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Edición Nº 1676 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Vergüenza
y Escándalo, Hija
Un día me llama una tipa a decirme que estaba vendiendo sus obras completas de Freud ("el freu" pronunció) en la edición Subenstruchenbachenm, hija, que yo la adoro, no sabes cuánto. Yo atraqué al instante y le pregunté cómo era el asunto. Medio misteriosona la chola me dijo que la espere el lunes a las nueve de la noche en mi casa y cortó, y yo bien pánfila ni sospeché nada de por qué sabía mi dirección pero en qué calzoncillo, perdón, en qué cosa estaría pensando que lo dejé pasar. Bueno, hija, la tal tipeja me mandó ese lunes un carro blindado con chofer y siete camionetas liebre con circulina que te juro que cuando me subí y arrancó el circo por todo Lima, pucha, yo me sentía una especie de madame Ceucescu, y cada que le preguntaba al chofer de qué se trataba el asunto, el otro -con un engolamiento igualito al de Toledo- me contestaba, "no te preocupes flaqui, que estás en las mejores manos", y se ponía a hablar con el radio, "gallinita fina cayó en corral, avisar al de los huevos, ¿me copias?". Yo, aterrada, hija, pero dignísima, a pesar de que eso de "flaqui" ya sabes dónde me llegaba. En una de esas, qué crees, el chofer me da un antifaz negro y me dice con tono de Chalaquito IV, "te lo pones tú o te lo pongo yo, escoge, flaqui". Pucha, me lo puse yo y lo amarré como un torniquete del puro pánico. Dimos vueltas de vueltas, pasamos por horrores de garitas en las que siempre decían "desconozco mayormente, afirmativo", hasta que me bajaron en una sala horrible, no sabes, samborjina como la casa de la Cuculiza, con sillones de terciopelo de plástico, cuadros de paisajes de Hansel y Gretel. Yo, engrupida como una tortuga a la que le sacan el caparazón, no sabes. Al rato entra una pareja de medio cholo blancos. Él tenía una pinta de mafioso pero que ni Al Capone en fiesta de disfraces y ella, cómo te explico, una de esas mujeres bufanda que los hombres se cuelgan del cuello cuando tienen frío. Me saludaron y yo, con mis mejores modales de Los Castaños con José Granda, pucha, hice una venia así nomás. En eso entra un tipejo con aspecto de oruga mal nutrida, abre el maletín que llevaba en la mano, saca un órgano electrónico de esos de quinceañero de Los Olivos y se pone a tocar... "y cómo es él", ¿te puedes imaginar qué hacía yo ahí metida? Hija, yo aún no cerraba la boca cuando se abre la puerta y entra ni más ni menos que Blanca Nélida, con una minifalda que le dejaba libres las rodillas de chirimoyita china que tiene y ahí sí que ya no me aguanté y le pregunté, "Oiga Blanca Nélida, encima que su casa se la ha comprado con mi plata, la ha decorado horrible, ¿por qué, ah?" Pucha, a la vieja los anteojos se le bajaron hasta el monillo y cuando ya me iba a contestar, qué crees, se aparece el menstruo en persona y yo caí al piso cuando le vi el peinadete, hija, que me han contado que la Pinchi Pinchi se lo hacía todas las mañanas en una ceremonia que él llamaba El Ritual... ¡aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaggggggggggggg! Bueno, hija, el sujeto iba con una adolescente igualita a Gloria, la idiotita de los chistes de La Pequeña Lulú, toda gordezuela y llena de rulitos. Yo te juro que creí que estaba en una misa negra, sobre todo cuando el menstruo nos hizo sentar a todos a una mesa horrible. Yo, que no soportaba el perfume de Blanca Nélida, pucha, arrimé la silla lo más que pude, con lo que me libré de salir en el vídeo, hija. Resulta que era santo del tapircito de la hija del menstruo y no se les había ocurrido mejor cosa que invitarme a mí, aunque después me enteré por el chofer -que se hizo pata de la Jessikah´s Jesseniah´s-, que el tal asesor... ¡quería conmigo! Bueno, hija, algo debo haber intuido yo porque cambié mi copa de champagne con la de la vieja Colán, y cuando ella se empezó a empiernar con el menstruo diciéndole en susurros, "mi peluchito, mi peluchito", ya no me aguanté, pedí baño y me terminé escapando en una caja de basura hasta el carro, hija, donde le dije al chofer, "llévame y te presento a una chica regia", y gracias a un arrecho más, pucha, salvé mi vida y de paso, mi dignidad. ¡Que sufra mucho pero que nunca muera! (Rafo León).
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