Edición Nº 1690


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    4 de octubrede 2001
    Por AUGUSTO ELMORE

    CON todo lo sucedido y la conmoción sufrida por el mundo entero (me refiero exclusivamente al mundo civilizado) por los criminales atentados en Norteamérica, últimamente se me han quitado las ganas -a mí que soy periodista- de leer los periódicos, y ya ni siquiera me interesa buscar en Internet los diarios extranjeros que antes leía con tanta atención e interés. Ahora estoy ansioso de que me distraigan ya sea un concurso Miss Universo, un buen partido de fútbol europeo, una película o una comedia amable (pero no tanto porque hay comedias románticas y tontas que se convierten en insoportables). Hoy por hoy todos los periódicos dicen y especulan sobre lo mismo, de forma que siento el cerebro convertido en una de las Torres Gemelas a punto de desmoronarse. Hoy en día Osama bin Laden se ha metido dentro de la casa de cada uno de nosotros como una cucaracha de verano y se esconde y acecha en cada rincón el muy maldito. Yo que no odiaba a nadie, ahora he terminado odiando a los fanáticos (en verdad ya desde antes mi única intolerancia era contra los intolerantes, y ahora ese sentimiento se ha incrementado). Y rehúyo leer los artículos periodísticos que hablan de los talibanes y que los intentan explicar, entender, o simplemente los repudian, que es como debe ser. Y no hay periódico en el mundo que no se refiera a esa secta retardataria. ¡¿Cómo no hacerlo?! Por eso cuando voy a la oficina ya no toco ni miro los periódicos del día, ni siquiera para saber qué es lo que pasa aquí, en el Perú. Porque, además, aquí como que no pasa casi nada, como todos sabemos sin necesitar de leer los diarios.

    Hay personas que uno no sabe si son o se hacen. Lo son, definitivamente, aquellas que al tomar un local (cosa que se ha puesto de plena moda), exclaman o escriben en alguna pared ese lema de lamentable y tétrica recordación: ¡Combatir y resistir! Son esos los rezagos del senderismo que andan por allí dispersos y camuflados tratando de infiltrarse en cuanta protesta encuentran. Hay otros, en cambio, que me dan la impresión -no puede ser de otra manera- de que tan sólo parecen. Entre ellos en particular está aquel que quemando banderas norteamericanas frente a la residencia diplomática de ese país en Lima, explicaba su heroica actitud atribuyendo el horrendo atentado contra el World Trade Center de Nueva York, ¿adivinen a quienes?: ¡a Bush y la CIA! Evidentemente ése tenía que estarse haciendo, porque nadie puede ser tan bruto.

    A río revuelto, ganancia de pescadores. Ese dicho viene al pelo para explicar algunas de las numerosas marchas y protestas que se ven en estos días. Entre ellas, y una de las más patéticas, es la que hacen en forma interdiaria no más de dieciséis personas (las he contado el otro día) todas las mañanas ante el local de EsSalud, pidiendo, escandalosamente, reposición por haber sido despedidos ¡hace diez años!, por Luis Castañeda Lossio, que cuando entró al entonces llamado IPSS encontró un exceso creo que de 7,000 trabajadores, gran número de ellos nombrados apenas unos meses antes de que se terminara el gobierno de Alan García. Ellos piden ahora, diez años después, reposición. Seguramente con devengados. ¡En la reposición, hermanos!

    Hoy todo el mundo reclama y exige el cumplimiento de las promesas electorales, como si todos no supiésemos, desde que las oímos por primera vez en plena campaña, que sólo eran eso, promesas-electorales, palabras que juntas significan algo muy distinto a la simple palabra promesa. A cualquiera que hubiera salido elegido le hubiese sucedido lo que a Toledo hoy en día: El ¡ya pues, Cholo, cumple tus promesas! sería hoy ¡ya pues, Alan, cumple tus promesas! Además, aquel que no hubiese prometido el oro y el moro no hubiese salido electo de ninguna manera. Vean sino lo que le pasó a Mario Vargas Llosa, que por ser tan parco en prometer -o, peor, prometer lo que nadie quería escuchar- se quedó tirando cintura como político. Gracias a ello el Perú volvió a recuperar al escritor que, con un poco de suerte, terminará aportando un Premio Nobel al país.

    ¡Exige que te doy!: Me cuentan (ojo que sólo hablo de oídas, porque así soy de crédulo últimamente) que en la Universidad de La Cantuta, a pedido de los alumnos, se decidió que la nota para aprobar el examen de ingreso -en lugar del tradicional 11- fuese 9.6. Luego de ello se llevaron a cabo los exámenes y los alumnos que no alcanzaron ese de por sí bajo puntaje, y que por lo tanto se quedaban sin entrar, tomaron el local exigiendo se rebajara el mismo. Una verdadera rebajita, como si estuviesen regateando en la plaza del mercado. Final del cuento: los alumnos abandonaron el local tomado luego de que las autoridades -por así llamarlas- decidieron que el puntaje sería ahora de 6.9. Ojo que no me consta: como me lo contaron lo cuento. Me encantará desdecirme. Pero si fuera cierto, cuando logren que el promedio para entrar sea de 2.1 ¡me matriculo!

    Hace poco renuncié a participar en campañas en pro de esa Palestina que tiene entre sus habitantes gente capaz de felicitarse y alegrarse por la matanza del 11 de setiembre. Pero lo malo es que cada vez que me entero que por cada israelí asesinado mueren 10 ó 12 palestinos todos los días, tengo ganas de dar marcha atrás. Signo de los tiempos: uno ya no está seguro de nada. Ahora hasta Bush dice que, antes de los atentados, su Gobierno estaba a punto de proponer que de una vez por todas que se formase el Estado palestino. Lástima que ya haya tanto odio derramado de por medio. Es peor que una mancha de petróleo en el alma de los pueblos. No hay detergente alguno que la lave.

    ¿Se acuerdan de las imágenes de la televisión en las que vimos a un Fujimori como loquito buscando la pista de su asesor, mismo sheriff, subiéndose raudo en su camioneta, dando destempladas indicaciones a los policías, recorriendo con evidente nerviosismo de Lima a Chaclacayo, de Chaclacayo a Ancón, de Ancón a Punta Negra, casi sin descansar ni dormir? ¿Qué lo inquietaba?: ¿atrapar a Montesinos, como él decía? Pues no, y ahora está comprobado. Lo que él quería era hacerse de la colección de vídeos de su secuaz, para borrar aquéllos en los que aparecía él en sabe Dios qué enjuagues. Y la calma volvió a su espíritu cuando pudo finalmente apropiarse de las maletas con los vídeos que la Policía diligentemente puso en sus manos y que él exhibió en maletas cerradas en Palacio. Entonces, de inmediato y ya tranquilo porque se había deshecho de las pruebas, puso pies en polvorosa rumbo al Japón. Heroico ¿no?

     


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