Edición Nº 1681

 

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    ARTICULO

    2 de agosto de 2001

    Un Beso de Invierno
    José de Piérola ganador del Premio de Novela Banco Central de Reserva del Perú. Primer capítulo en calidad de primicia para CARETAS.

    Opera prima de José de Piérola. El que la sigue: de constructor a literato.

    A fines de los '70 pensó que la situación no era pronta para hacer una carrera literaria. Entonces escribía cuentos y tocaba la guitarra. Tenía una empresa constructora. Empieza a escribir seriamente en el año '96 y se va a los Estados Unidos para hacer la transición de ingeniero a escritor. Tras terminar su maestría es profesor de literatura en la Universidad de San Diego y prepara junto con su doctorado, un curso sobre indigenismo para dictar en el próximo ciclo. Premio Copé y Mil Palabras, con "Un Beso de Invierno" José de Piérola da el salto definitivo al escenario literario.

    Lo encontramos al alba, cuando el cielo violeta empezaba a clarear, llenando la meseta de la luminosidad sin sol que precede al día. Parecía dormido, sentado en el suelo, la espalda apoyada en una roca, la cabeza ligeramente inclinada, pero no dormía. De detrás de la oreja, siguiendo la curva del cuello, bajaba un grueso hilo de sangre que llegaba a la clavícula, donde se detenía, empozado, reseco, como la cera de una vela votiva en un altar, como el lacre de un sello arzobispal de la Inquisición. Nuestra primera reacción no fue de miedo, sino de curiosidad, una justificable curiosidad, así lo creí en ese momento, porque ninguno de nosotros había visto en persona nada semejante: un hombre joven, apoyado en la roca de una meseta andina, la boca entreabierta, los ojos fijos en el camino tenebroso que recorría hacia el lugar de donde dicen no vuelve nadie.

    Habíamos visto cosas semejantes, inclusive más cruentas, en los periódicos, las revistas, los programas de televisión, durante los diez años de virtual guerra civil de la que nos reponíamos malamente, tratando de olvidarla cada uno a su manera, pero ninguno había estado tan cerca, ni había visto frente a frente los labios pálidos de un ejecutado, aunque, si había sido una ejecución, llegaba a destiempo, en un lugar imposible, a quien menos se lo merecía. Quizá pensábamos lo mismo mientras lo rodeamos sin atrevernos a tocarlo, como si fuera una aparición que se desvanecería ante el primer intento de comprobar su realidad, pero, poco a poco, fuimos pasando de la curiosidad a la certeza: uno de nosotros había sido asesinado.

    Raúl fue el primero en tocarlo. Le cerró los ojos apenas rozándole los párpados, como si éstos fueran pétalos congelados por el frío de la madrugada. Se arrodilló frente a él para examinarle la herida, empujando el pabellón de la oreja con el índice, apoyando las yemas de los dedos en el mentón, tocándolo como si fuera una figura de cera que cambiaría de forma con la más leve presión de los dedos. No sintió nada, dijo Raúl, la muerte fue instantánea, ni siquiera tuvo tiempo de saber que moría. Lo tomó de los hombros como para despertarlo de ese sueño del que no despertaría, luego lo acercó hacia sí con el movimiento familiar de un abrazo, pero en lugar de estrecharlo contra su pecho miró detrás, como si esperara encontrar un puñal en la espalda, después lo apoyó otra vez contra la roca gris. La claridad de la mañana empezaba a hacer más aparente la palidez de Catulo, su inmovilidad, el gesto detenido a medio camino de la vigilia al sueño.

    Tiene las manos amarradas, dijo Raúl poniéndose de pie, amarradas con sus propios pasadores. Recién en ese momento nos dimos cuenta de que los botines de obrero de Catulo estaban sueltos, sin pasadores, como si hubiera estado preparándose para dormir, pero sin llegar a quitárselos nunca.

    La noche anterior, metidos en nuestras bolsas de dormir, apretujados en el interior de la pequeña cabaña de piedra, ninguno de nosotros lo había escuchado salir. Inclusive yo, en la profunda oscuridad de la noche, recordaba haberlo oído susurrar algunas frases en latín, remanentes de otros tiempos que le afloraban en sueños, pero, aunque tenía su bolsa de dormir junto a la mía, no supe en qué momento Catulo había salido a encontrar la muerte a manos de un asesino imposible. Sí, imposible, ya que la mañana del día anterior Catulo mismo, después de entablar una rápida amistad con el arriero que cargaba nuestras cosas en dos burros, le había preguntado si había alguien en la meseta: no había nadie. También yo había visto en el registro del pueblo, un viejo cuaderno escolar conservado por el apoderado, donde se anotaba, previo pago de un derecho, los nombres de quienes subían. En columnas dibujadas con lápiz, letras diferentes habían anotado fechas de subida, nombres, fechas de bajada. El último grupo, cinco personas de diversas nacionalidades, había bajado de la meseta hacía una semana. En teoría, estábamos solos.

    Miguel había propuesto el viaje. En el departamento de Catulo, tomando café negro, sentados en las gradas de cemento, habíamos debatido la idea. Para todos, excepto para Miguel, cuya mentalidad práctica lo había llevado a trabajar como ingeniero, resultaba caro viajar. Lucía, que quería ser pintora, apenas se ganaba la vida componiendo libros para una editorial nueva. Tonia, la mayor de todos, divorciada, asidua lectora de una escritora polaca, dictaba clases particulares de alemán. Raúl, nuestro médico, acaba de terminar su último año de internado en un pueblo del norte. María, de la que sabíamos poco, enseñaba en una escuela fiscal. Mientras que yo, profesor de secundaria, absurdamente aficionado a las ediciones del siglo xix, andaba siempre, por ese motivo, contando mis últimas monedas. Miguel no se dio por vencido. La meseta, nos dijo, quedaba cerca de Lima, a diez horas en ómnibus. Los que no tuvieran equipo, lo podían pedir prestado: por lo demás, gastaríamos en comida lo mismo que gastábamos en Lima. No sabía, por supuesto, que algunos de nosotros, aunque vivíamos por nuestra cuenta, todavía contábamos con las cenas de nuestras familias. La propuesta no prosperó de inmediato, aunque sospecho que cada uno siguió pensando en ella, ya que tres meses después, en las mismas gradas, decidimos acampar en la meseta. Catulo quería, nos lo confesó el último sábado, ver de cerca ese pueblo andino porque pensaba vivir por un tiempo en uno semejante para aprender quechua. Quizá los demás tenían motivos más parecidos a los míos. Las fotos que nos había mostrado Miguel despertaban una gran curiosidad por aquel lugar misterioso donde uno podía ver lo que quisiera. Se decía que era la montaña sagrada de una humanidad anterior, un punto del planeta usado como faro magnético para la navegación espacial, un lugar religioso cuya inducción hipnotizaba a todo aquel que lograba escalar laboriosamente las ocho horas de pendiente escarpada. En sus incontables bosques rocosos, la cambiante luz del sol creaba, según las fotografías, imágenes fugaces que habían sido catalogadas por el abogado que en los años 50 vivió en la cabaña de piedra que sobrevivía hasta hoy. Todo eso, por supuesto, era materia de fábula, fascinante de por sí, aunque supongo que lo que más nos atraía era la distancia, el silencio, la soledad que parecía reinar en esa gran isla de piedra. Estaba a más de cuatro mil metros de altura, a más de mil metros por sobre el pueblo más cercano, estaba tan cerca del cielo que en las noches despejadas se podía ver desde allí más estrellas que de cualquier otra parte del planeta. No había mejor lugar para alejarse de la reciente pesadilla de la cual despertábamos.

    Todo lo cual habíamos comprobado la noche anterior, cuando terminamos de instalarnos en la cabaña de piedra, cuando, agotados por las ocho horas de caminata, conjurábamos la altura masticando pastillas de coramina, respirando como asmáticos, bebiendo una taza de café con pisco después de haber comido pan con queso. Sentados en círculo dentro de la cabaña, alumbrados por una pequeña lámpara colgada de la viga central, ninguno de nosotros pensó en ese momento que al día siguiente, al alba, encontraríamos a Catulo, vestido como siempre, pantalones vaqueros, camisa de franela, botines de obrero, pero apoyado en una roca, las manos amarradas a la espalda, un grueso lacre bermejo en el cuello, caminando ya por el camino tenebroso al lugar de donde dicen no vuelve nadie.

     


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