Edición Nº 1689

 

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    27 de setiembre de 2001

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Mitos, Hija, Mitos

    BUENO hija, como tú sabes -si es que no has sido un poco pobre y pudiste hacer Letras en La Católica- o sea, todo lo que está pasando ahorita en el mundo ya lo habíamos descrito algunos académicos bajo la categoría de "guerra entre civilizaciones", ¿ya?, que se parece un poco a lo que ocurre en tu casa cuando un día la muchacha mete al enamorado a dormir y al día siguiente tú bajas a despertarla y te encuentras con un jardinero calato en la lavandería y ahí la única forma de resolver el conflicto es por la vía del enfrentamiento, primero cultural ("¡Oiga, vaise para fuera"!) y luego, pucha, defensiva: le sueltas a los Rottweiler. Yo sé que tú me entiendes.

    Bueno, esto de la "guerra entre civilizaciones" lo que produce es que, hija, mientras Occidente se hace más Occidente cada minuto, o sea, los otros mundos se hacen más otros mundos también cada minuto y en cualquier momento nos vamos todos a la misma mierda, disculpando siempre la franqueza. Uno de los típicos pero típicos productos de la involución cultural no occidental lo tenemos acá, bien sentado en Palacio, porque como ya te habrás dado cuenta, pucha, Pachi Toledo no es en realidad un ser humano de carne (oscurona) y hueso (flacuchento) sino un mito, y te lo voy a demostrar.

    Un mito súper andino es cuando la gente ve a un mismo personaje a la misma vez en varios lugares, ¿ya? Bueno, para la oreja en Lima y vas a escuchar que, por ejemplo, el martes pasado en la noche Maripí se lo encontró en La Gloria, Mariló en La Huaca, Maritú en Rafael, Maribé en Le Bistrot, Marimí en Voltaire y hasta Mariafé (que se está volviendo medio cholona la pobre), en El Pueblo.

    Pero eso no es todo: parte del asunto es que hija, al mito lo ven haciendo cosas que el común de los mortales no hace, como por ejemplo, pucha, levantarse de la mesa en El Pueblo (en una curda de ésas que se meten ellos en los cortamontes), salir al jardín, pararse contra el árbol, sacar la joya de la familia y ponerse a hacer pila silbando entre dientes como sólo ellos saben hacerlo, así: tststssssstssstssstsss. Te lo juro que cuando me lo contaron casi me vuelve la tos ferina sólo de imaginármelo idéntico a Juan Vilca Carranza, con un gancho de tender ropa prendido de la basta del pantalón y un radio pegado a la oreja, monsieur le President: full mito.

    El asunto, hija, va más allá, porque así como los personajes míticos de la cultura inca (que es regia cuando la lees en National Geographics pero a mí ya la verdad me está llegando al chopin porque en la modernidad son lentísimos para sumar), bueno, ellos acostumbraban a tomar alucinógenos para comunicarse con sus momias y todo eso, pucha, Pachi también hace lo propio pero con Chivas, con Ballantines Blue o, a lo máximo, con Johnnie Walker etiqueta negra, así había resultado de mítico el hombre. Ahora, que la mesura no es virtud de los mitos, eso se sabe desde Homero aunque claro, o sea, siempre hay que consignar las diferencias entre un Patroclo rebosante de vino y sensualidad en medio de un olivar de Itaca y un Pachi piernicorto, con el saco que le queda como vestido de marioneta de fiesta infantil sectores C/D, haciendo zig zags entre las mesas de La Trattoria (a Anichó Chopitea le derramó de un codazo el champán sobre el vestido), ¿no te parece?

    Bueno, en esa línea de traspasar las puertas de la percepción también se escuchan en Lima relatos míticos súper paradigmáticos, no sabes. Para empezar, pucha, el mito nunca empieza el ritual de cero, no, siempre llega ya zampado a los restaurantes. Mariló lo encontró entrando a La Huaca en tal estado de exaltación espiritual que, pucha, ella que no ve bien pensó que se había escapado el viringo del adoratorio del costado; la pobre salió corriendo y hasta ahora no la encontramos, qué pena. Pero bueno, pucha, Maritú lo ha visto en Rafael tomando cerveza de un solo vaso con sus ministros, con todo y pago a la tierra y me contó que cuando le tocó el turno a Diego, pucha, éste puso tal cara de qué chucha hago acá, que Lynch se dio cuenta y le susurró al oído, "no te hagas el huevón que cuando estábamos en el partido sólo chupábamos así".

    En fin, hija, Maritú lo ha visto en Voltaire -a la misma hora en que Anidí Díaz Ufano se lo encontraba en Tai-, pucha, que parecía programa folclórico del Canal 7, mientras Pocotón de la Puente y Toffee Vanginhoven se dieron de bruces con él en una discoteca medio putifar de la parte lorcha de San Isidro.

    Toda esta descripción antropológica viene a cuento porque no te debe sorprender que estos mitos recrudezcan en los próximos días: así son los conflictos entre civilizaciones. Por eso yo creo que cuando todo esto tan terrible acabe, pucha, la ONU debería hacer firmar un papel a los países llenos de gente, en fin, tipo traspatio, en el que se comprometen a no andarse soliviantando porque ensucian todo y al final no ganan nada, pobres. Bueno, ¿te gustó? Chau, chau.

    (Rafo León).


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