|
Edición Nº 1690 |
|
||||||||
|
|
|||||||||
|
|
Por JAIME BEDOYA
FALTABAN pocos minutos para la puesta del Sol y había que llegar al observatorio del Empire State. Había sido un día soleado en Nueva York, de los pocos más que permitiría un otoño de hace algunos años. Señal luminosa de una estadía que terminaba con un amable cansancio hacia la oferta comercial de la ciudad y habíase concentrado en la incidencia de la luz sobre sus edificios. Tarea aliviada mediante siestas en el Village regadas de té helado, espectando antologías vespertinas de la mejor televisión basura. Había que llegar a ese edificio por tres razones. La primera de ellas tenía que ver con una costumbre propia de los habitantes de ciudades costeras. Esta, sin nombre ni reglamento, obliga a un fototropismo que incita a acompañar el Sol hasta su despedida final en el horizonte. Tal rudimentaria observación astrológica suscita un leve revuelo emocional donde suelen manifestarse nostalgia, promesa e ilusión en una confluencia con visos de iluminación. Lucidez que por cierto suele diluirse rápidamente apenas se hace la oscuridad. La segunda razón era líquida. En la noche la despedida sería bebiendo martinis en el bar del último piso que había en una de las Torres Gemelas del World Trade Center. Antes de hacerlo era menester verlas desde lo alto, recibiendo la luz del oeste en toda su pretensión setentera. La tercera razón era aún más débil. La necesidad sentimental de reconocer el escenario de una cleptomanía familiar fundacional, precisa reunión de hermandad y organización. Posiblemente amplificada por la memoria, la única posibilidad de una justa evaluación era regresando al lugar del crimen: el piso 86 de ese bello amasijo de acero y piedra caliza que elevaban al gigante destronado, el Empire State Building, sobre la 5ta avenida y la calle 34. Los hechos habían sucedido en un invierno de 1981. Un largo e iniciático viaje familiar languidecía en las afueras de Nueva York, donde gentiles parientes nos hospedaban en su casa en Greenwich. El paisaje estaba cubierto de nieve y la temperatura hacía poco interesante todo ocio al aire libre. Nueva York, la ciudad que todos queríamos conocer, estaba como a dos horas de esa claustrofóbica antártica suburbana. En esa casa las mujeres eran mayoría, lo que configuraba tres hermanos menores sometidos a la agenda femenina del shopping. Cada mañana las veíamos partir exultantes de consumismo rumbo a la ciudad. Nosotros nos dedicábamos a hacer experimentos secretos en torno a la nieve. La justicia finalmente se abrió paso. Los distintos colores de nieve alrededor de la casa, cual silenciosa advertencia de una cadena de imparables cochinadas de consecuencias insospechadas, posiblemente hicieron su parte. Un fin de semana nuestros padres partieron con sus cinco hijos rumbo a un hotel de Nueva York, proeza que con los años sólo puede generar admiración y compasión ajena ante tal compromiso con la responsabilidad reproductiva. La visita al Empire State se dio sola. Los tres varones no estábamos en nuestro mejor momento: Habían sido varios días de aislamiento forzoso entre la nieve. Al llegar coincidimos con la llegada masiva de colegiales varios, anticipando el desbordamiento profesional de la única vendedora de la tienda de souvenirs. Los niños simultáneamente gritaban, blandían billetes y exigían vueltos, en medio de pequeños edificios de bronce, llaveros, king kongs de jebe, banderines y postales que quedaban -a nuestros ojos hambrientos de infinito- a disposición de la humanidad. Pusimos manos a la obra, que básicamente consistió llevar el caos ante lo antisocial mediante la repetición sostenida del fonema nativo "oe, oe, oe". El menor de los tres, en desprendido gesto, arriesgó su integridad física ofreciendo bolsillos y todo espacio intercostal para almacenar los varios kilos de souvenirs mal habidos. Los hermanos sean unidos, ésa es la ley primera. Regresar al lugar del crimen supuso una previsible decepción. El Sol aún no se había puesto pero la tienda de souvenirs ya estaba cerrada. Sólo quedaba el paisaje. Desde las alturas la ciudad, inerme isla de granito rodeada de agua sin olor marino, era un sosegado e irregular manto de concreto bañado de una débil luz tranquilizadora y fría. Una rejilla de seguridad concebida para suicidas hacía inútil el escupir, acto reflejo del vértigo. Hacia el sur, las Torres Gemelas del World Trade Center sometían el horizonte a su antojo, desfigurando lo clásico con su indetenible y colosal monotonía doble. Era tarde y ya Tat nos esperaba en la estación del metro bajo las Torres. Teníamos que correr, otra amiga mexicana esperaba arriba. El edificio, orgulloso a la distancia, era sucio e impersonal por dentro, víctima del envejecimiento prematuro propio de quien se dedica al negocio de la fortuna rápida. Subimos al primer ascensor e hicimos más de cien pisos en segundos. Pero no había ningún bar. Sólo una cafetería de medio pelo con mesas de fórmica, turistas prototípicos y una limitada oferta de comida chatarra, incluyo Budweiser. Tat llamó por celular a la mexicana. Acerquénse a la ventana, dijo. Estas permitian percibir una red envolviendo la torre como una telaraña de aluminio. Nos vio. Estábamos en la torre equivocada. El bar estaba en la de enfrente, donde ella ya iba por el tercer trago oyendo un piano. Derrotados, subimos a la plataforma de observación. La vista sur de la isla no era tan favorable a Manhattan, pero su dominio de la altura era contundente, imponiendo en medio de la furia del viento la insolente confirmación arquitectónica de su desafío a lo inevitable: la gravedad. Compartimos un pretzel parados sobre la azotea equivocada. Hicimos fotos y nos fuimos.
|
||||||||
|
|
|||||||||