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Edición Nº 1692 |
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El ABC de las Niñas
De aprobarse el proyecto de Ley de Fomento de la Educación de la Niña Rural se beneficiaría a más de 200 mil niñas en todo el Perú. El acceso a la educación en este país muestra niveles abismales entre los hombres y las mujeres, particularmente las que viven en zonas rurales. Una sola cifra es la prueba: siete de cada 10 analfabetos son mujeres. En Ayacucho, debido a la actuación de "Florecer", Red Nacional de Educación de la Niña, se experimentan significativos logros.
Escribe POR fin llegamos a Carhuayhurán (4,200 m. s. n. m.). Atrás
quedaron las retamas, los paltos, los lúcumos, las cabuyas y la
tortuosa carretera que atraviesa la provincia de Huanta. Aquí,
a tres horas y media de Ayacucho, sólo hay cerros, viento y niños
que tosen, que apenas crecen. Pero hay una fiesta y las niñas se
han esmerado con las flores -¿dónde las recogen?- que adornan
sus sombreritos y con las hebillas plateadas y platinas de chocolate que
primorosamente se han colocado en el cabello. En las manos, bolsas de
plástico para proteger su cuaderno. Hoy inauguran la nueva escuela
construida gracias a un convenio entre USAID, el Municipio de Huanta y
la cooperación de CARE Perú. (En el país hay 25,586
escuelas rurales para 75 mil pequeños centros poblados). En Carhuayhurán viven aproximadamente 45 familias. Sin embargo, a la escuela asisten más de 150 pequeños, muchos de los cuales provienen de los pagos cercanos o lejanos, pues en algunos casos deben caminar 10 y hasta 20 kilómetros para asistir a las clases. Allí, los chicos estudian los primeros años en su lengua
nativa para luego hacerlo en castellano. Es el mejor método para
que aprendan a leer y escribir. El problema es que es muy difícil
que una niña, a diferencia de un niño, logre terminar o
siquiera ir a la primaria. (En el Perú, 25 % de las que estudian
se retrasan o no logran culminar la primaria)
Los motivos son diversos y en Purus (Escuela Nº 38734), a media hora de Carhuayhurán, en el camino de regreso, podemos conocerlos de boca de las propias protagonistas. Ellas han esperado pacientemente nuestra presencia y también se han vestido de gala. Además, encontramos a tres niñas que acaban de participar de un conversatorio que culminará los días 18 y 19 de octubre en un encuentro departamental de las niñas rurales. Allí expondrán sus inquietudes y, finalmente, firmarán un acta que esperan agilice la promulgación de la ley que fomente su acceso a la educación. Felícitas Ñaupa, Anatolia Crispín y Mercedes Ñaupa tienen entre 16 y 20 años y están en quinto grado de primaria. Ellas están conscientes que deben estudiar para mejorar su calidad de vida y tienen las cosas muy claras: "Hace dos años nuestros padres creían que si nos dedicábamos a aprender íbamos a faltarles el respeto, afortunadamente ahora han cambiado de manera de pensar", dicen. No obstante, encuentran inconvenientes: "A veces -continúan- nuestras compañeras de promoción se retiran y nosotras somos las perjudicadas porque como cada vez somos menos el profesor se va y juntan a todos los grados en uno solo. Así no progresamos". "Otro problema -añade Mercedes que ya ha cumplido los 20- es que en Purus no hay secundaria y si queremos seguir tendremos que ir hasta Chacas que queda a una hora y media a pie desde aquí". "Si bien las autoridades cobran una multa (100 soles o un carnero) a los padres que no mandan a sus hijas al colegio -interviene Anatolia- éstos la evaden enviando a sus niñas dos o tres días para luego sacarlas". Felícitas, Anatolia y Mercedes tienen suerte (En el Perú, 21,700 mujeres entre 15 y 24 años de edad no saben leer y escribir). Por lo general las niñas que viven en las zonas rurales deben cuidar el ganado y ayudar en las tareas domésticas porque sus padres privilegian la educación de los hijos varones. Tienen suerte además, porque sus madres analfabetas se han dado cuenta que es muy duro "vivir a oscuras". "Pueden ver pero no pueden leer y eso es muy doloroso", sostienen. "La población rural es muy pobre (el 60 % es pobre y el 37 %
se encuentra en situación de pobreza extrema) -afirma por su parte
Emilio Laynes, de CARE Perú, una de las instituciones afiliadas
a la Red Nacional de Educación de la Niña- y a causa de
ello las familias no pueden solventar la escolaridad de todos sus niños,
por lo que es tradicional que opten por matricular y sostener la asistencia
a la escuela de los hijos varones". (Las mujeres del campo han hecho sólo
3.7 años de escuela primaria y los varones 5.1).
De otro lado, las escuelas y los programas de educación rural no han sido concebidos para atender los requerimientos y necesidades de la niñas. Por ejemplo, no tienen servicios exclusivos para ellas y hay casos en que los mismos profeseros no han sido formados ni capacitados para dar educación formativa con perspectiva de género. "Ellos repiten los patrones de preeminencia de atención a los niños y la consecuente postergación de las niñas rurales", sigue Laynes. Las niñas del campo se aterran cuando les viene la menstruación y son objeto de burla por parte de sus compañeros. Y, como no tienen una información adecuada al respecto, se alejan de las aulas y muy, muy jóvenes, están listas para casarse. A esto, habría que añadirle la amenaza permanente de violencia sexual de algunos maestros sobre las niñas rurales. ¿Qué le espera a una niña, por Dios, que tiene que desplazarse a pie de un poblado a otro, en las madrugadas y las noches, para aprender a leer? Bueno, lo que está logrando la Red Nacional en Ayacucho es importante
-trabaja en coordinación con otras instituciones como la Dirección
Regional de Educación-. Se ha conseguido, entre otras cosas, sensibilizar
a los padres de familia y a las autoridades de los pequeños centros
poblados -los promotores van de puerta en puerta- para que les permitan
a sus niñas ir al colegio y por lo menos terminar la primaria.
También, que las niñas se matriculen oportunamente, es decir,
a una edad adecuada. Pasados los años, y a diferencia de las oportunidades
que existen en las ciudades, las adolescentes y jóvenes del campo
tendrán escasas o nulas posibilidades de continuar su educación
formal.
Ahora, sólo hay que sensibilizar a ciertos congresistas que creen que promover la educación de la niña es discriminatorio. Entender, en este caso la "discriminación positiva", es fundamental. El mencionado proyecto de ley propone la declaración del quinquenio 2001-2006 como el "Quinquenio de la Educación de la Niña y Adolescente Rural" en el cual se reviertan las cifras consignadas en este reportaje. Así, si se pudiera incorporar anualmente a un 20 % de las niñas rurales actualmente excluidas del servicio educativo (40,200 niñas cada año) y si se asignara como gasto corriente por alumna la suma de 248 dólares, entonces, el incremento de los costos de las niñas rurales alcanzaría la cifra anual de 9'969,600 dólares. Cantidad equivalente a 0.51 % del presupuesto asignado a la educación pública en el año 1997. Si bien en Ayacucho, departamento emblemático, castigado por la violencia y la pobreza, se están haciendo esfuerzos enormes por promover la educación de las niñas, se espera que ocurra lo mismo en el resto del país. Existen aproximadamente 1 millón 760 mil niñas y adolescentes -de 0 a 17 años- que viven en las zonas rurales del país. Las niñas rurales forman un conjunto social y culturalmente diverso. La mayor cantidad de ellas, el 62 % vive en la sierra, el 22 % en la selva y el 16 % en la costa. Las regiones donde viven, establecen, por cierto, una serie de particularidades lingüísticas y culturales, que los educadores deben tomar en cuenta. Camino a Chacas (donde vivió y escribió su tesis de antropología Osmán Morote, a fines de los sesenta) vuelven a aparecer las flores. Son remillas. El barranco no desaparece y al borde de éste se ven, cada cierto trecho, a niñas ensimismadas con los cerros. Están vigilando sus pequeños rebaños. Sólo les falta un libro en las manos.
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