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Edición Nº 1680 |
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Su Primera Presidencia
Escribe FERNANDO VIVAS " He was very poor and he was very smart, so he got a scholarship" (1). El padre John Lo Schiavo sj., rector de la Universidad de San Francisco cuando Alejandro Toledo hizo sus estudios de economía, zanja mis preguntas. Desde Lone Mountain, una de las cien cimas de la sinuosa San Francisco, los jesuitas se han hecho su propia Roma, que apenas tiene 7 colinas. Al norte está el Golden Gate, al este Berkeley y sus excentricidades; al sur, apenas a 5 cuadras, Haight-Ashbury y otros barrios célebres de una ciudad que Lo Schiavo me pinta tan católica como cualquier otra. Las drogas, el gay pride en Castro Street y el nudismo en Baker Beach, me asegura, son nimiedades para entretener a los turistas. En este enclave de pax académica en medio de la revuelta hippy
fue recibido el joven Toledo en setiembre de 1966, cuando ganó
una beca del gobierno norteamericano por sus méritos escolares.
Angurriento, había adelantado su viaje a San Francisco el 26 de
diciembre del '65, aprovechando que Joel y Mancy Meister, los voluntarios
del Peace Corps que habían alquilado un cuarto en su casa de Chimbote,
ahora vivían en Berkeley. Trabajó cuidando jardines y niños,
según cuenta en su autobiografía "Las cartas sobre la mesa",
para poder pagar sus cursos de inglés intensivo.
Por fin, en setiembre, empezó en serio su sueño crossover.
Las clases, el idioma y las reglas de la Residencia Estudiantil mantenían
lejano el relajo de la Bahía. Había que acostarse temprano,
el licor estaba proscrito y las chicas no podían ni asomarse a
los cuartos. Sólo quedaba estudiar para no perder la beca completa
aunque ésta, al cabo de un año, se volvería parcial.
Hasta que a Alex -así lo llamaba su creciente grupo de amigos-
lo salvó el fútbol. El coach rumano Steven Negoesco lo enroló
en el equipo de la univesidad. A los 75 Negoesco mantiene su agilidad campechana. Se acuerda de casi todos sus muchachos -las fotos ya no caben en su despacho y algunos trofeos cuelgan del techo- y no puede olvidar a Toledo. Lo recuerda en el español que le enseñó su esposa guatemalteca: "No sé si es correcto decirlo, pero a mí me dio lástima. Era bajito, skinny, muy pobre, pero sabía jugar. Sus rasgos eran distintos de los de otros peruanos de dinero que habían jugado para mí. Lo puse de delantero, por lo chiquito y frágil que era no me servía en el mediocampo. Además tenía ese elan, esa joie de vivre, ese deseo de jugar. No sé qué tan buen estudiante era, sólo recuerdo que jugaba bien con ese estilo de pases cortos de los peruanos".
Parecía un telefilme donde el protagonista salva sus estudios gracias al fútbol. La beca deportiva sumada a los ingresos por lavar platos en la cafetería le permitieron graduarse de la USF sin mayores sobresaltos. Alex agarró cancha y ya entonces se hizo presidente del Club Hispanoamericano. Donato Tapia, uno de sus roommates, estudiante de la escuela de leyes y 7 años mayor que su compañero, lo recuerda como un "líder natural". Lo encuentro en el Federal Building de San Francisco, de defensor de latinos discriminados. Donato es hijo de una familia mexicana del pueblo de Chico, al norte de la ciudad, y no se ha alejado del área. "Alex era un magnet (imán), el cuarto se llenaba de gente,
pedía pizza y sodas porque el licor estaba prohibido. La universidad
era muy estricta y aunque Haight-Ashbury estaba a pocas cuadras eran mundos
diferentes. Casi no salíamos para divertirnos. Una vez platicamos
sobre por qué estábamos aquí. Yo quería aprender
de los jesuitas porque antes en Europa habían sido los maestros
de los príncipes y los reyes y ahora los políticos de San
Francisco se formaban con ellos. Para cambiar el sistema había
que aprender cómo el sistema trabaja y dónde aprendieron
los que manejan el sistema. Hablamos de cambiar el sistema, ayudar a la
gente, tener éxito".
El presidente de los hispanos ya se sentía a sus anchas en California. El padre Sagru le consiguió una beca de estudios nocturnos y el profesor Woo lo tuvo de jefe de prácticas. Los ahorros le permitieron darse algunas vueltas por la ciudad con los amigos del club. El terremoto de Ancash en mayo del '70 y la muerte de su madre en octubre del mismo año lo regresaron por un rato al subdesarrollo, pero las ganas de quedarse en los Estados Unidos eran irresistibles. El joven Toledo tenía varios puentes para seguir adelante en su crossover. El Golden Gate hacia el norte, el Bay Bridge hacia Berkeley y el Este. Tambien podía ir al aeropuerto y regresar al Perú de Velasco, pero la presidencia de su país era otro crossover dream, postergado hasta triunfar de veras en los Estados Unidos. No cruzó ningún puente. Estando tan cerca se fue directo a otro mundo, a Silicon Valley, a la ciudad de Palo Alto, 40 minutos al sur por la autopista 101, a la Universidad de Stanford. Con el soñado cartón de PhD. en el bolsillo, varios campus y lobbies cinco estrellas visitados incluyendo el mítico Harvard, y una extranjera desposada, sí podía regresar, tan tecnócrata sibarita como indio terco, a conquistar el Perú. _________
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