Edición Nº 1680

 

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    ARTICULO

    26 de julio de 2001

    Jurando Con Juego
    Es casi como jugar con fuego. Y ése fue el signo de la juramentación de los congresistas.

    Jacques Rodrich de Perú Posible juró en hebreo. Sólo David Waisman, acaso lo habría entendido.

    RESUELTO el entrampamiento relativo a la elección de la Mesa Directiva del Congreso, el lunes 22 se esperaba el inicio de una nueva etapa en la vida parlamentaria, aquejada por una década de desprestigio. Pero ese día la solemnidad del acto de juramentación de los congresistas experimentó un serio traspié por obra y desgracia de cierto extendido afán por renovar el compromiso.

    Lo que en la Constituyente de 1978 y en posteriores períodos parlamentarios eran hechos anecdóticos (juramentaciones rayanas en consignas), y que durante el fujimorismo se hizo moneda corriente, parece haber adquirido características de pandemia.

    Felizmente la mayoría de congresistas consideran aún suficiente responder, simplemente: "Sí, juro". Fue el caso de congresistas como Carlos Ferrero, Henry Pease, Antero Flores Aráoz, David Waisman, Gloria Helfer, entre otros. Con esas dos palabras sellaron su compromiso a adecuarse al mandato de la Constitución y a las leyes, a no subordinarse a mandato imperativo y a guardar secreto sobre lo tratado en las sesiones reservadas.

    Pero hay quienes, extraviados en la presunción de que a mayor acumulación de propósitos más meritoria o recordada será su gestión, se despacharon con los juramentos más insólitos: a un parlamentario debutante se le ocurrió jurar por su esposa Pochita (Juan Serkovic de Perú Posible); mientras otro, nostálgico acaso de su controvertido pasado como dirigente deportivo, lo hizo "por la U" (Alfredo Gonzales de Solución Popular). Por su parte Luz Salgado, acicateada por los abucheos de la galería, juró por "los 170 mil votos que tengo" como quien exhibe un salvoconducto; en tanto que, presa de febril lealtad, Doris Sánchez prestó juramento por "nuestro amado presidente electo".

    Y no fue uno o cinco, fueron más de treinta los congresistas que se salieron del libreto interpretando a su modesto entender aquello de no estar sujetos a mandato imperativo.

    Lo cierto es que en el afán por inflamar con su verbo la solemnidad del momento, algunos no cumplieron con el juramento requerido.

    Dios, la Patria y la Constitución, resultaron ignorados o, en el mejor de los casos relegados. Y la imagen del Congreso, ídem.

    No ha sido el más auspicioso de los inicios del nuevo período legislativo. Más aún cuando deja la posta un Congreso que pese a los tránsfugas y a su accidentada trayectoria, ha concluido sus labores con orden y concierto.

    Actitudes como éstas no hacen sino debilitar la frágil imagen del Congreso. Más si observa el hecho a la luz de las opiniones del politólogo argentino Daniel Zobato, para quien "los Parlamentos se cuentan entre las instituciones que menos credibilidad tienen en América Latina".

     

    Celebración de Juan Requena del FIM, cuya bancada sufrió días antes su primer revés. Derecha: Luz Salgado, Martha Chávez, Carmen Lozada y no una sino muchas, muchas pifias.

    No sólo hubo excesos verbales. El piurano Juan Requena llegó al Congreso encaramado en un caballo de paso, y Michael Martínez de UPP prestó juramento blandiendo un chicote (látigo para ganado).

    Pero acaso la más deconcertante juramentación fue la del congresista Jacques Rodrich de Perú Posible. Con solideo negro en la testa, juramentó en hebreo previo retiro de la cruz y la biblia.

    Que Paulina Arpasi, de su misma bancada, lo hicera en aymara es comprensible: la juramentación pública tiene por objeto que el compromiso asumido sea ampliamente conocido, y la comunidad lingüística de esa lengua nativa es ciertamente importante. Pero jurar en hebreo no pasa de ser una excentricidad.

    Aunque lo recomendable sería que los congresistas se ciñan a la fórmula preestablecida, no deja de ser legítima la incorporación de expresiones propias de la ideología o del partido que representan. La mayoría de los miembros de la célula parlamentaria aprista, por ejemplo, juraron por la memoria de Víctor Raúl Haya de La Torre, a quien llamaron paladín y campeón de la democracia. Fórmulas que se han venido escuchando a lo largo de varios períodos parlamentarios. Javier Diez Canseco, por su parte, juró por la memoria de Mariátegui, mientras que José Luis Risco por "los líderes del movimiento sindical y popular".

    Al respecto, Diez Canseco recuerda que antaño se hacían referencias de tipo ideológico: se juraba por el socialismo, por Mariátegui, etc.

    Ahora en cambio, reflexiona, las juramentaciones reflejan la debilidad de los partidos y las ideologías. Eso hace que el acto de juramentar se convierta en un acto de referencias personales y anhelos individuales.

    A éstas se sumó un pluripartidario rosario de promesas. Heriberto Benítez del FIM, por ejemplo, juró "porque todos los corruptos vayan a la cárcel". Sorprendió que el circunspecto Luis Solari recitara: "juro que al final de mi mandato, los olvidados y los pobres del Perú serán dueños de su destino".

    Capítulo aparte fue el linchamiento verbal del que fueron víctimas las tres sobrevivientes del fujimorismo: Martha Chávez de Ocampo, Luz Salgado y Carmen Lozada de Gamboa. Estas tuvieron que jurar a voz en cuello debido a las ensordecedoras pifias de los presentes. Anel Townsend, experta ya en estos menesteres de tomar juramento -participó de similar maratón en 1995 como miembro de la Junta Preparartoria por ser la más joven de los 120 congresistas- optó en estas circunstancias por una actitud más juiciosa aunque no menos firme: la entrega fría y distante de las medallas correspondientes. Townsend fue, a fin de cuentas, la autora de una acusación constitucional contra Salgado y Lozada por su presunta participación en las maquinaciones de Vladimiro Montesinos. (Sergio Carrasco / Sonia Sullón B.)

     


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