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Concurso
Cartas de Amor
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4
de octubre de 2001 |
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Cartas Seleccionadas
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Corina mía:
Te escribo
desde Saint-George, para decirte lo bien que se siente cuando impregnas
de ti toda esta celda. Agradezco tu constancia de amor, la vigilia
incesante de nuestros sueños. Tráemelos.
Ven pronto,
cielo junto al cielo, para reposar mis manos en tus senos, hurgar
tus orígenes, tus cauces, tu geografía toda. Quiero
sentir tu cuerpo, piedra candente, conductor de espasmos, para aullar
silencioso, desde la lujuria ancestral hasta mi ser elemental.
Te agradezco
que vengas. Pese a esta orfandad de monedas, o a que ando entre
las nubes. A pesar de todos los pesares, gracias, mujer, por ayudarme,
aunque vague en la luna, misio entre los misios, dialogando con
Caissa, o soñando que algún día el peón
será rey.
Ya volveré
a tu lado, y podremos vivir un día nuevo. Sin más
bajar la cabeza, o que tengan que regalarte agua, o que empeñes
la licuadora. Sin que mi hijo le pida a su hermano "juguemos a que
eres mi papá.
Escribiéndote,
duermo, compañera, seguro que al amanecer gozaremos el resto
de esta lucha, velando por nuestros sueños. hasta dar con
nuestros huesos en la tierra. Ven pronto, cielo junto al cielo.
Esperándote amaré el porvenir. El Porvenir que yo
veo en tus ojos, que conozco en tus manos, que es eternidad en tu
lucha de madre, verso en tu cuerpo, vida, amor, vida, vida.
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Sólo
queria decirte que ya no pienso en ti. Tu recuerdo ha dejado de
rondarme. Me costó, pero después de estos incontables
7 meses y otros días, puedo decir que te he olvidado. Finalmente
estás en el último cajón de mi memoria. No,
en realidad ya ni siquiera estás. Por eso te escribo, porque
ahora puedo, con certeza, despedimme de tu imagen, tu cuerpo, tu
tacto lento y preciso. Y de tu perfume, que también ha desaparecido.
No más olor a almendras y sexo en la almohada tibia. No más
juegos escondidos de tus dedos en puntitas sobre mis plantas tímidas.
Fuera tus quejidos dormidos al compás del despertador. Todos
esos monstruos ya se han ido (excepto tus zapatillas de levantar,
que todavía me acechan desde debajo de la cama). Ni siquiera
he vuelto a ver tus fotos. Estuve a punto de quemarlas todas en
un arranque de ira después de que saliste, pero hubiera sido
inútil porque igual estabas por todos lados. Ahora que no
queda nada de ti, me doy cuenta de todo lo que fuiste.
¿Sabes
quién te recuerda? Solo la silla de madera donde colgabas
tus medias de colores, el jean, la chompa y la bufanda, cada noche
después de llegar de trabajar. Dice que tiene la espalda
fría, que una terrible corriente de aire le corla los huesos
de madera clara. La entiendo. Yo también extrañaba
el paisaje de tu ropa llenando esta casa, ahora vacía. Pero
eso era antes, ahí cuando aún eras alguien.
Hoy, en cambio,
agradezco tu ausencia. No sólo en casa, sino aquí
dentro, donde más espacio ocupabas. Porque yo te llevaba
inyectada en las venas. Había una especie de motor que revoloteaba
mi sangre cada vez que aparecías. Yo era un mar y tú
mi luna, controlando cada aceleración del pulso, hervidero
en la carne o cosquilleo en las piemas. Y luego todo fue quietud
-un inmenso tormento primero, furia tras tu palabra inescrupulosa.
Pero ya llegó la calma a este cuerpo cansado, que ahora sólo
espera.
No tu regreso,
por supuesto, sino al contrario, la confimmación de que te
has ido. Existen todavia ciertas provincias rebeldes que aún
responden a tu influencia, pero poco a poco, han cedido a mi deseo
de olvidarte -miedo de olvidarte, necesidad de olvidarte- y lo han
logrado. Tenías que saberlo. Para que ya no te preocupes
por mi ni pienses que en el fondo, te sigo llamando. Eso es lo que
piensas ¿no? Que todavia no me deshago de tu sombra y que
a cada tanto lloro por no tenerte cerca. Sé que lo piensas,
que crees que aún no te dejo y mi corazón sigue latiendo,
aunque sea un poquito, por ti. O que ando preguntando a los amigos
comunes si alguien te ha visto, o que todavia me tiemblan las piernas
y el alma - más lo segundo que lo primero- cuando escucho
a alguien decir tu nombre. Sé que lo piensas. Entonces, lamento
informarte que te equivocas, como pocas veces lo has hecho. (Cómo
te gustaba defender tus ideas, amarrarías a tus dedos, dibujarias
en el aire y hacer que todos cayéramos en ellas. Terca, ciega,
impetuosa, te aferrabas a un concepto caprichoso y eso era todo.
No había más salida, tenias la razón). Y asi
fue como desapareciste, con dos maletas de ropa en las manos y un
"no te quiero" tatuado en la boca. Dime ¿quién te
dio el derecho de amputarme? ¿Quién carajos el poder
de hacerme añicos? Yo enmudecí, mutilado, mientras
te veía marcharte. Recogí con pinzas los escombros
que dejaste, y fui armando lentamente a la persona que era antes.
Hoy me reconozco intacto, con tus huellas en la espalda, los ojos
y en mi cabeza loca, pero nuevamente entero. He recobrado la voz
que esa noche te llevaste y ahora puedo decirte, con todas las letras,
lo que no te dije antes. Hoy ya no te pienso, no te siento, no te
escribo; sólo para contarte que ni estas líneas te
mereces.
Hoy ya no existes,
ya lo sabes, ya lo he dicho.
Hoy, yo tampoco.
Ya no te quiero.
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Amor. Quiero
mandarte una carta asi, continua. Quiero que la leas mil veces.
Quiero besarte los ojos cada noche. Quiero que caminemos juntos.
Quiero mostrarte un cuento que escribí. Quiero cuidalte la
tos. Quiero apoyarte la cara en el pecho. Quiero que me abraces.
Quiero chuparte las orejas. Quiero que no me olvides. Quiero bañarte.
Quiero que tomemos café. Quiero que estés desnudo.
Quiero hacerte reir y que lloremos. Quiero usar tu pasta de dientes.
Quiero tocarte. Quiero solucionarte las manos y la boca. Quiero
dormir en la habitación 32. Quiero prepararte la comida.
Quiero hundir mi nariz en tu barba. Quiero ver el humo de tu cigarro.
Quiero ponerte las medias a la maiiana. Quiero hacer todo más
veces. Quiero que me toques. Quiero meterme en tu cama. Quiero que
me quieras. Quiero ser valiente pero necesitarte. Quiero que me
extrañes. Quiero ponerte el dedo en la boca. Quiero que todos
estos quiero se sumen. Quiero sentir tu olor y tenerlo. Quiero esperalte.
Quiero que no me olvides. Quiero que tengamos un hijo. Quiero aprender
tu idioma y escucharte. Quiero gustarte. Quiero acompañarte.
Quiero tenerte confianza. Quiero pensalte antes de dormir. Quiero
que no vengas para recordarte. Quiero que vengas para tenerte. Quiero
tu camisa. Quiero que no me avises antes de irte. Quiero que me
hagas carinos. Quiero que me calientes los pies. Quiero que hablemos
de un futuro. Te quiero.
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Dulce amigo:
Escribirle
esta carta no me es fácil. Años han transcurrido para
atreverme a hacerlo. Timidez, cobardía, pudor, miedo a su
juicio?. Usted vino hasta mí con maneras amables, con palabras
sonoras y gentiles, como el rocío que humedece la flor por
la mañana sin que la flor lo pida. Después fue usted
garúa que llevó sus dulzuras a las hojas y al tallo
y es, ahora, lluvia a mansalva que penetra hasta el bulbo soterrado.
Me encuentro frente a usted desnuda de alma y cuerpo, alienada de
espíritu y de entrañas. Soy posesa de usted, de su
voz grave, de su delizadeza de poeta y de su fuerza de fauno prodigioso.
Pero mi voluntad no alcanza para librarme de usted, si acaso eso
quisiera. Por usted, para usted, he depuesto mi corola y mi estambre,
mis raíces. Usted, sin sospecharlo, ha tornado a los hombres
que pueblan mi pequeño planeta, mi mundo limitado, en hombrecillos
torpes, sin brillo, sin encanto. Qué puedo hacer, poeta?
Yo no quiero que nadie me rescate de usted, pero a ratos me pesa
el cautiverio. No imploro su agua, pero la bendigo cada vez que
moja mis cabellos. No rezo por usted, pero agradezco a Dios que
usted exista. No lloro por usted, pero mi vida toda es casi un llanto.
Compréndame,
poeta. Quiero ser su cebolla -redonda rosa de agua, luminosa redoma-,
su caldillo de congrio -grávido y suculento, de fragancia
iracunda. Ojalá que mis ojos fueran color de luna, de día
con arcilla, para que usted me ame. Qué cosa no dana porque
una tarde tibia viniera usted a tomar lo que le pertenece: mi corazón,
mi bulbo, mis estambres. Las puertas de mi casa, las ventanas, están
abiertas de par en par para que las traspase. Mi lécho de
doncella no tiene pesados edredones ni frazadas de lana, sólo
lienzos de lino para que para que usted descubra, para que usted
me cubra. No me importa que sea usted duro de nariz, mínimo
de ojos o creciente de abdomen: venga a vivir en mi alma, un siglo,
diez minutos. Nada habrá de amarramos -yo conozco su fama
de andariego, ni nadie habrá de vernos tomados de la mano
cn mi precario puente de madera. No pongo condiciones, capitulo.
Tenga piedad de mí!
Matilde
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Angie, Discúlpame
si no tengo Porsche pero igual te quiero. Hoy no tengo ganas de
usar el wetsuit que me regalaste para que haga juego con mi tabla.
Y te advierto que no masques chiclets Adams, ya no Halls ni me insistas
en tu ajuar de lujo. No Angie, tampoco uso Reebok ni tennis shoes
como los llamas. Sí, eso sí, te extraño cuando
vas a la discoteque, ¡locaza! y me quedo pensalldo de donde
sacar plata para comprar el collar zafiro que te prometí,
tú dices que use mi Dinners. ¡Ay Angie! Te mentí
sonsita, ¡mi loquita!. Te adoro pero me falta estilo, garbo,
cliché. Tal vez no estoy seguro de ser surfer ni de tomar
strawberry juice. Sólo sé que en las noches las estrellas
se irritan a tu lado, aunque tú escojas el cine Pacífico
y luego Miraflores, y yo piense chicha nomás, medio pasaje
tú ganas y salgo temprano de plaza Grau a tomar mi micro.
Pero a tu lado me siento como un pato en el charco del amor.
P.D: Querida
Angie, tengo miedo que leas esta carta, Mi amadísima Angie
Marilyn Quispe Huaraca (Gomo consta en tu acta de bautizo).
Walter.
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Demetrio José Amazonas
Amada mía:
Ayer, me quedé
callado. Las personas que te rodeaban, sin medir sus impertinencias,
me cerraron el paso.
Perdona la
franqueza: no es suficiente amarse en silencio. Necesito, sin aplazamientos,
habitar tus entrañas. Quiero con todas mis ganas poblar tu
intacto vientre y plantar, triunfante, mi bandera.
Esta noche
iré por ti, bien mío, y con todos mis atavíos
cruzaré mis venas con las tuyas e inflamaré tu barro
con mi barro. Esta noche seré un dios o por lo menos un alquimista,
porque transmutaré mis metales, produciendo vida en tu vida
para trascender
Y te llevaré
a mi mundo, donde el Sol nunca duerme y permanece todo el tiempo
bombeando mi corazón silvestre; donde los suelos regados
de humedad abrigan a la vida y sus flores regalan su aroma y su
color sin disputarse preferencias. Ellas, nunca competirán
contigo, porque tú eres lo mejor de la naturaleza. Allí
nacerá el hijo de tu profundidad, sembrada con mis maíces.
Y compartiremos
el pan en familia, con nuestra tribu de gigantes en el amor y la
equidad, que aún no se ha contaminado con la modernidad.
Si para ti
es bueno este ofrecimiento, la noche de hoy, bendecirá nuestra
unión, no importa a la hora que llegue -cuanto más
tarde- más tibia estará tu cama y más candente
tu seno. No te preocupes por las dificultades -cuanto mayores- más
ansias tendré de llegar y más elevada será
tu impaciencia por abrasarme. Te amo.
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