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Edición Nº 1680 |
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El Machu Picchu Escribe URIEL GARCIA CACERES MACHU Picchu fue conocido desde siempre hasta el supuesto descubrimiento por Hiram Bingham, en 1911. El modelo arquitectónico así como la técnica de su construcción son clara muestra que fue construido en el período clásico del imperio Inca. Siendo esto una verdad documentada por esas edificaciones hay que coincidir con José Uriel García (Machu Picchu, Un Centro Incaico de Trabajo Femenino. Cuadernos Americanos, #4, 1951, pp.:159-251), que sostuvo que la nobleza de la corte imperial incaica cusqueña conocía de la existencia de este bello centro destinado al trabajo femenino, a recreo del emperador y su corte, lo mismo que a sitio ceremonial religioso. El avasallamiento que realizaron los conquistadores, con desdén de la gran cultura autóctona, hizo que los que conocían o habían estado allí se quedaran callados, cuando llegaron los saqueadores. Como si esto no hubiese sido suficiente la epidemia de viruela, enfermedad desconocida hasta entonces para el sistema inmunológico de los nativos, causó gran mortandad y aumentó el pánico. Los amautas, los parientes del Inca, los altos dignatarios guardaron silencio, para impedir que los catequistas, los perseguidores o extirpadores de idolatrías, los doctrineros de las poblaciones rurales...(los europeos estuvieron) empeñados en traer abajo todos los monumentos del incanato... por constituir, a simple vista, una viva y emocionante lección de la grandeza del pasado aborigen (op. Cit). Por ejemplo, así se explica la preservación intacta del Inti Huatana, el sagrado espigón donde simbólicamente, el 24 de junio, cada año, amarraban al dios Sol (Inti: Sol y Huatana: Amarradero) para que no se alejara hacia el norte, y, así, es que el Inti Huatana de Machu Picchu es el único actualmente existente. Los de Písac, Ollantaytambo, Sacsayhuamán o Pachacámac fueron demolidos por los españoles. Hace unos meses, la concupiscencia y estupidez de malos funcionarios del INC, casi destruye ese único sagrado símbolo. Con este silencio dignificante los cusqueños guardaron en secreto
la ubicación y las magníficas características de
Machu Picchu. Esa dignidad del vencido triunfó por siglos.
Hasta que la abandonaron, ya que los estudios urbanísticos y de
planificación demuestran que era un centro poblado sin posibilidades
de supervivencia autónoma. A medida que pasaron tres siglos ese
conocimiento entró a la categoría de "secreto de oídas",
con lo que se despertó el apetito de los huaqueros. Relatos mal
documentados demuestran que a fines del siglo XIX y principios del siguiente
hubo saqueos de utensilios y quizás orfebrería.
Bingham, cuando subió a estudiar la ciudadela lo hizo conducido por tres peruanos aborígenes Richarte, Alvarez y Fuentes, (Quichua Indians) que se daban el lujo de vivir en la ahora ciudadela y, no sólo eso, cultivaban en la plaza o terraplén mayor (donde se dice que allí "juramentará" el presidente Toledo). En ninguna de sus principales publicaciones sobre Machu Picchu, Bingham, tuvo el gesto de identificarlos y concederles el crédito (The Wonderland of Perú, The work Accomplished by the Peruvian Expedition of 1912, Under the Auspices of Yale University and the National Geografic Socety, The National Geographic Magazine. Vol. XXIV, 1913 y además su trabajo académico: MACHU PICCHU, A CITADEL OF THE INCAS. New Haven-Yale University Press, 1930, London). Los tres "indígenas" fueron peones, se les llamaba "arrendiris", que por trabajar, para su sustento un lote de terreno, labraban gratis las tierras del patrón. El dueño de la hacienda fue don Mariano Ferro, rico terrateniente en cuyos dominios estaban los cerros Machu Picchu y Wayna Picchu. En la amplia iconografía descriptiva, de las ya citadas publicacaciones, no quiso, Bingham, retratar a los que lo condujeron nada menos que a Machu Picchu, para que él diera la noticia al mundo. Eran los tiempos en que a los "indios" no había que agradecerles nada. Pablo Richarte y sus compañeros conocían Machu Picchu, palmo a palmo. Es así que cuando Bingham se desesperó por no encontrar tumbas durante la limpieza de los edificios, esos campesinos, que vivieron años en la ciudadela incaica, ofrecieron realizar esa tarea bajo dos condiciones. Una, que por cada hallazgo les pagaran el doble de lo ofrecido a otros (S/. 20 en vez de 10), y, otra, la exclusividad de la búsqueda. A los cinco minutos de aceptadas se comenzó a desenterrar tumbas, especialmente la estupenda "tumba real" que está debajo del Templo del sol, que es imitación o réplica de la similar existente en el Cusco. Bingham creyó, erróneamente, que el nombre de Machu Picchu fue dado en tiempos modernos, desde que no existía una cita anterior a la toponimia dada por Charles Wiener, a fines del siglo XIX (Perou et Bolivie, Récit de Voyage, Suivi D'Endes Archéologique et Etnographics et de Notes sur I'Ecriture et les languages de Populations Indiennes. 1880, Libraire Hachetté et co, Paris). J. Sin embargo, J. Uriel García descubrió, que un siglo antes, en 1781 las denominaciones Machu Picchu y Wayna Picchu estaban claramente identificadas. Se trata de una escritura pública de venta de unas tierras, "tres leguas más abajo del río del pueblo de Ollataytambo, nombradas Quenti, Mascacucho, Pacaymayu, Carmenga, Yanacaca, Masacaca, Picchu, Machu Picchu, Guayna Picchu." Los nobles de la capital imperial de los Incas y sus panacas, callaron. Se volvieron autistas y no quisieron colaborar con el Virrey Toledo, quien, cuando estuvo en el Cusco, creó una provincia la de "San Francisco de Vilcabamba" que comprendía los cerros donde está Machu Picchu sin tener noticia que allí estuvo un sagrado sitio, donde el Inca y su corte pasaban temporadas. Allí se tejían magníficos mantos, como los que luce la niña de Ampato, allí, también, se celebraban las ceremonias religiosas más importantes.
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