Edición Nº 1688

 

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    20 de setiembre de 2001
    Por AUGUSTO ELMORE

    SOLO quede comenzar esta página con una palabra que se escribe y significa lo mismo en español y en inglés: ¡HORROR! Y ya no cabe añadir nada más porque todo ha sido ya dicho no sólo en el Perú sino en todo el mundo, incluidos países tradicionalmente enemigos de los Estados Unidos, como Cuba y China. Solamente un ser tan perverso como Osama Bin Laden pudo felicitar a los suicidas autores del genocidio del martes 11. Merecerá por eso ser cazado como una rata, allí donde lo encuentren.

    Para quien esto escribe el trágico hecho tuvo la singular particularidad de hacerme constatar la realidad virtual de nuestro tiempo, porque el martes trágico, a las 8:30 de la mañana, hora de Miraflores, me senté ante la computadora para navegar en busca de las informaciones de diarios extranjeros como El País, de España, por ejemplo, cosa que acostumbro a hacer. ¡Y cuál fue mi aterrado y luego desconcertado asombro al leer esa mañana del martes en los titulares de ese diario impreso en España los hechos que, minutos después, cuando abandoné la computadora por el televisor en procura de la confirmación de la trágica noticia, de ver en la pantalla los hechos cuando recién estaban aconteciendo! Usted lo podrá comprobar buscando la página web de El País correspondiente al martes 11 y leyendo allí la noticia que recién pudieron publicar los diarios peruanos y sudamericanos del miércoles 12. Ese desafío a mi imaginación sirvió para si no atenuar al menos distraer en algo la magnitud de mi horror ante la tragedia americana.

    En un primer momento me entraron ganas de suspender hasta nuevo aviso esta página, tan grande fue mi conmoción ante los hechos, que ponen en entredicho al propio ser humano, desafiado y puesto en jaque por el fanatismo religioso. ¿Qué decir luego de lo sucedido? me pregunté, leyendo en los diversos diarios los mismos anonadados comentarios. Pero me he arriesgado a repetir lo que todos dicen: la condena de los seres pensantes del mundo entero, porque uno no puede quedarse callado, ni abismado. Lo sucedido equivale, en el término de apenas una hora, a una guerra mundial completa. El número de muertos -con ser tan alto- podrá ser menor que el que se produce en un conflicto mundial, pero la brutalidad en sí de atacar sin ambages a objetivos civiles (salvo quizá el Pentágono, que tantas culpas tiene en su haber) utilizando como arma aviones cargados de pasajeros inocentes, lo hace comparable a una guerra total e inmisericorde. Y peor, porque en una guerra se enfrentan dos enemigos, dos fuerzas armadas y en esta ocasión simplemente se ha asesinado con crueldad y salvajismo a seres desprotegidos.

    Tenía un párrafo dedicado, condenando, a los palestinos que CNN presenta como felicitándose por el genocidio ocurrido, pero he recibido por Internet (vía que a veces hay que poner en duda) la información de que esa empresa mundial de telecomunicaciones ha utilizado imágenes correspondientes a la celebración palestina ocurrida en 1991 por la invasión a Kuwait (por la que tampoco cabía entonces felicitación alguna, dicho sea de paso). De ser cierta, esa manipulación debería ser denunciada y condenada como un delito contra la fe pública a nivel mundial.

    Hace tiempo que pensé escribir sobre ello, pero creo que el 11 de setiembre empezó en el momento en que el movimiento Hamas cometió los primeros atentados que golpearon y finalmente dieron muerte al convenio de paz en el Cercano Oriente. Un solo movimiento perverso destruyó lo que con tanta paciencia y voluntad de diálogo habían construido Isaac Rabin y Yasser Arafat. Luego, el asesinato de ese extraordinario hombre que fue Rabin, cometido por un extremista israelí, dejó desguarnecido e indefenso el camino de la paz, a merced del terrorismo palestino y de la inflexibilidad casi siniestra de un Sharon. Las cosas después de ello se han precipitado y han devenido en el monstruoso crimen del 11 de setiembre. Lo más lamentable es que, hoy domingo que pergeño estas líneas, nadie sabe qué pasará en los próximos días, qué hecatombe ocurrirá, ahora que los militares norteamericanos posiblemente tengan la sartén por el mango. Y el dedo en el gatillo o el disparador.

    Haciendo un paréntesis: Ayer sábado, a la hora del almuerzo, aunque parezca transgredir las leyes de la vida y de la realidad, vino Manolo Moreyra a almorzar a mi casa, trayendo consigo un poco de paz para el espíritu. Su alma grande vino a casa mientras almorzábamos escuchando "El Romanticismo, Vol. II", el segundo CD de "Música Clásica Peruana", que fuera editado por él en iniciativa generosa y singular. Porque fue gracias a Manuel Moreyra Loredo, a quien lamentablemente no llegué a frecuentar, que se rescató en un CD la música de Luis Duncker Lavalle, Federico Gerdes, Claudio Rebagliati y José María Valle Riestra, compositores peruanos hasta entonces casi olvidados, interpretados por el pianista peruano Alberto Ureta. Los mansos ríos de su música romántica surcaron el comedor de mi casa en este sábado último, debido a él. ¡Gracias, Manolo, por la música!

    La semana pasada ocurrió un hecho que podríamos calificar casi como histórico: la primera página del suplemento deportivo de "El Comercio" estuvo dedicada no a uno de los tantos fracasos del fútbol peruano de los que suele ocuparse con ahínco, sino a Valeria Silva, ganadora de cinco medallas de oro en los Juegos Bolivarianos, en los que el Perú ha obtenido también diversas preseas en vóleibol, karate y otras disciplinas deportivas. Se me ha dicho que los Juegos Bolivarianos no son nada, pero los triunfos, cualesquiera sean, para un país que ejerce hace rato de perdedor, sí que merecen primeras páginas. Y, además, aplausos.

    Un lector dice que yo siento odio por Alan García. Pues no es así, compañero. Lo que pasa es que hace tiempo me pregunto cómo un hombre que arruinó a su país y que no tiene trabajo estable puede tener tanta habilidad inmobiliaria como para haber logrado una mansión en Monterrico, casa de playa en Naplo y, ahora, un departamentazo en la mejor zona de París. No lo odio, sino todo lo contrario: lo envidio. Con sana envidia, por supuesto (¿a quién no le va a gustar vivir en París en un departamento chic?).

     


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