Edición Nº 1682


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    MAL MENOR
    9 de agosto de 2001

    Por JAIME BEDOYA

    Encuentros con Hombres Notables
    3.1 Liborio Estrada: Cultura, y un Pastor Alemán.

    CUANDO alguien habla de cultura guardo un prudente silencio. El necesario para oír a una hormiga orinando a dos km de distancia sobre la cabeza de un hisopo. Debe ser un prejuicio personal. Pero dicho término espontáneamente acaba asociándose a imágenes inconexas de cocteles, disputas por los azafates de etiquetas negras, alguien mendigando un pasaje a alguna bienal y al interlocutor utilizando el tema como sutil prólogo para disertar sobre la singularidad de su propia obra. Es decir, no manejo el tema apropiadamente. Acaso por eso sea tan impresionable a pequeños gestos que parecieran digerir el asunto, como aquel del italiano Pietro Manzoni. En 1961, dando lo mejor de sí mismo, presentó una obra consistente en un conjunto de latas de conserva tipo atún etiquetada cada una Merda d' Artista, conteniendo c/u 30 gramos de lo obvio. Igual de notable, citando un caso local, es la persistencia del ecolálico lema de superación humana dispersado obsesivamente por un editor ancashino hace más de treinta años: ¡Cultura, Cultura y Más Cultura, hasta Revolucionar al Hombre!

    Liborio Estrada hizo de esta proclama humanista un ubicuo eslogan publicitario de su editorial homónima, convirtiéndolo en arenga, otitis y mantra. El plato de fondo de tal gesta la constituía el novedoso Método Cortina de Nueva York para el aprendizaje del inglés. El Método Cortina, opus magnum del intelectualmente aventajado R. Diez de la Cortina, fundador de un también homónimo Instituto Lingüístico, basaba su modernidad en la técnica fonográfica, al utilizar elepés de vinilo como sustento pedagógico acorde a los años '70. Cortina, tras un apellido de raigambre casera y más allá de una destacada presencia tipográfica en el empaquetamiento de su producto estrella, guardaba en lo que era su imagen personal más bien un perfil bajo. Nunca dejó ver su cara. Aunque sí resaltaba un impresionante curriculum que discurría, entre la sospecha y la admiración, por el Colegio de Guerra de Valladolid, la inspectoría de instrucción pública argentina y una ex asesoría al gobierno boliviano. Estrada, por el contrario, era notorio y, como ya se dejó entrever, audible. Sendos altoparlantes ubicados a las afueras de sus oficinas frente a la Plaza San Martín no se cansaban en repetir a los transeúntes las bondades del Método Cortina y de la cultura en general, mediante ininterrumpidas homilías laicas sobre ética y civismo. Absurdo sería negar que esto comprensiblemente le valió el hartazgo de no pocos, hastiados de esta permanente alharaca edificante. "La labor de educar es larga e incomprendida", declaraba por entonces un fatigado pero no rendido Estrada que coordinaba sus movimientos desde el Jirón de la Unión con las directivas del cuartel general Cortina en la 52nd street de Nueva York. Estrada creía a ciegas en la eficacia del Método Cortina, y mi padre creyó en Liborio Estrada. En algún momento de los años '70 el robusto kit granate y oro del Método Cortina de Nueva York apareció en casa. En esa misma época también apareció por ahí un perro. Pastor alemán, adulto, sin nombre. De aspecto noble.

    El perro simplemente apareció una tarde. Escogió la puerta falsa como hogar y desde ese día bolsas de panes, periódicos y alguno que otro zapato empezaron a reunirse en torno suyo. El misterio era simple. El perro atacaba a quien pasara frente a él. Inmediatamente fue adoptado, recibiendo el aparentemente contradictorio nombre de Amigo.

    Liborio Estrada, debe haber concluido que para lograr un cambio cultural era necesario algo más que el perifoneo eterno. Necesitaba el poder. Fue así que su misión cultural fue puesta en paréntesis en favor del PAOR, Permanente Organización Revolucionaria, agrupación política que obviamente tenía la cultura como norte y las figuras señeras y complementarias de Gandhi, Lincoln y Ramón Castilla como inspiración. Pero el PAOR debe haberle causado aún más incomprensión y no pocos enemigos frescos. Por un lado continuaban los irritantes perifoneos, ahora partidarios, en la Plaza San Martín. Por otro, el PAOR hizo suya la vanguardista propuesta de llevar a la mujer al poder. Idea suicida en una sociedad acostumbrada a hacer de la cocina inmejorable contexto de plenitud del sexo débil y de la repostería su más lograda manifestación intelectual.

    Sostenidamente, la llama cultural y feminista del PAOR se fue extinguiendo conforme acanzaba la década. En cruel giro del destino, hacia 1978, el hombre que pedía el poder para la mujer perdía a su esposa y luego a su hija mayor. Acababa una agrupación político-cultural que en su mejor mitin había logrado reunir, convocados por la amplificación de máximas y pensamientos notables, aproximadamente 400 personas, contando curiosos.

    El perro Amigo no tenía nada de tal. Lo que inicialmente parecía un impulso sobreprotector devino en reacción de ataque compulsivo. Primero masacró a nuestra bondadosa mascota, el chusco Bobby. Luego mordió a mi hermana, a mi hermano, a todos en la familia, haciéndose urgente la asistencia profesional de la Sociedad Protectora de Animales para llevarse a un can que nadie había llamado y nadie sabía de adónde había venido. El perro estuvo en observación un tiempo, no encontrándosele rabia ni enfermedad nerviosa alguna. Al poco tiempo una llamada telefónica informó que finalmente habían encontrado un hogar para Amigo. A pesar de aún encontrarnos convalecientes de sus ataques el cariño hacia él se mantenía intacto y se hizo indispensable una despedida. Llegamos tarde a la cita, sólo para ver partir un auto manejado por un señor de aspecto promedio, ligeramente calvo, con el altivo pastor alemán mirando detrás de la luna las nuevas posibilidades de agresión gratuita que se le ofrecían. El nombre del valiente voluntario era Liborio Estrada. El Método Cortina de Nueva York ya estaba en la casa hacía meses. Por supuesto nadie lo había abierto.

    Es difícil, además de innecesario, determinar si Liborio adoptó a Amigo antes o después del derrumbe del PAOR, ya defraudado del interés de las gentes en la cultura, o en medio del pesar producido por las tristes pérdidas familiares. El otro día mi padre me vio desenterrando de un armario el aún sin estrenar Método Cortina. El logo de la Editorial Liborio Estrada, media luna dorada con cuatro tomos que emanan rayos de luz como un sol que amanece vigoroso, aparecían por doquier. El vinilo, negro espejo, mostraba los surcos precisos repletos de verbos, conjugaciones y tiempos anglosajones sin escuchar. Le pregunté por qué lo compró. No se acordaba. Luego él inquirió para qué lo buscaba ahora. Tampoco podía saberlo.

    Liborio Estrada murió en setiembre de 1989. Fue atropellado en la cuadra 11 del Jirón Lampa, cerca de su oficina. El conductor dijo que el peatón había cruzado sin mirar, como ido.


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