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Edición Nº 1683 |
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Los No Contactados
SER multicultural no es una declaración de fe. Implica la idea de que un país está compuesto por varias naciones, como es el caso del Perú. Que si bien es primordialmente andino, también lo es criollo y amazónico. Y si bien amazónico; jíbaro, nahua y asháninka. Y etcétera. Los lineamientos de una política que comprenda la coexistencia de esta variedad de naciones en un mismo Estado es parte fundamental de la aceptación del "otro", un paso al entendimiento de la heterogeneidad como elemento constituyente de la identidad de país. El gobierno de Alejandro Toledo ha manifestado la voluntad política de reconocer esta diversidad. Adda Chuecas, directora del Centro Amazónico de Antropología
y Aplicación Práctica (CAAAP), asevera que la única
forma de llevar esta intención a la realidad es a través
de una reforma integral de la Constitución que permita que la noción
de multiculturalidad atraviese transversalmente a la misma. En hechos
esto implicaría, como mínimo: la cesión de territorio
a los indígenas, la educación bilingüe obligatoria
(y la implementación de la Universidad Nacional Intercultural de
la Amazonía), el reconocimiento de la administración de
justicia local (derecho consuetudinario) y, según Chuecas, la posibilidad
de una representación directa de la población amazónica
en el Congreso, esto es, cambiar el sistema de elecciones.
El antropólogo Luis Román, quien ha trabajado más de veinte años con grupos tribales, no considera necesario esta reforma electoral, manifiesta que lo que se debería impulsar es la organización y acceso a los cargos a través de los medios convencionales (ha sucedido con aguarunas en municipios del Cenepa, Marañón y Requena). Sin embargo, Román comparte la postura de garantizar la propiedad del territorio de los indígenas, pero señala que en vez de una cesión (la titulación fracciona los territorrios creando grupos rivales), se debería realizar una alianza estratégica en la que se declaren áreas naturales protegidas permitiéndosele a los nativos la extracción de lo necesario para su subsistencia. "La titulación no debe ser simbólica", finaliza, se debe garantizar el aprovechamiento del territorio y el acceso a los recursos del mismo (bosques, subsuelo, etc.). Sin embargo, si el problema es grave con las poblaciones indígenas
contactadas, el caso es mucho peor con las que se hallan en "aislamiento
voluntario". Ellas, al carecer de contacto con el sistema, se encuentran
desprotegidas en todo sentido: legal, territorial, y hasta inmunológico
(a comienzos de los '80, un grupo nahua entró en contacto con algunos
colonos, murió inmediatamente la mitad de la población).
Al no poderse determinar la cantidad de los mismos, su territorio exacto
(son transhumantes), ni las necesidades que tienen, el Estado se ve incapaz
de darle un tratamiento adecuado a tan compleja situación, lo que
se ahonda teniendo en cuenta las presiones de los extractores madereros,
mineros y de hidrocarburos, así como el escaso aparato estatal
destinado al tratamiento del problema: una oficina en el Ministerio de
la Mujer (?), la Setai. Sin embargo, el mal rato no sólo lo pasan
ellos: los continuos ataques a extractores o colonos (los flechan) son
síntoma de un conflicto en el que inevitablemente salen perdiendo
todas las partes (aunque mucho más los que ven amenazado su mundo).
La Federación Nativa del río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad)
pide la cesión a los indígenas de aproximadamente 2'400,000
has sólo en la zona de Madre de Dios; el Inrena, por el momento,
ha cedido más de 1'500,000 has. Las negociaciones continúan.
A diferencia de lo que sucede en Ecuador, Colombia y Brasil (por citar 3 ejemplos), Perú no tiene una ley para el indígena, lo que nos coloca a rápido cálculo de Luis Román en por lo menos 10 años de retraso. Esto no sólo significa poner en riesgo los conocimientos y la riqueza cultural que guardan las distintas etnias, sino que, sin dramatizar, implica su extinción: sólo entre 1950 y 1997 desaparecieron 11 grupos. Actualmente 18 se encuentran en peligro de extinción. La vida de ellas depende en mucho de la voluntad política del Gobierno, pero también de las instancias encargadas de salvaguardar por el bienestar de las mismas: federaciones de indígenas y ONGs. De este entendimiento penderá la posibilidad de que los "no contactados" no mueran. Tremenda responsabilidad. (JP).
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