Edición Nº 1690


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    Concurso Cartas de Amor

    4 de octubre de 2001

     

    Otras Cartas Seleccionadas

     

    Corina mía:

    Te escribo desde Saint-George, para decirte lo bien que se siente cuando impregnas de ti toda esta celda. Agradezco tu constancia de amor, la vigilia incesante de nuestros sueños. Tráemelos.

    Ven pronto, cielo junto al cielo, para reposar mis manos en tus senos, hurgar tus orígenes, tus cauces, tu geografía toda. Quiero sentir tu cuerpo, piedra candente, conductor de espasmos, para aullar silencioso, desde la lujuria ancestral hasta mi ser elemental.

    Te agradezco que vengas. Pese a esta orfandad de monedas, o a que ando entre las nubes. A pesar de todos los pesares, gracias, mujer, por ayudarme, aunque vague en la luna, misio entre los misios, dialogando con Caissa, o soñando que algún día el peón será rey.

    Ya volveré a tu lado, y podremos vivir un día nuevo. Sin más bajar la cabeza, o que tengan que regalarte agua, o que empeñes la licuadora. Sin que mi hijo le pida a su hermano "juguemos a que eres mi papá.

    Escribiéndote, duermo, compañera, seguro que al amanecer gozaremos el resto de esta lucha, velando por nuestros sueños. hasta dar con nuestros huesos en la tierra. Ven pronto, cielo junto al cielo. Esperándote amaré el porvenir. El Porvenir que yo veo en tus ojos, que conozco en tus manos, que es eternidad en tu lucha de madre, verso en tu cuerpo, vida, amor, vida, vida.

     

     

     

    Sólo queria decirte que ya no pienso en ti. Tu recuerdo ha dejado de rondarme. Me costó, pero después de estos incontables 7 meses y otros días, puedo decir que te he olvidado. Finalmente estás en el último cajón de mi memoria. No, en realidad ya ni siquiera estás. Por eso te escribo, porque ahora puedo, con certeza, despedimme de tu imagen, tu cuerpo, tu tacto lento y preciso. Y de tu perfume, que también ha desaparecido. No más olor a almendras y sexo en la almohada tibia. No más juegos escondidos de tus dedos en puntitas sobre mis plantas tímidas. Fuera tus quejidos dormidos al compás del despertador. Todos esos monstruos ya se han ido (excepto tus zapatillas de levantar, que todavía me acechan desde debajo de la cama). Ni siquiera he vuelto a ver tus fotos. Estuve a punto de quemarlas todas en un arranque de ira después de que saliste, pero hubiera sido inútil porque igual estabas por todos lados. Ahora que no queda nada de ti, me doy cuenta de todo lo que fuiste.

    ¿Sabes quién te recuerda? Solo la silla de madera donde colgabas tus medias de colores, el jean, la chompa y la bufanda, cada noche después de llegar de trabajar. Dice que tiene la espalda fría, que una terrible corriente de aire le corla los huesos de madera clara. La entiendo. Yo también extrañaba el paisaje de tu ropa llenando esta casa, ahora vacía. Pero eso era antes, ahí cuando aún eras alguien.

    Hoy, en cambio, agradezco tu ausencia. No sólo en casa, sino aquí dentro, donde más espacio ocupabas. Porque yo te llevaba inyectada en las venas. Había una especie de motor que revoloteaba mi sangre cada vez que aparecías. Yo era un mar y tú mi luna, controlando cada aceleración del pulso, hervidero en la carne o cosquilleo en las piemas. Y luego todo fue quietud -un inmenso tormento primero, furia tras tu palabra inescrupulosa. Pero ya llegó la calma a este cuerpo cansado, que ahora sólo espera.

    No tu regreso, por supuesto, sino al contrario, la confimmación de que te has ido. Existen todavia ciertas provincias rebeldes que aún responden a tu influencia, pero poco a poco, han cedido a mi deseo de olvidarte -miedo de olvidarte, necesidad de olvidarte- y lo han logrado. Tenías que saberlo. Para que ya no te preocupes por mi ni pienses que en el fondo, te sigo llamando. Eso es lo que piensas ¿no? Que todavia no me deshago de tu sombra y que a cada tanto lloro por no tenerte cerca. Sé que lo piensas, que crees que aún no te dejo y mi corazón sigue latiendo, aunque sea un poquito, por ti. O que ando preguntando a los amigos comunes si alguien te ha visto, o que todavia me tiemblan las piernas y el alma - más lo segundo que lo primero- cuando escucho a alguien decir tu nombre. Sé que lo piensas. Entonces, lamento informarte que te equivocas, como pocas veces lo has hecho. (Cómo te gustaba defender tus ideas, amarrarías a tus dedos, dibujarias en el aire y hacer que todos cayéramos en ellas. Terca, ciega, impetuosa, te aferrabas a un concepto caprichoso y eso era todo. No había más salida, tenias la razón). Y asi fue como desapareciste, con dos maletas de ropa en las manos y un "no te quiero" tatuado en la boca. Dime ¿quién te dio el derecho de amputarme? ¿Quién carajos el poder de hacerme añicos? Yo enmudecí, mutilado, mientras te veía marcharte. Recogí con pinzas los escombros que dejaste, y fui armando lentamente a la persona que era antes. Hoy me reconozco intacto, con tus huellas en la espalda, los ojos y en mi cabeza loca, pero nuevamente entero. He recobrado la voz que esa noche te llevaste y ahora puedo decirte, con todas las letras, lo que no te dije antes. Hoy ya no te pienso, no te siento, no te escribo; sólo para contarte que ni estas líneas te mereces.

    Hoy ya no existes, ya lo sabes, ya lo he dicho.

    Hoy, yo tampoco.

    Ya no te quiero.

     



     

    Amor. Quiero mandarte una carta asi, continua. Quiero que la leas mil veces. Quiero besarte los ojos cada noche. Quiero que caminemos juntos. Quiero mostrarte un cuento que escribí. Quiero cuidalte la tos. Quiero apoyarte la cara en el pecho. Quiero que me abraces. Quiero chuparte las orejas. Quiero que no me olvides. Quiero bañarte. Quiero que tomemos café. Quiero que estés desnudo. Quiero hacerte reir y que lloremos. Quiero usar tu pasta de dientes. Quiero tocarte. Quiero solucionarte las manos y la boca. Quiero dormir en la habitación 32. Quiero prepararte la comida. Quiero hundir mi nariz en tu barba. Quiero ver el humo de tu cigarro. Quiero ponerte las medias a la maiiana. Quiero hacer todo más veces. Quiero que me toques. Quiero meterme en tu cama. Quiero que me quieras. Quiero ser valiente pero necesitarte. Quiero que me extrañes. Quiero ponerte el dedo en la boca. Quiero que todos estos quiero se sumen. Quiero sentir tu olor y tenerlo. Quiero esperalte. Quiero que no me olvides. Quiero que tengamos un hijo. Quiero aprender tu idioma y escucharte. Quiero gustarte. Quiero acompañarte. Quiero tenerte confianza. Quiero pensalte antes de dormir. Quiero que no vengas para recordarte. Quiero que vengas para tenerte. Quiero tu camisa. Quiero que no me avises antes de irte. Quiero que me hagas carinos. Quiero que me calientes los pies. Quiero que hablemos de un futuro. Te quiero.

     



     

    Dulce amigo:

    Escribirle esta carta no me es fácil. Años han transcurrido para atreverme a hacerlo. Timidez, cobardía, pudor, miedo a su juicio?. Usted vino hasta mí con maneras amables, con palabras sonoras y gentiles, como el rocío que humedece la flor por la mañana sin que la flor lo pida. Después fue usted garúa que llevó sus dulzuras a las hojas y al tallo y es, ahora, lluvia a mansalva que penetra hasta el bulbo soterrado. Me encuentro frente a usted desnuda de alma y cuerpo, alienada de espíritu y de entrañas. Soy posesa de usted, de su voz grave, de su delizadeza de poeta y de su fuerza de fauno prodigioso. Pero mi voluntad no alcanza para librarme de usted, si acaso eso quisiera. Por usted, para usted, he depuesto mi corola y mi estambre, mis raíces. Usted, sin sospecharlo, ha tornado a los hombres que pueblan mi pequeño planeta, mi mundo limitado, en hombrecillos torpes, sin brillo, sin encanto. Qué puedo hacer, poeta? Yo no quiero que nadie me rescate de usted, pero a ratos me pesa el cautiverio. No imploro su agua, pero la bendigo cada vez que moja mis cabellos. No rezo por usted, pero agradezco a Dios que usted exista. No lloro por usted, pero mi vida toda es casi un llanto.

    Compréndame, poeta. Quiero ser su cebolla -redonda rosa de agua, luminosa redoma-, su caldillo de congrio -grávido y suculento, de fragancia iracunda. Ojalá que mis ojos fueran color de luna, de día con arcilla, para que usted me ame. Qué cosa no dana porque una tarde tibia viniera usted a tomar lo que le pertenece: mi corazón, mi bulbo, mis estambres. Las puertas de mi casa, las ventanas, están abiertas de par en par para que las traspase. Mi lécho de doncella no tiene pesados edredones ni frazadas de lana, sólo lienzos de lino para que para que usted descubra, para que usted me cubra. No me importa que sea usted duro de nariz, mínimo de ojos o creciente de abdomen: venga a vivir en mi alma, un siglo, diez minutos. Nada habrá de amarramos -yo conozco su fama de andariego, ni nadie habrá de vernos tomados de la mano cn mi precario puente de madera. No pongo condiciones, capitulo. Tenga piedad de mí!

    Matilde

     



     

    Angie, Discúlpame si no tengo Porsche pero igual te quiero. Hoy no tengo ganas de usar el wetsuit que me regalaste para que haga juego con mi tabla. Y te advierto que no masques chiclets Adams, ya no Halls ni me insistas en tu ajuar de lujo. No Angie, tampoco uso Reebok ni tennis shoes como los llamas. Sí, eso sí, te extraño cuando vas a la discoteque, ¡locaza! y me quedo pensalldo de donde sacar plata para comprar el collar zafiro que te prometí, tú dices que use mi Dinners. ¡Ay Angie! Te mentí sonsita, ¡mi loquita!. Te adoro pero me falta estilo, garbo, cliché. Tal vez no estoy seguro de ser surfer ni de tomar strawberry juice. Sólo sé que en las noches las estrellas se irritan a tu lado, aunque tú escojas el cine Pacífico y luego Miraflores, y yo piense chicha nomás, medio pasaje tú ganas y salgo temprano de plaza Grau a tomar mi micro. Pero a tu lado me siento como un pato en el charco del amor.

    P.D: Querida Angie, tengo miedo que leas esta carta, Mi amadísima Angie Marilyn Quispe Huaraca (Gomo consta en tu acta de bautizo).

    Walter.

     




    Demetrio José Amazonas

    Amada mía:

    Ayer, me quedé callado. Las personas que te rodeaban, sin medir sus impertinencias, me cerraron el paso.

    Perdona la franqueza: no es suficiente amarse en silencio. Necesito, sin aplazamientos, habitar tus entrañas. Quiero con todas mis ganas poblar tu intacto vientre y plantar, triunfante, mi bandera.

    Esta noche iré por ti, bien mío, y con todos mis atavíos cruzaré mis venas con las tuyas e inflamaré tu barro con mi barro. Esta noche seré un dios o por lo menos un alquimista, porque transmutaré mis metales, produciendo vida en tu vida para trascender

    Y te llevaré a mi mundo, donde el Sol nunca duerme y permanece todo el tiempo bombeando mi corazón silvestre; donde los suelos regados de humedad abrigan a la vida y sus flores regalan su aroma y su color sin disputarse preferencias. Ellas, nunca competirán contigo, porque tú eres lo mejor de la naturaleza. Allí nacerá el hijo de tu profundidad, sembrada con mis maíces.

    Y compartiremos el pan en familia, con nuestra tribu de gigantes en el amor y la equidad, que aún no se ha contaminado con la modernidad.

    Si para ti es bueno este ofrecimiento, la noche de hoy, bendecirá nuestra unión, no importa a la hora que llegue -cuanto más tarde- más tibia estará tu cama y más candente tu seno. No te preocupes por las dificultades -cuanto mayores- más ansias tendré de llegar y más elevada será tu impaciencia por abrasarme. Te amo.

     






     

     

     


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