Edición Nº 1680

 

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    ARTICULO

    26 de julio de 2001

    Su Primera Presidencia
    En 1969, el joven Alejandro Toledo, becado en la Universidad de San Francisco, presidió el Club de estudiantes hispanos. Era el comienzo de su sueño americano.

    Escribe FERNANDO VIVAS

    " He was very poor and he was very smart, so he got a scholarship" (1). El padre John Lo Schiavo sj., rector de la Universidad de San Francisco cuando Alejandro Toledo hizo sus estudios de economía, zanja mis preguntas. Desde Lone Mountain, una de las cien cimas de la sinuosa San Francisco, los jesuitas se han hecho su propia Roma, que apenas tiene 7 colinas. Al norte está el Golden Gate, al este Berkeley y sus excentricidades; al sur, apenas a 5 cuadras, Haight-Ashbury y otros barrios célebres de una ciudad que Lo Schiavo me pinta tan católica como cualquier otra. Las drogas, el gay pride en Castro Street y el nudismo en Baker Beach, me asegura, son nimiedades para entretener a los turistas.

    En este enclave de pax académica en medio de la revuelta hippy fue recibido el joven Toledo en setiembre de 1966, cuando ganó una beca del gobierno norteamericano por sus méritos escolares. Angurriento, había adelantado su viaje a San Francisco el 26 de diciembre del '65, aprovechando que Joel y Mancy Meister, los voluntarios del Peace Corps que habían alquilado un cuarto en su casa de Chimbote, ahora vivían en Berkeley. Trabajó cuidando jardines y niños, según cuenta en su autobiografía "Las cartas sobre la mesa", para poder pagar sus cursos de inglés intensivo.

     

    Desde Lone Mountain, el padre John Lo Schiavo sj. (derecha) domina el paisaje de la U. de San Francisco.

    Por fin, en setiembre, empezó en serio su sueño crossover. Las clases, el idioma y las reglas de la Residencia Estudiantil mantenían lejano el relajo de la Bahía. Había que acostarse temprano, el licor estaba proscrito y las chicas no podían ni asomarse a los cuartos. Sólo quedaba estudiar para no perder la beca completa aunque ésta, al cabo de un año, se volvería parcial. Hasta que a Alex -así lo llamaba su creciente grupo de amigos- lo salvó el fútbol. El coach rumano Steven Negoesco lo enroló en el equipo de la univesidad.

    A los 75 Negoesco mantiene su agilidad campechana. Se acuerda de casi todos sus muchachos -las fotos ya no caben en su despacho y algunos trofeos cuelgan del techo- y no puede olvidar a Toledo. Lo recuerda en el español que le enseñó su esposa guatemalteca: "No sé si es correcto decirlo, pero a mí me dio lástima. Era bajito, skinny, muy pobre, pero sabía jugar. Sus rasgos eran distintos de los de otros peruanos de dinero que habían jugado para mí. Lo puse de delantero, por lo chiquito y frágil que era no me servía en el mediocampo. Además tenía ese elan, esa joie de vivre, ese deseo de jugar. No sé qué tan buen estudiante era, sólo recuerdo que jugaba bien con ese estilo de pases cortos de los peruanos".

     

    El equipo donde Toledo fue delantero pues, según el entrenador Steven Negoesco, su baja estatura y su estilo de pases cortos, le impedían jugar en el mediocampo

    Parecía un telefilme donde el protagonista salva sus estudios gracias al fútbol. La beca deportiva sumada a los ingresos por lavar platos en la cafetería le permitieron graduarse de la USF sin mayores sobresaltos. Alex agarró cancha y ya entonces se hizo presidente del Club Hispanoamericano. Donato Tapia, uno de sus roommates, estudiante de la escuela de leyes y 7 años mayor que su compañero, lo recuerda como un "líder natural". Lo encuentro en el Federal Building de San Francisco, de defensor de latinos discriminados. Donato es hijo de una familia mexicana del pueblo de Chico, al norte de la ciudad, y no se ha alejado del área.

    "Alex era un magnet (imán), el cuarto se llenaba de gente, pedía pizza y sodas porque el licor estaba prohibido. La universidad era muy estricta y aunque Haight-Ashbury estaba a pocas cuadras eran mundos diferentes. Casi no salíamos para divertirnos. Una vez platicamos sobre por qué estábamos aquí. Yo quería aprender de los jesuitas porque antes en Europa habían sido los maestros de los príncipes y los reyes y ahora los políticos de San Francisco se formaban con ellos. Para cambiar el sistema había que aprender cómo el sistema trabaja y dónde aprendieron los que manejan el sistema. Hablamos de cambiar el sistema, ayudar a la gente, tener éxito".

     

    Donato Tapia compartió cuarto e ilusiones con Toledo. Derecha: El legendario "coach" Steven Negoesco (75) incluye a Toledo en su memorabilia futbolística.

    El presidente de los hispanos ya se sentía a sus anchas en California. El padre Sagru le consiguió una beca de estudios nocturnos y el profesor Woo lo tuvo de jefe de prácticas. Los ahorros le permitieron darse algunas vueltas por la ciudad con los amigos del club. El terremoto de Ancash en mayo del '70 y la muerte de su madre en octubre del mismo año lo regresaron por un rato al subdesarrollo, pero las ganas de quedarse en los Estados Unidos eran irresistibles.

    El joven Toledo tenía varios puentes para seguir adelante en su crossover. El Golden Gate hacia el norte, el Bay Bridge hacia Berkeley y el Este. Tambien podía ir al aeropuerto y regresar al Perú de Velasco, pero la presidencia de su país era otro crossover dream, postergado hasta triunfar de veras en los Estados Unidos. No cruzó ningún puente. Estando tan cerca se fue directo a otro mundo, a Silicon Valley, a la ciudad de Palo Alto, 40 minutos al sur por la autopista 101, a la Universidad de Stanford. Con el soñado cartón de PhD. en el bolsillo, varios campus y lobbies cinco estrellas visitados incluyendo el mítico Harvard, y una extranjera desposada, sí podía regresar, tan tecnócrata sibarita como indio terco, a conquistar el Perú.

    _________
    (1) "Era muy pobre y era muy listo, así que se ganó la beca".

    El Planeta Stanford
    Alejandro Toledo se doctoró, desposó a Eliane Karp y pensó en la presidencia del Perú en California.

     

    Desde 1891 las columnatas neoclásicas de Stanford vieron desfilar a miles de estudiantes, entre ellos Eliane Karp.

    EN 1970 el pensamiento de Toledo se resume en esta cita que acompaña su foto en el anuario de egresados de la USF: "Our misunderstanding the evils of common man; they reflect the imperfection of human justice, but all of them are justifiable". La traducción se hace harto difícil, pues el fraseo es confuso, casi contradictorio, pero suponemos que quiso decir algo así como que "nuestra incomprensión de los demonios del hombre común, aquellos que reflejan la imperfección de la justicia humana, no nos permite ver que son justificables".

    Tolerancia y comprensión ante las imperfecciones humanas. Buen motto para el joven Alex que se aprestaba a entrar a "the farm", apodo de Stanford, a obtener un master en economía y un doctorado en educación, sabiendo que luego de ese tour de force por una de las mejores universidades del mundo, le tocaba volver a la región de la informalidad. El primer crossover ya era un hecho y, estudiando entre gente predestinada, el sueño del retorno presidencial se materializó junto a las estatuas de Rodin dispersas por el campus de lujo.

    Con su auto comprado en 300 dólares, su cuarto en la vecina ciudad de Sunnyvale (su casera Lois Blair, organizó en 1975 su matrimonio con Eliane Karp, otra hermosa estatua que encontró en el campus), y su amistad con el profesor Martin Carnoy, Toledo se doctoró dignamente en el mismo alma mater del presidente Herbert Hoover, del israelí Ehud Barak, del Nobel de Economía John Harsanyi, el presidente emérito de Harvard Derek Bok, de Chih-Yuan el fundador de Yahoo y los actores Ted Danson y Sigourney Weaver. Estaba listo para triunfar.


     


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