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Edición Nº 1677 |
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Bibi Y la
Paz fría
Escribe RAMIRO
ESCOBAR LLEGO cerca de las seis de la tarde, cuando el sol veraniego aún alumbraba las colinas de Jerusalén, con una luz que parecía mandada del Cielo. Benjamín Netanyahu, el ex Primer Ministro israelí, entró al local de la Casa Argentina de esta ciudad, acompañado de una pequeña comitiva, y dio un discurso que para muchos palestinos no hubiera tenido el perdón de Dios. Ante un auditorio compuesto en su mayoría por periodistas latinoamericanos, "Bibi" mantuvo su sionismo militante e incluso se permitió hacer una gruesa analogía histórica: comparó la expulsión de los moros de España con la situación en el Medio Oriente, mientras un guardaespaldas con ojos de gato lo vigilaba al centímetro. Recién llegaba de estar con José María Aznar en España, de modo que tenía las ideas frescas: los árabes, dijo, habían estado 800 años en España y 1200 en lo que hoy es Israel, de modo que no hay mucha diferencia. Lo que sí era distinto, según él, era en que ellos (los judíos) cuando volvieron a Tierra Santa no encontraron ningún rastro de alta civilización. Era el lunes 1ro. de julio y, sólo dos días antes, la aviación israelí había sostenido una escaramuza preocupante con la guerrilla de Jizbala (el Partido de Dios) en la frontera con el Líbano, con el saldo de cinco soldados heridos (dos israelíes, dos sirios y un libanés), en tanto que en Cisjordania seguía habiendo incidentes. Netanyahu, empero, rearfirmaba sus ideas en medio de la dura circunstancia. "En el Medio Oriente vivimos una Paz Fría", dijo, reciclando
de pronto aquellos tiempos idos en los que la URSS y Estados Unidos se
mantenían al filo de los botones atómicos y la hipocresía.
Para él, los acuerdos entre palestinos e israelíes no son
algo real, acaso porque, en los hechos, ambos siguen viviendo con el dedo
en el gatillo.
También afirmó que, en el Medio Oriente, Israel es algo así como una potencia militar que, sola, se enfrenta a cerca de 23 naciones árabes con 500 veces más territorio, que no la aceptan o la aceptan a regañadientes. Sólo faltó que, como hizo una vez el extinto líder soviético Nikita Kruschev en la ONU, en medio de la conferencia se sacara el zapato y golpeara la mesa. Yoav Tenembaum, un experto analista político presente en la reunión, me confirmó este punto de vista. Netanyahu, de acuerdo a él, está esperando que surja entre los árabes una suerte de Gorbachov, que cambie el tablero político del Medio Oriente y se avenga a una "revolución democrática" en la región (para "Bibi", por cierto, ése no es Yasser Arafat, a quien considera poco menos que un dictador). Se convertiría entonces en una suerte de Ronald Reagan israelí: duro, capaz de invadir territorios o países, pero listo para dar el salto histórico si ve que en la otra orilla hay alguien que le toque la misma música. De hecho, ya en 1975 Menahem Begin, el primer Primer Ministro del Likud, el partido de "Bibi", firmó un tratado de paz con el presidente egipcio Anwar el Sadat, que mal que bien hasta ahora se cumple. Lo primero que tiene que esperar Netanyahu, no obstante, es que la ruleta política israelí lo devuelva nuevamente al poder. Los malpensados dicen que sólo está esperando que Ariel Sharon, su compañero de partido y actual Primer Ministro, termine fulminado por un voto de desconfianza de la Knesset (Parlamento israelí) No es un buen deseo, pero en mayo de 1999 ya le ocurrió a él mismo y, más tarde, el año pasado, a Ehud Barak, el antecesor de Sharon, aunque a ambos por distintos motivos. La paz regional se pondría entonces nuevamente en vilo, pero Netanyahu seguiría teniendo oxígeno político, a juzgar por la popularidad de la que goza dentro y fuera del Likud. "Por el momento estoy de vacaciones", comentó sonriendo, ante la pregunta de una próxima candidatura. El resto de preguntas -incluso una sobre sus presuntos actos de corrupción- las absolvió con la maestría de un torero. En las afueras del local lo esperaba un auto grande, de color plomo y lunas polarizadas, con el motor prendido. Sus dos guardaespaldas lo subieron rápidamente al vehículo, que se perdió por unas calles empinadas de Jerusalén. Había permanecido sólo cuarenta minutos con nosotros, pero fueron suficientes para avistar en él a un animal político con muchos años de vida por delante.
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