Edición Nº 1680

 

  • Portada
  • Nos Escriben...
  • Mar de Fondo
  • Heduardo
  • China te Cuenta...
  • Ellos & Ellas
  • Culturales
  • Caretas TV
  • Controversias
  • Lugar Común
  • Piedra de Toque
  • Mal Menor
  •  

     

     

     

    ARTICULO

    26 de julio de 2001

    CHILE-PERU:
    Relación Por Renovar (I)
    En un momento crucial, la serena mirada del ex editor de la Página Internacional de CARETAS sobre nuestras relaciones con el vecino del Sur(*).

    En el umbral de la transferencia del mando al Presidente electo Alejandro Toledo, las relaciones entre Perú y Chile de pronto se asoman a un nuevo momento de tensión debido a un asunto que, entre muchos peruanos, provoca sentimientos encontrados: el caso Aero Continente. Aunque nunca se contó con pruebas contundentes, la única aerolínea de capitales peruanos siempre estuvo en la mira judicial, por presuntos vínculos con el narcotráfico y por una extraña economía que siempre le permitió tener precios sin competencia. Esos argumentos sirvieron para que, el pasado miércoles 18, las autoridades judiciales chilenas, en una operación inusitadamente demoledora, incautaran los aviones de esta compañía, decretaran la captura de algunos de sus directivos y prácticamente cerraran sus operaciones. Se observó así una dureza que, por ejemplo, no se observó aquí en el caso Lucchetti, a todas luces escandaloso, lo que ha generado sospechas sobre la limpieza de la acción judicial en el vecino país. José Rodríguez Elizondo, ex editor de la Página Internacional de CARETAS de 1978 a 1986, a donde llegó como parte de su obligado exilio pinochetista, desbroza en este artículo los avatares de la relación peruano-chilena, conflictuada hoy por el caso Aero Continente, pero de permanente dificultad. El autor, quien también fue embajador de Chile en Israel durante los años 1997 al 2000, enfrenta, en esta primera entrega, el tema con un profundo sentido de la autocrítica, que, estamos seguros, dará que hablar.

    Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO
    (Escritor, analista político,
    ex embajador chileno en Israel)

    LAS vivencias que informan este texto fueron adquiridas -gajes del exilio- durante mi residencia de casi una década en el Perú. Allí trabajé entre los gobiernos del general Francisco Morales Bermúdez y Alan García, pasando por el de Fernando Belaunde, como asesor, editor y director de medios, comentarista de un canal de televisión y asesor de un instituto empresarial.

    Esa actividad, realizada con afecto y respeto por los peruanos, me permitió un contacto fluido y actualizado con sus actores principales, en todos los ámbitos y un acceso sin mediaciones a su sensibilidad respecto a nosotros. Por añadidura, fue una de esas raras oportunidades que permiten conocer mejor el ser nacional chileno, por vivirlo desde la otredad.

    Desde entonces suelo pensar en lo extraño que sería tener hoy, en Chile, a un analista político peruano con un rol equivalente y con el más amplio acceso a nuestros líderes políticos, empresariales y militares. Habilitado para conocer, sin mediaciones, nuestro escurridizo ser nacional.

    Ese pensamiento, que es una conclusión en sí, informa los contenidos del presente artículo.

    ESTRUCTURA DE
    DESCONFIANZAS

    Como subproducto de las dos guerras del siglo XIX, las relaciones chileno-peruanas generaron una estructura de desconfianza que ha llegado hasta el siglo XXI.

    Tal estructura se sintetiza en una doble acusación: revanchismo, por parte de los actores chilenos y expansionismo, por parte de los peruanos. Esto ha sobredimensionado la importancia de los equilibrios macromilitares, en detrimento de los desarrollos positivos en otros sectores.

    Sin embargo, un despiece prolijo de la estructura muestra coyunturas de cordialidad y de complicidad, pero con barreras. Como si, cada cierto tiempo, surgieran -y se frustraran- buenas oportunidades para un desarrollo democrático y económico interactivo, orientado a la integración.

    Tal frustración implica una responsabilidad compartida, pero no en partes iguales. Si miramos más allá de nuestras narices limítrofes, comprobamos que en el mundo moderno tienen mayor responsabilidad comparativa las potencias vencedoras. El desarrollo democrático y económico de los grandes derrotados de la Segunda Guerra Mundial, no se entiende sin la ayuda de los Estados Unidos. La desaparición de la URSS se explica -entre otras razones- porque no pudo contribuir al desarrollo independiente de los países que quedaron bajo su influencia. Y, aunque los victoriosos israelíes lo resientan, la mayor responsabilidad que se les exige, en el conflicto del Medio Oriente, es fruto de su mayor desarrollo en lo político, militar, tecnocientífico y económico.

    LA ARAUCANA OLVIDADA

    Pareciera que un discutible sentido militar de la gloria, nos ha impedido ejercer la responsabilidad del vencedor.

    De partida, nuestros lemas nacional y del Ejército ponen el énfasis en una fuerza y una calidad de invicto, que aluden casi nominativamente a nuestros derrotados.

    Cada efeméride relacionada con los grandes momentos bélicos involucra, en Chile, más una reconstitución estimulante de los hechos, que una sobria conmemoración de situaciones dramáticas y dolorosas (como en toda guerra, también hubo víctimas entre los vencedores).

    Nos aferramos a los símbolos -inmuebles, semovientes o portátiles- de nuestras victorias, con una pasión que sorprende a los extranjeros. En otras partes, el estatus de los bienes simbólicos suele negociarse diplomáticamente, como inicio o corolario de procesos de reconciliación. En los años '50, tras discreta gestión del gobierno franquista, el Presidente de los Estados Unidos, general Dwight Eisenhower, dispuso el desguace del crucero Mercedes, trofeo de la Guerra de Cuba, que se usaba como club de oficiales navales en Annapolis. En Israel, con jefes castrenses en todos los gobiernos, se ha transferido a los palestinos el control sobre lugares sagrados, como la tumba de José. El general Ehud Barak, el soldado israelí más condecorado, abrió como Primer Ministro la posibilidad de conversaciones sobre el estatus de Jerusalem, trizando la fórmula ritual que la define como "capital eterna e indivisible del pueblo judío".

    En Chile, por el contrario, hasta la posesión de documentos burocráticos peruanos parece sujeta a un sacro sistema. Recién a fines del segundo gobierno de la Concertación, luego de firmada en Lima el Acta de Ejecución del Tratado de 1929, Chile devolvió a los peruanos 20 volúmenes del Archivo Notarial y 46 volúmenes del Archivo Judicial de Tacna.

    En cuanto a trofeos mayores, Tomás Pablo, senador demóocratacristiano, fue ridiculizado sin tregua, en los años '60 y '70, sólo por haber sugerido devolver el buque Huáscar

    Los "gestos" posibles chocan con viejas racionalizaciones estratégicas. Eventuales cesiones chilenas serían vistas, según los defensores del statu quo, como prueba de debilidad o de temor, incentivando apetencias mayores.

    De otra parte, esa sacralización de bienes que simbolizan (pero que no son) la gloria, se relacionaría con un extravagante complejo chileno de superioridad.

    Extravagante, pues lo normal es honrar a los vencidos. Maximizar su calidad, para mayor lucimiento de las virtudes y poderes de los vencedores. Hace muchos siglos, el conquistador Alonso de Ercilla cantó en el que hoy es nuestro poema nacional, la gloria de los araucanos. El poeta guerrero comprendió que era mejor decir al mundo la verdad que habían combatido contra bravísimos guerreros-, en lugar de jactarse por haber erradicado a unos indios pobres y primitivos.

    Lo más grave es que esa extravagancia cultural, ética y táctica fue recogida por nuestros historiadores. Francisco Antonio Encina dio la nota alta al escribir, en su Historia de Chile, que "lo que venció al Perú fue la superioridad de una raza y la superioridad de una historia".

    Por lo señalado, parece muy exacto lo que dijera Carlos Martínez Sotomayor en reunión de 1998 del Consejo de Política Exterior. Este chileno sabio y con currículo -ex canciller, ex embajador en el Perú y Presidente de la Academia de Ciencias Sociales del Instituto de Chile- manifestó que, "en sus relaciones con el Perú, Chile ha mostrado una actitud sicológica más propia de los vencidos; no ha tenido la generosidad ni la dignidad propias del vencedor".

    EL FIASCO DE
    LAS CONVENCIONES

    El primer gobierno de la Concertación trató de innovar, pero los problemas de una transición insólita y de un régimen peruano imprevisible, dieron prioridad a los trabajos de reinserción internacional.

    Inspirada en el legalismo patrio, la Cancillería de Patricio Aylwin se limitó a la tarea de cerrar la grieta jurídica que dejaban las cláusulas no cumplidas del Tratado de l929 y su Protocolo Complementario. Las mismas que servían de pretexto a los ultranacionalistas peruanos para "legalizar" una eventual revancha y cuyo cumplimiento, de hecho, había dejado de interesar a sus gobiernos. Para los diplomáticos peruanos el interés era asimétrico, pues la plenitud del Tratado fortalecía la línea disuasivo-jurídica de Chile y su país sólo obtenía, como contrapartida, inmuebles, servidumbres y servicios portuarios en Arica, cuyo valor se había depreciado tras seis décadas de negociaciones.

    Pese a lo señalado, la nueva negociación avanzó al galope. La exasperación del conflicto peruano-ecuatoriano, el desquiciante impacto de Sendero Luminoso, la capitis diminutio de la Cancillería peruana y la mala economía legada por el gobierno de Alan García, indujeron al Presidente Fujimori a un doble movimiento: desbloquear recursos afectados a un eventual conflicto con Chile, para concentrarlos en la frontera con Ecuador y en la lucha contra el terrorismo.

    Los demócratas peruanos advirtieron que el oportunismo fujimorista no aportaría mucho a la necesaria confianza binacional. Lo que sucedería, fue peor.

    En rápidas secuencias, el Presidente peruano dio su autogolpe de 1992; Chile suspendió y reanudó las negociaciones; éstas cuajaron en las Convenciones de Lima; Fujimori las envió al Congreso Constituyente para su ratificación y ... las retiró el 28 de agosto de 1994, sin previo aviso a Chile, porque a esa altura afectaban sus posibilidades de reelección.

    En definitiva, un fiasco que abría un nuevo ciclo depresivo. Los chilenos nos percibimos burlados y los peruanos nos acusaron por haber querido abusar de la debilidad interna del Perú. El general Edgardo Mercado Jarrín, prominente intelectual militar peruano estimó que habíamos actuado con cortedad de miras. En formal entrevista, me dijo que Chile sólo veía las Convenciones como "el acto final de un Ejército victorioso en la Guerra del Pacífico" (La Época, 17.12.95)

    En el subsecuente vacío de diálogo diplomático, la relación bilateral se "municipalizó", con los alcaldes de Arica y Tacna autootorgándose licencia para actuar en ese ámbito. Y no siempre con espíritu fraterno.

    A mayor abundamiento, los antifujimoristas -en especial los apristas- acusaron a los concertacionistas chilenos de "falta de solidaridad democrática", graficando, así, los vicios circulares de la relación. Antes, los demócratas chilenos habían criticado al gobierno de Alan García por su excesivo entusiasmo para negociar el mismo tema, con el aislado gobierno del general Pinochet.

    * Artículo Publicado en Foro Chile 21 , revista política de circulación por suscripción, editada por la Fundación Chile 21, que apoya al presidente Ricardo Lagos. Julio 2001


    ../secciones/Subir

    Portada | Nos Escriben... | Mar de Fondo | Heduardo | Culturales | Caretas TV | Ellos & Ellas | Bienes y Servicios | Controversias | Lugar Común | China te Cuenta Que... |
    Piedra de Toque |Mal Menor

    Siguiente artículo...

     

       

       
    Pagina Principal