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Edición Nº 1687 |
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Pearl Harbor Siglo XXI
LA agresión terrorista del martes último ha estremecido e indignado a la humanidad. El espectáculo de las dos torres gemelas del Centro Comercial Mundial de Nueva York viniéndose abajo parecía arrancado a una película de horror. Tan terrible es la desgracia, que en el momento en que cerramos estas líneas nadie se atreve a decir cuántos murieron allí. Una imprecisión del alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, resulta elocuente: "Aún no se puede trazar un balance de las muertes, pero se presume que la cifra puede ser escalofriante". Agregó el alcalde: "Será una cifra que nadie está preparado para soportar". PEOR QUE PEARL HARBOR Los pocos números que se conocen sacuden la conciencia: 300 bomberos desaparecidos y 50 policías muertos, en su afán de prestar ayuda a las víctimas. Además, 266 muertos en los aviones de pasajeros lanzados contra las torres de Nueva York y contra el Pentágono en Washington, y uno que misteriosamente cayó en Pittsburgh. Alguien calculó en Estados Unidos, la mañana de la tragedia, que había por lo menos diez mil muertos en las torres neoyorquinas. Se podría asegurar que son muchos más. Esto significa para Estados Unidos un golpe más destructivo de vidas que el que sufrió el 7 de diciembre de 1941 en Pearl Harbor, cuando prácticamente toda su flota naval fue destruida por un ataque sorpresivo. Seis portaaviones nipones, con 423 aeronaves a bordo, llevaron destrucción a las principales naves estadounidenses alineadas una tras otra. Sólo en el gran acorazado "Arizona" murieron 1,177 tripulantes. En total, las bajas fueron 2,469: 2,001 marinos, 69 infantes de Marina, 364 soldados y 35 civiles. Las muertes de las torres gemelas superan de lejos esas cifras. La dimensión de la tragedia se agranda si añadimos que sólo en el Pentágono, fortín del poder militar de Estados Unidos, hay 800 muertos. Allí trabajan alrededor de 24,000 personas. El Pearl Harbor de 1941 fue cometido por un Estado. Al día siguiente, el Presidente Franklin D. Roosevelt podía decir: "Ayer, 7 de diciembre de 1941, una fecha que quedará esculpida en la infamia, los Estados Unidos de América han sido atacados imprevista y deliberadamente por fuerzas aéreas y navales del imperio nipón." Esa vez, el enemigo se identificó a sí mismo. Ahora, está oculto en las sombras. A diferencia de Pearl Harbor, esta tragedia la ha visto el mundo entero en vivo y en directo. En tiempo real, como se suele decir. Un tiempo real, demasiado real. El Presidente Bush ha dicho que Estados Unidos no sólo va a castigar
a los terroristas, sino también a los países que les dan
refugio. Pero aún no se sabe cuál es el país que
se atrevería a fomentar un ataque tan feroz como el visto, y que
esté dispuesto a soportar una represalia mortífera.
Lo más probable es que se trate de un grupo fundamentalista. Diversos sectores del gobierno y de la prensa de Estados Unidos señalan a Ussama Ben Laden como el sospechoso número uno. Es un terrorista buscado por el FBI desde hace tiempo. Se desconoce su paradero, aunque se sospecha que se halla en Afganistán, refugiado entre los fanáticos talibanes. Y al cierre de esta edición, Afganistan dejaba entrever que podría extraditarlo, si era el caso, ante el tamaño de la represalia norteamericana. En todo caso, el operativo terrorista en Nueva York y Washington corrió a cargo de profesionales en esta clase de acciones. La precisión del pilotaje para derribar las torres gemelas indica un entrenamiento sólo facilitado por algún gobierno. Y por mucho dinero. La ironía es que el fundamentalismo de Afganistán fue apoyado por EE.UU. en la época de la Guerra Fría. No hay que olvidar, por otra parte, que Estados Unidos es el principal abastecedor de armas en el mundo, y que entre sus clientes figuran algunos de los sospechosos de albergar terroristas. REPERCUSIONES TERRIBLES El ataque del martes arroja una sombra siniestra sobre todo el panorama mundial. Muchos temen que empiece a cumplirse el pronóstico según el cual el siglo XXI será escenario de conflictos que apenas asomaban a finales del siglo XX. Y nadie hubiera podido prever que en el corazón de los negocios de Nueva York pudiera ocurrir algo que las encuestas de opinión estadounidenses ya califican como un acto de guerra. Algunos como el ministro de Economía, Pedro Pablo Kuczynski, consideran que éste puede ser el primer episodio de la Tercera Guerra Mundial. El arsenal está disponible. Bush ha buscado justificar su discutido proyecto de escudo antimisiles con la advertencia de que Irak o incluso Corea del Norte pueden significar un peligro nuclear. Hay otros países señalados como conflictivos: Afganistán, Libia, Irán, Irak, Sudán y Siria. Pero ahora resulta que esas amenazas reales o supuestas se ven superadas
por una acción que ningún servicio de inteligencia de Estados
Unidos había husmeado. El lunes último, horas antes de la
apocalíptica acción terrorista, el senador demócrata
Joseph Biden había preguntado cómo se descuidan medidas
de seguridad ante el "bioterrorismo" o frente a una amenaza de armas químicas
en favor de lo que se llamó la "fantasía" de un sistema
antimisiles, cuya factibilidad y confiabilidad no están comprobadas.
Un equipo de expertos en defensa, dirigido por Larry D. Welch, ex jefe de estado mayor de la Aviación estadounidense, reiteró hace poco que el costoso programa de Bush está encaminado al fracaso, por razones tecnológicas. En Europa Occidental se critica el programa como un intento de Bush por aislarse de sus socios occidentales, y dejarlos atrás. El proyecto de Bush ha conducido, además, a un reforzamiento de la amistad entre Moscú y Beijing. Pero la crítica más severa proviene de los hechos. Mientras el jefe de la Casa Blanca se empeña en crear un escudo o paraguas antimisiles, los terroristas desatan su rápida ola de terror, sin que nadie los pudiera detener. PERSPECTIVAS Aparte de las represalias que Washington anuncia, hay otras consecuencias que se ven venir. En el campo de la economía, no sólo la caída en las bolsas de valores o la parálisis de algunas economías desarrolladas. El golpe contra las torres gemelas de Nueva York ha diezmado directorios de grandes empresas, y probablemente archivos informáticos. Una de las proyecciones que empiezan a dibujarse es la referente a la seguridad en aviones o aeropuertos. Esto puede significar costos más altos para un sector ya en dificultades. El Apocalipsis sufrido por Estados Unidos ha sido visto por el mundo en tiempo real y nos ha hecho sentir que somos, en efecto, un solo mundo. O, mejor dicho, que deberíamos ser un solo mundo. Quizás esté haciendo falta una gran asamblea de países que, más allá de protocolos y órganos financieros multilaterales, ponga sobre la mesa un proyecto de paz, cooperación y lucha contra la pobreza, fuente de frustraciones y de odio. No será para mañana, pero hacia allá tendrá que dirigirse la humanidad si quiere evitar un Apocalipsis global, ahora o más tarde.
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