Edición Nº 1688

 

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    MAL MENOR
    20 de setiembre de 2001

    Por JAIME BEDOYA

    El Diente Del Presidente

    EL mundo se encuentra al borde de una posible Tercera Guerra Mundial. El país, relegada la prioridad de su problemática en este dramático escenario mundial, continúa empozando expectativas en una recién recuperada democracia. ¿Qué hace mientras tanto nuestro vigésimo segundo presidente constitucional? En una palabra: trabaja. Y aunque no lo parezca lo hace hasta cuando se alimenta, robándole horas preciosas al refrigerio. Felizmente, al menos en lo que al tema de la nutrición se refiere, este gobierno ha empezado su mandato con el pie derecho. En sus escasos y merecidos momentos de ocio, nuestro Presidente come, come y come en los mejores restaurantes de la ciudad1.

    Pero no nos equivoquemos. La envidia es frívola consejera y podría hacernos naufragar en lo epidérmico de esta rutina culinaria oficial. El fundamentalismo gastronómico del Primer Mandatario sólo debiera recibir de nosotros un sonoro y contundente ¡gracias! No come por él, come por todos. Porque así como lo que simpáticamente él denomina su cacharro es razón importante y símbolo trascendente de una reivindicación étnica nacional, su sibaritismo indetenible es asimismo realización colectiva a través del buen comer personal, conjugándose lo individual con lo nacional en un solo acto de masticación, deglución y digestión a nombre de la ciudadanía.

    El Presidente tiene todo el derecho a comer bien. Especialmente teniendo en cuenta su compromiso personal repetido una y mil veces a lo largo de la campaña: La lucha frontal contra la extrema pobreza. Esta batalla tiene mil trincheras, una de ellas es la lucha contra el empacho. La democracia hace la magia: Cada aterciopelado bocado del cochinillo lechal de La Huaca que acaricia su paladar y baja cosquilleante hacia su estómago, reverbera imaginariamente en el colon de su elector que acaba de empujarse un combinado2 de la Plaza Dos de Mayo. El sorbo de Marqués de Riscal elegido primorosamente de la preciada cava de La Trattoria se hermana con el emoliente a setenta centavos vaso de la Plaza Grau. La Canilla de Cordero con Arroz Morado de La Cofradía es y no es el tallarín tres colores3 de Paruro. Esas deliciosas crepes de chocolate sobre una compota de albaricoques y hierba luisa, espuma dulce del Astrid & Gastón, se metamorfosea imaginariamente en los churros dinamita que hacen del Jirón de la Unión calle principal de la repostería tercermundista. Y así sucesivamente, entregando desinteresadamente algo tan personal como el píloro en tan trabajoso proceso a favor de las masas.

    Inclusive podría decirse que vivir en esta constante tournée gastronómica es una obligación del Presidente. Así como ingeniosamente señalaba al día siguiente de su espléndida inauguración en Machu Picchu que ya empezaba a cumplir su promesa electoral de "más trabajo", pues los hoteles de Cusco estaban absolutamente repletos (sic), algo similar podría concluirse ahora. ¿Acaso no se ha hecho bastante más difícil conseguir una mesa en el Rafael? Esto no es cualquier gula, sino decidido apoyo al empresariado nacional. Tamaño compromiso tiene un aspecto ético. Cualquier compatriota que reciba como sueldo 18 mil dólares al mes tiene una obligación moral de redistribuir voluntariamente una fracción de éste en su suelo patrio: El presidente cuenta con 4, 500 dólares a la semana para invertirlos en sus necesidades, que por cierto no son ni casa, ni auto, ni seguridad. Inmensa generosidad le hace devolver gruesa parte de ese dinero bien ganado a quien en primera instancia se lo entregó: el contribuyente. Ya sea encarnado en cocinero, mozo o restaurantero audaz que desafía a mano limpia la recesión, enfrentándose en desigual lucha contra la MacHuevo y demás adalides de la comida chatarra.

    Por cierto, nunca falta la emulación equívoca. Este travieso sobrino Coqui, apenas una criatura que frisa los 32 años, cree que frecuentar el Mr Froggs es un equivalente juvenil de la difícil labor presidencial. Pasa por alto el hecho que estando tal local vinculado al primer vicepresidente de la República, el efecto no es el mismo. Interesante sería en cambio que adoptara como nuevo escenario de sus palomilladas El Pollón o el Tequila, por citar dos lugares de sano esparcimiento que hasta donde se sabe sus dueños no tienen relación alguna con Perú Posible.

    Lo mismo sucede de manera agravada (pues se trata de nada menos que de un ex candidato presidencial), con el único pero bochornoso episodio protagonizado por Ciro Gálvez cuando se apareció borracho en una terminal terrestre queriendo abordar un bus interprovincial a pistolazo limpio. Una cosa es elevar la voz aludiendo a temas de índole nacional entre un chianti y el atún aleta amarilla con mango y pepino del Tai. Otra completamente distinta es dar de manazos en una mesa del Tobara tirando al suelo el medio sanguche de jamón del norte que el secretario de juventudes de Renovación Andina, entre discreto erupto, había reservado respetuosamente para su jefe.

    Son tiempos difíciles, de guerra y de barbarie. Y el valor del gesto jamás debiera ser subestimado. La lucha frontal contra la pobreza no sólo es misión y promesa, es metáfora. Basta de materialismos banales y resentimientos enfermizos. Dejémonos guiar por el infatigable diente presidencial hacia el rescate de ese sabio axioma nacional que partiendo del contundente yo chupo y tú te emborrachas, enseña a alegrarse y satisfacerse del logro ajeno como realización colectiva.4

    _____________
    1 En los primeros 50 días de gobierno, el Presidente ha comido en los siguientes restaurantes de primera categoría: Rafael, La Cofradía, La Granja Azul, Tai, La Huaca, O Mei, Costanera 700, La Trattoria, La Gloria, La Carreta, Chifa Royal, s.e.u.o. Esto supone un promedio aproximado de 1.5 restaurantes por semana. Proyectando estos guarismos, al año de gobierno se espera que haya comido 72 veces en restaurantes. Para esta contabilidad se han omitido otros locales, tales como aquellos donde confraterniza con las bases de su partido, i.e.: Las Brisas del Titicaca.
    2 Tallarín, ocopa y cebiche.
    3 Verde, rojo y chino.
    4 Para que el país cambie, sólo falta que cambiemos nosotros.


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