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Edición Nº 1687 |
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EL siglo XXI se inicia con un evento tan nefasto, traumático y fantástico que ninguna novela de futurismo político o filme de ciencia-ficción jamás imaginó en todos sus extremos. De las entrañas oscuras del pasado, un puñado de fanáticos vinculado a concepciones bárbaras de la religión y de la vida ha sido capaz de causar en una mañana más muerte y destrucción en el corazón de los Estados Unidos que todos los ejércitos de la historia. Para ello ha tenido la habilidad de utilizar un instrumento de tecnología avanzada, pero lo ha hecho a punta de cuchillo y en forma suicida. Esta operación terrorista, celebrada en forma repugnante y pública en ciertos círculos islámicos, ha sido una agresión contra la sociedad civilizada en general, representada por esa variedad sobreviviente de razas y nacionalidades que apareció ensangrentada en las calles de Nueva York mientras todo el planeta seguía horrorizado los acontecimientos. Los conflictos religiosos que invocan razones ancestrales y argumentos que el tiempo ha convertido en absurdos siguen siendo parte de la vida contemporánea, y los peruanos sabemos que el terrorismo lo es también, pero este setiembre 11 del año 2001 cambiará muchas cosas. Las consideraciones de seguridad alterarán aspectos de la vida corriente y posiblemente afecten el respeto de los derechos humanos. Por otro lado, se comprenderá mejor que el poderío militar y económico es relativo en un mundo dividido tan dramáticamente entre naciones avanzadas y primitivas. Conciencia de este contraste la tiene la comunidad internacional desde la Segunda Guerra Mundial, pero hacia finales del siglo XX se impusieron tendencias capitalistas a su vez fundamentalistas que agravaron el problema. El mundo, sin embargo, sigue siendo uno, hoy más que nunca, y la globalización se expresa no sólo en las estrategias de empresas transnacionales y en bolsas entrelazadas que hoy caen simultáneamente, sino en la migración clandestina de millones de personas hacia los países ricos, y también, tan trágica, irónica y monstruosamente, en las ruinas de esos rascacielos que llevaban el nombre unitario de One World Trade Center.
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