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Edición Nº 1683 |
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15 de agosto: Día
de Arequipa
Escribe TERESINA MUÑOZ-NAJAR EXISTIO el día que reventó el volcán Huaynaputina -a dieciséis leguas al oriente de la ciudad-. Martín de Murúa, cura mercedario, estuvo ahí, en Arequipa, el mismísimo 8 de febrero de 1600 y hay que darle fe. La noche de ese funesto día, según narra Murúa, arreció de manera que parecía hervir la tierra. Varios temblores se habían sucedido antes y el cielo, a cualquier hora, era del color de la muerte. Es verdad que entonces, los terremotos duraban algunos padres nuestros y otras tantas avemarías y su intensidad se medía abriendo los brazos en forma de cruz. Pero, jura Murúa, que la luz de los relámpagos que venían desde el volcán, se extendían tanto como una avemaría intensamente rezada. El Huaynaputina se había ensañado tanto que por semanas llovió ceniza mientras infinitos globos de fuego atravesaban el cielo. El desastre originado por la erupción y el subsiguiente terremoto de febrero de 1600 fue total y, Arequipa, tan rica, tan opulenta, tan llena de gente, quedó en ruinas: Quedaron los caminos de manera que no se podían caminar, y en parte las cabalgaduras de los caminantes se hundían en la ceniza. Hase perdido y quedado enterrado infinito ganado vacuno y ovejuno, y en las lomas muchas mulas que allí se criaban, porque se cegaron los pastos y se ocultaron las aguas. En la ciudad se siguió luego hambre, por haberse desbaratado los molinos, y en todas las casas se morían las bestias, y no quedó en el cielo ave, golondrina, paloma, tórtola, gorrión... y de las sabandijas de la tierra no quedó ninguna; no quedó chacra de maíz que se pudiera aprovechar...Todos los árboles frutales se perdieron... Cuatro años más tarde, el 24 de noviembre de 1604, en
la víspera de Santa Catalina Mártir, Arequipa tembló
nuevamente. Tan fuerte y con tanto estruendo que no quedó en aquella
sufrida ciudad -como lo testimonia Murúa- edificio que no se viniese
abajo, excepto, los templos de San Francisco y San Agustín.
Pasaron, afortunadamente, cerca de 100 años de cierta bonanza y tranquilidad hasta el 13 de mayo de 1784. Esta vez, Arequipa se estremeció por el lapso -de acuerdo a la razón puntual de quienes pudieron darla- de 5 minutos. Juan Domingo de Zamácola, quien llegó al Perú en 1772 para hacerse cura de Cayma, relata lo sucedido, porque lo sintió, con puntos y señas. No sin intercalar de por medio algunos Misericordia Señor y aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor. Escribe él: Tres movimientos se reconocieron sensiblemente. El primero de un vaivén igual, fuerte y ruidoso, que dio tiempo a que se liberasen las gentes; duró como dos minutos. El segundo en forma de remolino, estábamos viendo desgranarse los edificios saliendo los sillares del medio de las paredes y moviendo toda la fábrica; duró cerca de un minuto. El tercero fue como un trueno de abajo que hizo hervir toda la tierra, como medio minuto, y éste fue el que todo lo destruyó porque lo hallo ya movido, y después se siguió como al principio muy cerca de dos minutos, acabando de derribar y rajar cuanto quedó pendiente... El daño que causó a la ciudad -en palabras del propio Juan Domingo- fue supremo. Y, en ese día en que se pensó muriesen todos los habitantes de Arequipa sólo se registraron 54 fallecidos. Sin embargo, si hay un cataclismo que se recuerde, por lo legado en crónicas y diarios, es el que ocurrió el 13 de agosto de 1868, fiesta de San Hipólito, a las 5 y 5 minutos de la tarde. Serían las 5 y 8 minutos o poco más -figura en el editorial de La Bolsa del 25 de agosto del mismo año, luego de contar lo acontecido en los tres minutos previos -cuando se sintió, a manera de una tremenda avenida subterránea- una horrorosa tempestad. No era ya un movimiento de vaivén, sino impetuosos sacudimientos verticales, de arriba a abajo, los que hacían retemblar los edificios. Con ímpetu espantoso el cataclismo se manifestaba en sus más gigantescas proporciones. Las cúpulas de los templos, las elevadas torres sostenidas sobre columnas tan sólidas como una roca, eran sacudidas y eran llevadas ya a un lado, ya a otro, como una débil caña, y arrojaban al suelo trozos, lienzos enormes que caían sobre las casas mejor edificadas, se desplomaban, paredes enteras caían de un solo golpe por ambos lados de las calles... Los historiadores coinciden en afirmar que el terremoto del 13 de agosto
de 1868, fue uno de los más fuertes y destructivos sismos que ha
soportado Arequipa en toda su vida. ¿Cómo no si la tierra
tembló 8 minutos seguidos para después, seguir temblando
intermitentemente?
No obstante, como habría sido ya un signo acostumbrado y lo es hasta ahora, la población, en esas deplorables condiciones, se organizó, rescató de los escombros a un centenar y medio de muertos y, con la ayuda de la peonada chilena (con la que Meiggs había comenzado las construcciones ferrocarrileras), trabajó en la limpieza y reparación de calles y carreteras, en la reconstrucción. La de nunca acabar. El 15 de enero de 1958 y el 13 de enero de 1960 se produjeron otros sendos terremotos dejando terrible secuela. Pero, como bien lo sostiene el historiador arequipeño Juan Carpio Muñoz, "cuantas veces los terremotos han destruido Arequipa, el pueblo, con tenacidad y esfuerzo, lo ha vuelto a poner de pie". Hay otros characatos que han acuñado, al respecto, una frase más divertida: no hay mejor alcalde -dicen ellos- que un fuerte remezón. El 27 de marzo de 1958, por ejemplo, se promulgó la ley Nº 12972 que creó la Junta de Rehabilitación y Desarrollo de Arequipa. Su doble función, la rehabilitación de Arequipa y la de desarrollarla con tareas de promoción agraria, minera y demás, resultó en ese momento muy interesante. Hasta 1968, la JRDA tuvo autonomía de administración y gestión, y significó una gran avance para la ciudad pues, entre otras cosas, surgió el hoy casi inexistente Parque Industrial. El hecho es que actualmente, a casi dos meses del sismo del 23 de junio, que por cierto afectó también a Moquegua, Tacna y ciertas provincias de Ayacucho, Arequipa quiere renacer. Por lo tanto, es preciso saber cómo ha recibido la noticia de la formación de Ordesur por el Presidente de la República y es su alcalde Juan Manuel Guillén quien declara. No sin antes dejar bien sentado, para evitar dudas y murmuraciones, la cantidad de dinero y ayuda que ha llegado hasta el momento a la Blanca Ciudad. "Para enfrentar la emergencia -explica Guillén- la municipalidad ha tenido en efectivo, lo siguiente: Un aporte de Cervesur de 5 mil dólares que se utilizó para pagar a los trabajadores que se encargaron de levantar los escombros; una donación de los presos del penal de Socabaya de 1,900 soles (dejaron de comer un día), que ha sido destinado a los albergues infantiles; 1,300 dólares de la tienda comercial La Curacao cuyo destino está pendiente y, 30 mil dólares de la Unesco para los trabajos de limpieza y estabilización de la Catedral. Punto". En cuanto a las donaciones de víveres, frazadas, etc., Guillén asegura tener una relación detallada de los mismos y pide más bien se informe sobre el dinero y donaciones llegadas del extranjero. Respecto a Ordesur, el alcalde no se muestra muy conforme, pues éste debió nacer como un organismo descentralizado y autónomo y con la intervención de otras fuerzas de la ciudad. "Pero es perfectible", añade. De otro lado, la Superintendencia Nacional del Centro Histórico de Arequipa ha propuesto al municipio la creación de un organismo autónomo que se llamaría "Fondo de Rehabilitación del Centro Histórico y la Zona Monumental de Arequipa". Este, se abocaría a promover y ejecutar, en forma directa o a través de terceros, proyectos de inversión en el área a fin de contrarrestar los graves daños producidos por el último sismo. Esta propuesta tendría que convertirse en ley. El Congreso tiene la última palabra.
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