendoza, lo está esperando.
Pero el reloj apura y Toledo debe ir a Tacna y después partir al
extranjero. Con mayor razón me voy. Tengo que conseguir préstamos
para aliviar la reconstrucción del sur del país, dice
antes de subir al avión.
En la calle Ramón Castilla, donde suena la radio, deben tener paciencia. Para ellos todavía no hay comida -no encuentro mis platitos, llora Sabina Calizaya- ni carpas. Sólo tres velorios. Cuatro, si el esposo de Filomena llega con el cadáver de su señora. Pobrecita, la puerta se le atracó y no pudo salir, cuentan los vecinos. Lucía Colqui ya está en un cuartucho oscuro, local del club de madres "Mercedes Cabello" (Mercedes Cabello de Carbonera nació en Moquegua en 1845). Rodean al cajón de madera -donado por la Beneficencia- cuatro velitas misionera. Lucía tenía 26 años y hace siete meses llegó de la sierra de Moquegua con su esposo Lucio José y dos de sus niños. Habían vendido unas ovejas para poder construir la casita que ha desaparecido. Murió por salvar al pequeño recién nacido a quien ahora nadie sabe quién criará. Más allá, ya camino al centro de la ciudad, velan a dos ancianos. Han capturado a Vladimiro Montesinos, grita entonces un periodista. La buena noticia no tiene más remedio que diluirse en medio de la desgracia. La gente está toda en las veredas o plazas aunque muchas casas no hayan sufrido estragos. Es el terror a las réplicas. "Lima", es una de las calles más antiguas del casco histórico de Moquegua. Un grupo de jóvenes con los ojos llorosos está parado frente a la Biblioteca Municipal, lugar en el que se ha armado un velatorio. La abuela de uno de ellos a muerto, se llamaba Zoila Pérez Gómez (78). Su hija María está desconsolada. La viejita no podía caminar y apenas pudo apurar a los nietos que revoloteaban a su alrededor antes de que la pared le cayera encima. Al frente, en el número 868, doña Beatriz Vargas de Requejo descansa en el patio en un sillón rojo que fue de terciopelo. Su casona se ha venido abajo, sin embargo, sonríe. En realidad suelta una carcajada (nerviosa suponemos): qué me queda, por lo menos estamos vivos. Luego nos enteramos que es "carismática", que su hijo de 19 años es un "niño azul" y que ya ha sufrido demasiado.
Una casa por medio viven los Mego Avellaneda. Thelma está furiosa y Gildomero ni se diga: esta casa de quincha es monumento histórico y por ese motivo nunca nos han permitido refaccionarla. Se construyó en 1881, pero fíjese qué peligro, unas cañas en forma de A sostenían la bóveda. Hemos perdido todas nuestras cosas. Lo que hemos podido rescatar lo hemos puesto en este cuarto, míre... Que nos devuelvan la plata que por tantos años hemos aportado al FONAVI... Una tras otra, las casas del centro o los balcones muestran sus daños, ojalá reparables, pues es preciso mantener la típica y escasa arquitectura que hasta la fecha ha sobrevivido a los terremotos (el más devastador fue el de 1868). En su libro "Moquegua -Perfil de una ciudad", Ismael Pinto, periodista y escritor moqueguano, describe, justamente, ciertos aspectos de la otrora y señorial región sureña: La característica más saltante de la ciudad es su austero rostro urbano. Sus casonas, siempre rematadas en mojinete, no evidencian el lujo interior... Hay maneras distintas de ver los mojinetes. Para uno de los más prestigiados estudiosos de la arquitectura latinoamericana, y, en especial, la peruana, el arquitecto y profesor universitario Ramón Gutiérrez, son un acierto a la imaginación y una solución perfecta para el clima moqueguano ya que, mientras los mojinetes aseguran una buena cámara de aire frente a los rigores del calor, las quinchas o robustas paredes de sillar intentan mitigar el efecto de los sismos. Esta vez, las quinchas no soportaron un sismo de 6.9 grados y un buen
número de mojinetes se vinieron abajo.
Desafortunadamente, las casas de adobe, como se ha descrito en párrafos anteriores son de verdad inseguras. Se debería, en consecuencia, tomar prevenciones para el futuro (en la Región Andina, 50 millones viven en casas de adobe). Al respecto, el Centro Regional de Sismología para América del Sur (CERESIS), ideó reforzar las paredes de adobe con una malla que sirve para que las casas no se desmoronen en 7 u 8 segundos como suele suceder, sino en 20 segundos. Así, los moradores tendrían más tiempo para evacuar y no morirían. Antes de regresar a Tacna, pasamos por el cementerio. La escena es aterradora. Construido de piedra y laja, el lugar aparece ante los ojos como un enorme juego de lego en blanco y negro que varios niños han desarmado. MARETAZO EN CAMANA El Perú está ubicado en una de las regiones de mayor actividad sísmica del mundo, el borde occidental de América del Sur. La actividad sísmica en está región se debe a la "subducción", un proceso por el cual la corteza oceánica se hunde bajo la continental. En el caso de este último terremoto, fue exactamente como si dos colosales piedras (la placa océanica de Nasca y la placa continental sudamericana) chocaran entre sí a 84 kilometros de profundidad. El hecho es que, además, originó gran pánico entre las poblaciones de la costa de Arequipa por el gran oleaje producido en la ciudad de Camaná. Allí, una marejada irrumpió 500 metros de tierra adentro y, cuando las aguas retornaron a su lugar, arrasaron con decenas de precarias viviendas y -de acuerdo al Instituto Nacional de Defensa Civil -con por los menos diez de los cincuenta y tres pobladores reportados como desaparecidos. En el Callao, mientras tanto, si bien el mar no reportó un oleaje inusual, el temor se apoderó de los habitantes de La Punta y Chucuito, quienes la noche del 23 de junio prefirieron dormir lejos de sus casas y a buen recaudo. En sus mentes estaría el recuerdo de los textos que relatan el maremoto ocurrido en 1756. No obstante, el doctor Hernando Tavera, director de Sismología del instituto Geofísico del Perú, descartó tal posibilidad: Las ondas de los sismos que se originan en la placa Sudamericana, por su cercanía a la costa, no encuentran espacio para propagarse lo suficiente hasta convertirse en un tsunami, informa. Si bien hasta el momento, la ayuda a los damnificados por el sismo se ha movilizado eficientemente, es preciso que no se olvide a los más olvidados. Es el caso de Moquegua: ha tenido que ocurrir un terremoto para que los peruanos volteemos nuestra mirada hacia esa ciudad.
La Torre En Un Hilo
EL 13 de agosto de 1868, la ciudad de Arequipa tembló por el lapso de 10 minutos. La mayoría de las torres de los templos cayeron menos la de Santa Catalina y la reconstrucción de la bella Catedral concluyó en 1884. En los terremotos de 1958 y 1960, las torres de la iglesia principal se rajaron pero no cayeron. Lo que ha sucedido el sábado 23 es dramático. La torre que se ha derrumbado ha perforado un tercio de la bóveda principal de la Catedral. La otra pende de un hilo. Además, todos los monumentos de valor han sido, de alguna manera, afectados. En total son 200 las casonas monumentales dañadas y el 15 por ciento de ellas han sido declaradas inhabiltables.
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