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Edición Nº 1683 |
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PISCO
Basta de hipocresías. Las pastas son chinas, volar es un sueño sin propietarios, y los líos de vecinos desaparecen al primer brindis. En ese contexto, qué mejor que el VI Festival y el VIII Concurso Nacional del Pisco para corroborar con simbólica cata los orígenes incuestionables del sofisticado licor. La invitación a celebrar uno de los últimos rincones de la peruanidad es este jueves 16 de agosto en el Museo de la Nación. Salud. PARA exponer la flor del secreto de la codiciada bebida espirituosa son necesarias unas precisiones. Partimos de que el pisco es peruano, incomparable con el blandengue aguardiente chileno que usurpa el nombre. Las razones para diferenciar ambos licores, todas cualitativas, son a su vez innumerables. Alcanzamos unas pocas: al pisco verdadero (peruano) no se le puede reducir la gradación alcohólica con agua, subirla con azúcar, ni pasarlo por madera (no se le debe acoñacar). Lo que usted bebe cuando inclina una copa del licor iqueño es exclusivamente "el producto obtenido de la destilación de caldos provenientes de la fermentación de jugos de uva pura". El aguardiente chileno, además de infringir tan selecto rigor,
utiliza exclusivamente uvas aromáticas, y carece de la peruanísima
uva quebranta, cuya estructura en boca conmueve al catador más
pintado. Así se entiende por qué la clasificación
que hacen los mapochos de su "pisco" es vertical, de acuerdo a la gradación
de alcohol (como si fuera un producto genérico), mientras que la
nuestra es horizontal, de acuerdo al tipo de uva que es utilizada. Nuestra
amplia variedad (pisco puro, aromático, acholado, mosto verde)
está refrendada, por si fuera poco, por más de 600 productores
a lo largo de los valles de la costa sur, la mayoría artesanales,
que ofrecen, así, una diversidad que no pueden ostentar, ni siquiera,
los productores de brandy, jerez o champán. Esta riqueza es incontrastable
con la chilena: ellos tienen dos empresas que producen el 95% de su mercado.
Una atenta mirada a la historia termina de zanjar un conflicto que no debe existir. El argumento geográfico es tan obvio como esencial: Pisco es un villa peruana, para mayores señas, el Inca Garcilaso da noticia de ella en 1609. Es más, la primera referencia al delicado néctar data de 1630 ("el aguardiente llamado pisco es un licor de los más exquisitos", Francisco López dixit). Finalmente, "pisco" es un palabra quechua que significa "avecilla". Contundente. Con menos, México logró hace poco que Sudáfrica dejara de producir tequila (las condiciones climáticas de ambos países son parecidas). Sin embargo, Chile arguye escuálidas razones para reclamar la
autoría, la más ridícula, la existencia de un pueblo
llamado "Pisco", que no es más que el poblado de "La Unión",
al que cambiaron de nombre en 1931 para utilizar la denominación
de origen. Lo cierto es que en 1879, en la Guerra del Pacífico,
los chilenos conocieron a fondo las virtudes de la bebida peruana, devastaron
los valles y bodegas en los que se producía, y decidieron hacer
un pisco propio. Entusiastas campañas de merchandising a nivel
internacional, así como una cuidadosa protección arancelaria
destinada a difundir el consumo masivo del aguardiente los han llevado
a poner en tela de juicio el origen de tan preciado licor. Además,
esta política les ha permitido tener una diferencia drástica
en cuanto a producción: 50 millones de litros anuales frente al
exiguo millón y medio que producen nuestras villas. En términos
cuantitativos estamos perdidos.
Es por eso que Johnny Schuler, presidente de la "Cofradía Nacional de Catadores del Perú, Caballeros Herederos de la Orden de don Francisco de Caravantes", plantea la solución que nos permitiría recobrar el mercado que históricamente nos corresponde. Hacer del pisco, a través de un cuidadoso proceso de márketing (elaboración de botellas, diseño de etiquetas, selecciones especiales, etc.), un producto de elite. Esta visión no sólo está corroborada por las innegables cualidades del pisco peruano, sino también porque es la única forma de competir con un producto posicionado en los mercados del mundo. Esta iniciativa debería estar acompañada por una política que promocione la estricta calidad del mismo, que pasa, en primer lugar, por eliminar los piscos adulterados. Según Schuler más del 60% de la producción nacional no respeta la categoría establecida en la denominación de origen. Lo que sucede hasta el momento, es justamente lo contrario. La evidencia más saltante se dio en enero del año pasado, cuando se gravó al pisco, junto a otras bebidas de alta gradación alcohólica, con más del 40% de impuestos. El rescate, por tanto, no debe ser simbólico, sino efectivo. Festivales y concursos no sólo deben servir como formas de enorgullecernos de nuestra tradición (la mayoría de ganadores de estos eventos suelen ser productores artesanales), sino también como puntos de quiebre que impulsen el desarrollo de la misma. El mundo espera. Hemingway, Kipling y más de 400 años de historia están con nosotros (JP).
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