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Edición Nº 1690 |
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Mujeres del Medio Oriente
Escribe TERESINA MUÑOZ-NAJAR ES una gran tristeza nacer mujer, el Libro de la Ley lo dice y los afganos tienen toda la razón de creerlo. (El Corán según los mahometanos, es el último libro, el más completo y autorizado de una sucesión de santas escrituras dadas por la divinidad y reveladas una a una a los distinguidos profetas: La Tora, El Pentateuco, Los Salmos de David, El Evangelio de Jesús). El Islam (resignación o sumisión total a la voluntad de Dios), como todo texto religioso, se presta a mil interpretaciones y existen mil posturas frente a la mujer en cada país islámico. Basta con comparar, por un lado, lo que cuenta Simone Bailleau-Lajoine, una francesa que en 1980 publica un libro sobre la realidad de la mujer afgana (Afganistán estuvo ocupado por Rusia entre 1979 y 1989 y a partir de 1996 controlado por el régimen talibán) y por el otro, lo que dice Jalicha Candela, musulmana nacida en España, durante una mesa redonda realizada en Barcelona, en 1998. Antes y a manera de información, habría que señalar que entre los musulmanes (mil trescientos millones en todo el mundo) hay dos grandes vertientes: los sunnitas (90 %) y los chiítas (10 %). Bueno, el talibán Osama bin Laden no pertenece a ninguna de ellas. El es un wahabita. La secta de los wahabis, -sus fieles son considerados los más puritanos del Islam- fue creada por Mohamed Ibnd Abdul Wuahab, en Arabia Central, con la finalidad de volver a la simplicidad del islamismo primitivo. Esta secta interpreta el Corán en forma muy literal, desaprueba la veneración exagerada al profeta, Mahoma, y considera impropia la magnificencia en la arquitectura y el ritual religioso, así como el lujo personal. Prohíbe el tabaco, las bebidas alcohólicas, el juego y la usura. Recomienda en cambio la pureza sexual. Simone Bailleau-Lajoine (ojo, en 1980), escribe: La mujer afgana
es inexistente, no tiene palabra. Si la toma, aunque sea a manera de susurro,
es golpeada. Es inexistente, también, porque nunca puede mirarse
a un espejo. Puede morir sin conocer su rostro. Ella le pertenece, celosamente,
a su propietario macho. El matrimonio es obligatorio entre las afganas
y generalmente ocurre cuando la niña tiene 15 años. Las
relaciones sexuales son una tarea más, como cocinar o lavar. La
mujer adúltera es lapidada. Y si de ese adulterio nace un niño,
la mujer es decapitada de la mano de su hermano mayor, a quien se le conoce
como el `guardián del honor'. Es en fin, esclava por destino, reproductora
encerrada y velada, sin derecho y sin voz, castigada a muerte si trasgrede
estas normas.
Jalicha Candela, en lo que parecería ser una réplica, afirma: ¿Cuál es la función de la mujer en el sistema social, según el Corán?, me apresuro a contestar que el Corán, y las tradiciones que recogen lo que el profeta Muhámad, la paz y las bendiciones sean con él, hizo o dijo durante la revelación del Corán, es decir, los contenidos de la Suna, proclaman en varias ocasiones la igualdad de derechos en el Islam sin distinción de sexos, razas ni religiones. No me resisto a traer aquí la cita del Sura 33 Ayat 35 del Corán que repite, unas decenas de veces, la igualdad de hombres y mujeres: Los musulmanes, las musulmanas, los que oran, las que oran, los recatados, las recatadas.....". Sin embargo, no hay mayor ciego que el que no quiere ver aunque, por ejemplo, las mujeres libanesas sean tan liberales como las suecas. Entre los deberes de los muslims (así se les llama a los creyentes), están: la obediencia de los hijos a los padres y la de la esposa al marido. No hay viceversa. El periodista Guillermo Giacosa tiene una anécdotas que también habla sobre la desigualdad entre hombres y mujeres musulmanes. Hacia mediados de los setenta, cuando él trabajaba para la Unesco en París, tuvo que viajar a Argelia. Allí se encontró con un amigo y colega musulmán a quien había conocido hacía varios años y quien lo invitó a cenar a su casa. En la gran mesa sólo había hombres. De pronto, sintió que daban unos golpes en la puerta más cercana al comedor. El amigo esperó algunos segundos antes de abrirla. Al hacerlo se encontró con un cuarto vacío en el que se habían dejado las fuentes de comida. Es decir, la mujer estaba separada de los hombres por más de una pared. Giacosa sostiene algo que es preciso considerar antes de retomar el tema de las mujeres afganas dentro del régimen fundamentalista de los taliban. "Todos los hombres tenemos un proyecto de vida, como seres humanos o como naciones.Y en lo que muchos pensadores coinciden es que la filosofía islámica y la pobreza en los países islámicos no les permite ver el futuro porque no lo tienen. Entonces, como no pueden mirar hacia el frente, se obligan a mirar hacia atrás. Eso es el fundamentalismo". El problema es que la primera obsesión de los talibanes es la
mujer, sinónimo de pecado. Y es contra las mujeres que se tomaron
las más drásticas e inhumanas medidas represivas.
Rosa Montero, periodista española, entrevistó el año
pasado a una joven afgana de 22 años que viaja por el mundo mostrando
la pesadilla que vive su país y la lucha clandestina, contra la
barbarie talibán, de la Asociación Revolucionaria de Mujeres
de Afganistán (Rawa). En resumen, la joven reafirma lo que cientos de pavorosas imágenes que han dado la vuelta al mundo, muestran. En Afganistán las mujeres no pueden salir a la calle si no es en compañía de un varón adulto: padre, hermano o marido. Si lo hace -y tiene que hacerlo pues debe mendigar-, la azotan. Si la mujer se queda sin una figura masculina que la respalde, no puede salir de su casa, por lo tanto, está condenada a morir de hambre. No tienen derecho a trabajar y carecen de asistencia médica porque los médicos no pueden tocarlas. Las profesionales como doctoras, traductoras, abogadas, artistas y escritoras fueron despedidas de sus trabajos y consignadas a sus casas. La casa donde vive una mujer tiene que tener las ventanas pintadas para impedir que sea vista por un extraño. Las niñas están prohibidas de estudiar. No pueden ir ni a la escuela elemental. Las mujeres no pueden hacer ruido al caminar porque atraerían las miradas de los varones. Deben vestir, además, la burka, incómoda prenda que las cubre de los pies a la cabeza, de lo contrario las apedrean. No hay manera de saber con certeza, en esta sociedad fundamentalista islámica cuál es la tasa de suicidio (prohibido por el Corán), pero se calcula que la tasa entre mujeres aumentó significativamente, ya que no pueden hallar un tratamiento para la depresión severa y no soportan el cambio radical en sus vidas. Se afirma, no obstante, que cada dos meses se registran 10 suicidios de jóvenes entre 22 y 25 años. Pero en Afganistán no sólo la mujer es fruto del pecado.
Hay otros. La fotografía, la música y la televisión:
De los árboles cuelgan -escribe Montero- como en una cosecha
surrealista, televisores destripados y deterioradas cintas de video.
Los hombres tienen que usar ropas tradicionales y llevar largas barbas. Obligatorio. Y todos los viernes -día que para los musulmanes es como el domingo de los cristianos- se realizan ejecuciones y mutilaciones públicas en los estadios deportivos. A este bárbaro espectáculo no pueden faltar los niños. Todo esto ha originado cifras lamentables. Mortalidad infantil: 151 %, esperanza de vida: 45 años, analfabetismo de mujeres: 79.9 %. El 90 % de las mujeres tienen problemas sicológicos. Sólo en kabul hay 25,000 viudas. Afortunadamente y aunque sea muy reducido, existe un grupo dentro del mismo Afganistán, que lucha por los derechos de las mujeres. El mencionado Rawa. Esta Asociación se formó en Kabul, en 1977. Fue organizada por mujeres intelectuales bajo el liderazgo de Meena (asesinada en 1987 en Quetta, Pakistán, por agentes afganos de la entonces KGB y con el consentimiento de la banda fundamentalista de Gulbuddin Hekmatyar). Desde 1992, el foco de la lucha de Rawa ha estado centrado en la oposición a las políticas criminales fundamentalistas y ultrafundamentalistas y su increíble y particular "orientación ultramachista, chauvinista y misógina". Rawa cuenta a la fecha con apenas 2,000 afiliadas (también hay hombres) y no recibe ninguna ayuda de ONGs internacionales. A raíz del atentado terrorista del 11 de setiembre pasado, la prensa y los intereses de ciertos países de Occidente se han preocupado por difundir la realidad de las mujeres afganas. Muchos estarán de acuerdo, en que no se debió esperar una catástrofe para hacerlo.
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