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Edición Nº 1685 |
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El Reino de La Gran
Ballena
Escribe
MARTIN MUCHA El objetivo era ver ballenas. La meta era llegar a las 150 millas o más. Quizás alcanzar aguas internacionales. Un velero, el B.A.P. Marte, con una historia propia, era el encargado de todo el entuerto. El punto de partida era la Bahía de Paracas. El pequeño muelle tenía las lanchas amarradas. La ruta que pretendía ser sólo una travesía por mar, por problemas mecánicos causados por el temporal surgido en el primer día, terminó siendo un recorrido por las añejas sendas de los tiempos del guano, y la fauna que desaparece lentamente. Día I. Una Tormenta de viento, conocida por las antiguas
culturas de las costas de Ica como Paraca o "lluvia de arena" movía
y ensuciaba el Barco Armada Peruana Marte. El Tte. Primero Kurt Bottger,
al mando, izó velas. La avioneta T-41 sobrevolaba en círculos
sobre la nave. El mar desintegra los ímpetus. Comienza una noche
agitada. El mar demuestra su poder. Rumbo 290 grados. Temperatura del
agua de 14.3 grados. Cabalgando sobre el inicio del océano Pacífico,
el velero cabecea violentamente. El mareo. El barco tiene su propia historia
que es necesario contar. En los ochentas fue el barco de un narcotraficante.
Uno de estos tantos que era parte de la antigua elite del Huallaga. La
siguiente década sería -según fuertes rumores- el
encargado de pasear a Hiro Fujimori y a sus amigachos. También
se comenta que Kenji, Sashi y Keiko pasaron por popa. Los Fujimori reemplazaron
al narco y se apoderarían del Marte. Algo va mal. Avería
en el casco que obliga a regresar. Parte de la tripulación trabaja
para expulsar el agua que se apodera de la sentina de la embarcación.
Las olas de tres metros no asustan, pero sí agitan. Ya a varias
millas de la costa frente a Pisco, latitud 13.42 Sur y longitud 76.28.02
Oeste, Bottger decide el retorno. El casco aparentemente se ha dañado.
Los devaneos fujimoristas aún se sienten. Retorno a Pisco y llegada
a las once de la noche.
Día II. Diagnóstico. Seis semanas en el astillero mínimo. Cambio de planes. Hay que olvidarse de ver ballenas y decidirse por un recorrido más cercano. Luego de una serie de discusiones se deciden por recorrer la zona de Paracas y las Islas Chincha. Se inicia una expedición en kayac hacia la Reserva. La compañía: una familia de 6 delfines -Delphinus delphis- que corrían contra las olas. Las parihuanas se cuentan por cientos, como los chorlitos, aves distraídas y zancudas. Héroes de la naturaleza que parten desde cerca al níveo Círculo Polar Artico, donde Julio Medem cerró una película melancólica: Los amantes del Círculo Polar. Cada año, hasta que el mundo se acabe o ellos se extingan, harán escala en Paracas. Más de treinta mil kilómetros de ida y vuelta. Hasta cinco mil kilómetros sin escalas. Tres a cuatro días sin parar. El día transcurre con ellos. Cieza de León escribió antes de 1550, sobre las islas que se visitarían al día siguiente. Erróneamente relacionaba a la muerte con ese lugar, allí no existía nada valioso. Parte de esta historia, sus periodos y su vida están graficados con certeza por A Reappraisal Of Peruvian Archaeology, texto de la Society for American Archaeology. En ese libro de características magnánimas destaca espléndidamente un gráfico del guano que refleja la historia del lugar. Un enorme montículo de excremento de casi 45 metros puede describir los tiempos desde la época de piedra; pasando por los mochica, ya a los 20; los incas, a los 10; la era colonial, a los 5. Caca histórica.
Día III. En las Islas Chincha unas anclas oxidadas recuerdan. En 1865, la expedición científica española ocupó su territorio. Antes, los viejos pobladores del país honraron su suelo con ritos y ofrendas. Fueron tentación por el guano y parte del origen de una guerra. Gracias a la mierda de pájaro se construyeron la mayor cantidad de ferrocarriles y se pagó -con el Presidente Ramón Castilla- gran parte de la deuda externa. Ahora es sólo excremento que se desparrama orgánicamente por la isla. Saturnino Ipurre, lleva ofrendados quince casi la tercera parte de sus cuarenta y un años, a cuidar aves guaneras. Conoce la isla. Ha corrido tantas veces como sus piernas chuecas le han dado para alcanzar a los dinamiteros que espantan a las guaneras. Curiosa y efectiva forma de pescar que se ha hecho costumbre. El solo con su escopeta y sus remos -sin radio, ni teléfono- tratando de lidiar con barcos y personas. Y con la idea de acostarse solo. El eco de una explosión se siente en el aparato auditivo de un ave y la aturde, la aleja y no vuelve. Las gaviotas aprovechan y se llevan sus huevos. Los chupan en el aire o en la lejanía. Los pescadores no tienen autoridades que los vigilen. Las guaneras ya no cagan. Las guaneras ya no están. Por las explosiones y por su lenta extinción. Seis lobos chuscos -o de dos pelos por poro- nadan. Parecen dos boyas viejas y arrugadas con vellos, en tierra. En el agua danzan arrítmicas, atemporales. Día IV. Los piqueros anidan. Los guanayes se fueron. El B.A.P. Marte está a punto de partir a Lima. Las guaneras en picada atrapan peces. Algunas los parten en el aire. Gotitas de sangre que apenas se notan. Varias decenas de delfines juguetean alrededor. El alimento brinda esos momentos a costa de la muerte de otros. Cadena alimenticia le llaman. A seis millas de la línea costera la orilla no se ve.
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