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Edición Nº 1680 |
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Por JAIME BEDOYA
1. El Excusado Inteligente. Tras miles de años de civilización, Japón tiene algo en claro: Confort y distensión son condiciones sine qua non dentro de un satisfactorio movimiento intestinal. Además del obvio alivio del riesgo latente de la constipación y de los trajines autodestructivos del puje forzado, la privacidad que en una sociedad tan congestionada como la nipona este evento implica, reclama condiciones para la introspección: No es un secreto, menos aún impudicia, reconocer que grandes ideas de la humanidad han surgido en cuclillas ahumadas por la propia concentración de su esencia más íntima. Japón, destacando notoriamente dentro del concierto de las naciones por el tiempo que invierte en desarrollar una tecnología punta en el tratamiento de excretas, está haciendo de cada uno de estos aparentemente mecánicos eventos fisiológicos un atisbo, una mirada profunda -y para más detalles monócula- de los artefactos que están llamados a ser los breves altares de nuestra escasa vida privada futura. Los modelos más avanzados que ha prohijado esta ciencia de la evacuación suponen comodidades que renuevan el agradecimiento hacia la comunidad científica nipona. El excusado inteligente japonés, cual caballero galante, se destapa solo desde el momento que el ejecutante queda a solas con él en el baño. El asiento, dotado de sensores térmicos, ajusta su temperatura en armonía con aquella piel que lo toca. La calidez, es natural, puede acaso provocar una desinhibición extrema. De presentarse, un panel de control permite generar amables y cómplices sonidos (caídas de agua, lluvia intensa, manada de elefantes) que opaquen toda incontrolable estridencia ventral. Concluido el acto, ¡adiós a la áspera tiranía del papel!, un gentil chorro antiséptico se encarga de borrar toda huella indeseada. El secado es mediante el equivalente a un beso volado automatizado, producido por un preciso y aromático secador incorporado. El módulo cuenta con reloj y alarma, en caso el placer extremo de un desahogo así afectara otra labor hacia la que los japoneses profesan una consecuencia digna de una necesidad fisiológica: trabajar hasta morir. 2. El Karoshi Japón sabe que las bondades del trabajo no conocen límite. Esta entrega a la contraprestación de servicios, dócil abandono en el voluntario apego a la rutina y el cobijo del automatismo, no ha tenido mejor caldo de cultivo que la eficiente sociedad japonesa: Es el único país del mundo donde existe una palabra para definir la muerte por exceso de trabajo -karoshi- y en donde la gente literalmente cae en la calle muerta de cansancio contenido honrando la filosofía de las hormigas. El primer caso de karoshi se registró en 1969 con la muerte por infarto de un trabajador de 29 años de edad, empleado del área de distribuición de la empresa periodística más grande del Japón. La noticia popularizo el término, llevando algo de alivio a miles de hogares enlutados que hasta la fecha no entendían el porqué del desplome súbito de su principal sustento. El Ministerio de Trabajo japonés, jamás ocioso, empezó a publicar estadísticas de karoshi desde 1987. Según éstas el karoshi tiene dos preferencias en cuanto a su sintomatología terminal: el siempre confiable ataque cardíaco y la trombosis cerebral. La mayoría de sus víctimas estuvieron trabajando un aproximado de más de 3,000 horas al año. ¡Qué hermoso legado de amor al trabajo y lealtad a los patrones!, prédica felizmente esparcida por el mundo. Pues dónde sino en el karoshi podría rastrearse la génesis de aquella máxima de la sabiduría de camionero peruano que, si bien atemperada a nuestra criolla medianía, sentencia "trabaja y no envidies". 3. Jesús. Hay pruebas, sólo falta la fe: Jesús de Nazareth nunca murió en la cruz. Murió en Japón bajo el nombre de Daitenku Taro Jurai, dejando viuda y seis hijas. ABC News descubrió su tumba en enero de este año. Según refiere la acreditada cadena noticiosa, en el fervor nacionalista de los años de preguerra un monje Shinto halló un antiguo manuscrito en las afueras de Tokyo. Según el documento Jesús escapó a la condena a muerte, duro trance en donde fuera remplazado por su abnegado hermano Isukiri a quien habría de agradecerle su invalorable contribución en haber hecho posible, entre otros, el perdón de los pecados y la procesión del Señor de los Milagros. Jesús luego inició un exilio que lo depositó en costas niponas donde cambió de nombre y tuvo familia como Dios manda. Ya antes había estado en Japón en busca del perfeccionamiento espiritual, durante aquella etapa ignota de la vida del Salvador conocida como los años perdidos y que algunos ocultistas han ubicado en la India, el Tíbet, e inclusive Marcahuasi. El manuscrito hablaba de dos tumbas sin marcar ubicadas en la montañas remotas del norte de Honshu, la principal isla de Japón, zona dentro de la ciudad de Shingo. En una yacía enterrado Daitenku. En la otra las orejas de su hermano junto a un rizo de cabello de su Santa Madre. Las tumbas han sido supuestamente ubicadas en la ciudad de Shingo,conocida por sus cultivos de ajos y que ahora se llama a sí misma Kirisuto no Sato (La Tierra de Cristo). Un simpático paradero de buses en forma de capilla marca la proximidad del lugar. La tesis es clara: un Jesús renunciante a su origen nazareno en favor de una identidad nipona. De ser ésta cierta, Dios, uno y trino y alguna vez peruano según premisa universalmente aceptada, sería ahora japonés en virtud de la justa nacionalización de sus restos. El mundo es hermoso y da vueltas.
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