Edición Nº 1681

 

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    ARTICULO

    2 de agosto de 2001

    Fajando a POPY
    Legicidios y excesos de un ministro de Justicia para el que no existe la mesura

    Fernando Olivera. ¿Seguirán sus excesos o continuará la labor iniciada por Diego García Sayán?

    HUBO una época en la que Fernando Olivera era un investigador incisivo. Es decir, aún no era Popy. En 1982 Fernando Olivera era secretario general de la Fiscalía de la Nación, institución que destapó numerosos casos de corrupción y de violación a los derechos humanos en los que Olivera fue pieza importante a la hora de señalar responsables. El joven administrador de empresas, graduado en la U. del Pacífico, permaneció en el cargo hasta 1984 y, un año después, fue elegido diputado.

    Pero de ahí en adelante Olivera se convertiría en uno de esos personajes para los que el afán de figuración y el apetito político han primado sobre las consideraciones éticas. No hay sino que recordar algunas de las "perlas" -negras- que han caracterizado su carrera política para calar el error cometido por el Presidente Toledo.

    El más grave, tratándose de quien hoy ocupa el Ministerio de Justicia, es haber propuesto una ley con nombre propio. Un auténtico legicidio perpetrado gracias a la entusiasta adhesión de la mayoría fujimorista en julio de 1999. La "Ley Anti Alan" violaba el precepto constitucional de la presunción de inocencia al prohibir la candidatura de aquellos ciudadanos que tuvieran un proceso judicial abierto.

    Más preocupante resulta aún, desde el punto de vista ético, la participación del flamante ministro en la preparación del Informe Larc (presentado al Congreso en 1991 en el marco de las investigaciones a Alan García por enriquecimiento ilícito) donde se acusaba al ex Presidente de poseer US$ 50 millones en cuentas del extranjero y que pronto fue develado como un montaje.

    Este punto nos lleva, años más tarde, a otro igualmente vergonzante: su campaña contra Beatriz Merino en octubre de 1999. Bastó que Merino decidiera alejarse del FIM para que Olivera atacara en términos gratos para Expreso, entonces vocero montesinista. Fueron 12 primeras planas, 20 llamadas en primera plana, 7 editoriales y alrededor de 100 páginas de infamias.

    "El estilo es el hombre", dijo el conde Buffon.

    Pero el de Popy no se agota ahí. Allí están, durante la reciente campaña presidencial, sus afiladas acusaciones contra Toledo a propósito de los rastros de cocaína en un análisis que publicó CARETAS. Olivera convocó a la prensa para hacerse un "drug testing" con muestras de su cabello, que luego envió a EE.UU. Eso fue en marzo y hoy todavía no se conocen los resultados.

    ¿Pura peliculina?

    Quién sabe. Si bien presentó el vídeo Kouri-Montesinos y provocó así la caída del fujimorismo, es cierto también que estuvo en contra de la Marcha de los Cuatro Suyos cuando todas las fuerzas de oposición la apoyaban.

    Por cierto, Olivera ya tenía un antecedente de inconsecuencia democrática: en junio de 1992 se inscribió en el "Diálogo Nacional por la Paz y el Desarrollo",creado por Fujimori tras el autogolpe del 5 de abril al que no asistió ningún partido democrático. Olivera, entonces, los fustigó como "tradicionales" en concordancia con la prédica golpista.

    Eso sin contar que con su veto sobre el APRA para que conforme la Mesa Directiva del Congreso, estuvo a punto de provocar la primera crisis política del gobierno toledista.

    Ahora se abre un tiempo de cabeza fría y soluciones ejecutivas que apuntalen la gobernabilidad democrática. ¿Estará Fernando Olivera a la altura del reto? Esperemos que sí. (Pedro Tenorio).


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