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Edición Nº 1677 |
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Los Lecturas Del Doctor La pasión de Montesinos por la lectura se puede rastrear desde su llegada a la Escuela Militar de Chorrillos, aunque más que un lector omnívoro haya sido más bien utilitario. Es presumible que además esta afición venga de familia, ya que la suya es de las más insignes de Arequipa, debido al número de intelectuales y artistas que dio al país. Este mapa de lectura nace de la constancia de los libros y autores a los que Montesinos se sintió más afín.
SUN Tzu escribió "El arte de la Guerra" (ver Nº 6) como un manual que reflexiona sobre la conflagración como fenómeno social. Su enseñanza puede sincretizarse en una frase: la mejor batalla es la que se gana sin pelearse. Para esto es necesario varios puntos que se reducen a otro central: la información. El juego de posibilidades que ofrece el manejo de datos posibilita la mejor toma de decisiones. En tal sentido, sólo se puede decidir bien cuando se conoce uno mismo y a quien se enfrenta. Finalmente, en esta línea, Sun Tzu enfatizó la necesidad del espionaje como un arma imprescindible para informar y desinformar, a la postre, ganar o poder. Llevados estos lineamientos a su máxima expresión, y por más alejado que se encuentre Montesinos del taoísmo, la obsesión de grabar todas sus reuniones, chuponear los teléfonos de la oposición y la flexibilidad en el cambio de estrategias psicosociales para desacreditar a sus oponentes, pueden ser indicios de una forma travestida de ejecución de las tácticas planteadas por el maestro chino, rescatando su enorme carácter funcional. El uso de la información que conseguía por sobornos y los chantajes que realizaba con la misma cuando aún estudiaba en la Escuela Militar es, por lo demás, ilustrativo de su aprendizaje. Por supuesto, aprendía por igual de otro gran teórico
de la guerra, el alemán Karl Von Clausewitz, en cuya obra ("De
la Guerra") se delinea una visión distinta a la oriental: la guerra
como aniquilamiento total. Así, se pueden dar luces de cómo
en lo que para Montesinos era una batalla (comicios electorales) buscó
ambos vértices, canibalizando lo más conveniente de cada
pensador: tanto comprar congresistas de la oposición (según
Sun Tzu el soborno del enemigo es mejor que una batalla ganada), como
eliminar a los antagonistas francos (las candidaturas presidenciales de
Andrade y Castañeda).
Siguiendo esta línea, la próxima parada es Joseph Goebbles
(1897-1945), ministro de Propaganda del Tercer Reich. A pesar de acusar
una cojera producto de la polio que sufrió de niño (que
lo alejaba del arquetipo físico nazi), supo esconder su defecto
desarrollando de forma espeluznante sus capacidades intelectuales y persuasivas.
Se debe recordar, a su vez, que Montesinos era motivo de sorna en sus
primeros años en la Escuela Militar debido a su físico disminuido.
Goebbles fue el demiurgo de un complejo sistema que a través del
control de los medios de comunicación llevó al pueblo alemán
a los horrores que ahora la historia denuncia. El fue el primero en descubrir
la capacidad de radio, prensa, cine y afiches en la concientización
masiva de una causa, por más ajena o absurda que sea. Consta que
Montesinos consumía cuanta literatura aparecía del ministro
nazi (2), cuyas habilidades le fascinaban. Goebbles, además, es el autor de dos frases que hasta ahora asombran por el cinismo que encierran: "una mentira repetida lo suficiente puede convertirse en verdad" (la piedra angular de la prensa chicha), y "si no puedes convencerlos, confúndelos". Ambas premisas indispensables en el modus operandi montesinista. Antes de suicidarse, Hitler nombró a Goebbles su sucesor. El prefirió emular al Führer y asesinar, de paso, a toda su familia. En los anales de la infamia quedará su última lapidaria: "Entraremos a la historia como los mayores estadistas, o como los mayores criminales". Sin embargo, Goebbles también se caracterizó por sus alucinantes capacidades oratorias y dramáticos discursos, en este sentido, Montesinos, amante de la oscuridad y el perfil bajo, aprendió más de Joseph Fouché (1758-1820) y Rasputín (1871-1916), aunque se sintiera mucho más cerca del primero. Fouché es el emblema del oportunismo político desde que el Estado aparece en el sentido moderno. Militó con los Girondinos, luego con los Jacobinos (ojo al transfuguismo), y apoyó el Reino del Terror de Robespierre para luego defenestrarlo. Fue Ministro de Policía y apoyó el Golpe del 18 de Brumario de Napoleón Bonaparte (otro de los admirados) (7), aunque luego se opuso a la figura del militar corcés por lo que fue destituido. Sin embargo, organizó un sistema de espionaje paralelo al oficial que descubrió complots contra el autonombrado emperador, lo que le valió la reposición de su cargo. Por 1810 urdió una intriga con los ingleses para derrocar a Napoleón. En su ocaso sobrevivió a Luis XVIII. Es sabido que, por esta camaleónica capacidad de adecuarse al momento político imperante, recibió la más honda admiración de Montesinos, quien devoraba la biografía que del francés hiciera Stephen Zweig (8).
Rasputín, por igual, encarnaba la figura política que más estimulaba la idiosincrasia del ahora reo. Logró inocularse en el seno de la familia zarista y ejerció el poder a través de la manipulación de todos los miembros de la familia real. Montesinos, al igual que Rasputín, se sentía mucho más cómodo en la sombra de la oficialidad que en ella misma. El ruso murió asesinado por un complot de aristócratas. Todo libro que apareciese sobre el intrigante monje era compra obligada por el ex asesor (9). Otro de los obligados, lectura infaltable en la mesa de noche del "doc", fue el imperdible Nicolás Maquiavelo (4). Las virtudes aprendidas del consejero de Lorenzo de Médicis fueron varias, pero radicaron sustancialmente en la tesis principal que postula en "El Príncipe" (5): la separación radical de ética y política en el manejo del Estado. La famosa frase: "el fin justifica los medios" cobra una luz inesperada en los ojos de Montesinos, quien no dudó en hacer de ésta axioma y norte. Las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta pueden ser la prueba más macabra de esta errónea visión puesta en marcha. Algunos hasta se atreven a aplaudirla. No en vano, Pierre Mesnard escribía que en los países quebrantados la doctrina maquiavélica se propone con insidia. Y que los conductores iluminados por el italiano ofrecen como remedio el "orden". Esto tal vez explique la permisividad con la que los peruanos asumieron el golpe del 5 de abril. Se debe señalar, además, como materia prima constante del "doc", el consumo de todo tipo de literatura de espionaje, entre los que prefería a Jonh Le Carré (se conoce su gusto por "El Sastre de Panamá" (10), publicado en 1996 y cuya película se acaba de estrenar en EE.UU.) y Tom Clancy (3) (como figura en CARETAS 1597, le obsequió a Laura Bozzo "Ordenes Presidenciales"), maestros y best-sellers del género. De las revistas a las que era asiduo, se debe señalar con particularidad "Nueva Sociedad" (1), que trata temas de seguridad latinoamericana, y que coleccionaba desde hace décadas. Una vez capturado Abimael Guzmán, se aficionó a todo tipo de literatura sinoísta y marxista, que compraba doblemente. Sin embargo, se debe anotar que los textos no tienen una carga valorativa en sí misma. Son heramientas, y su valía depende por quién son utilizados y para qué. En un contexto de corrupción, violencia, narcotráfico, ausencia de conciencia ciudadana e inestabilidad política, la decantación patológica de este crisol de fuentes intelectuales originó, cual novela gótica, el Frankestein que hoy llamamos Montesinos. Pero como el monstruo de Mary Shelly, éste también era torpe a pesar de fuerte. Y su ecléctica constitución también significó su mayor debilidad. Ahora su vida se consume lentamente en la Base Naval. (Jerónimo Pimentel)
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