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Edición Nº 1692 |
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Peligra Ollantaytambo
Escribe EL gran valor de Ollantaytambo, aparte de su grandiosa fortaleza recostada sobre el cerro, es su pueblo, que sigue habitando la misma traza y viviendas desde tiempo de los incas. Su ubicación en el valle es privilegiada y éste sigue proporcionando el marco natural que en gran medida la presencia del ferrocarril ha preservado, porque la carretera, de uso intensivo de autos y camiones, trae consigo contaminación y violenta las estructuras de las poblaciones. Y la carretera, lamentablemente, se ha comenzado a construir por la furia de los acontecimientos. Durante la campaña electoral Toledo prometió a los habitantes
de La Convención la reconstrucción del ferrocarril Machu
Picchu-Quillabamba, interrumpido por exabruptos de la naturaleza en enero
y febrero de 1998. A siete semanas de haber asumido el mando, el 19 de
setiembre del 2001 es declarado en Quillabamba un paro indefinido en demanda
del cumplimiento de la promesa, de la construcción de carreteras
y de otras medidas consideradas vitales para el desarrollo de la zona.
El 22, los huelguistas bloquean la vía férrea impidiendo
la llegada de turistas y toman en rehén al congresista del partido
de gobierno Adolfo La Torre; el 25 amenazan con adueñarse de la
ciudadela de Machu Picchu y sitiar el aeropuerto del Cusco. El 26 efectivamente
lo sitian por siete horas y al día siguiente es suscrito un documento
por Pedro Planas, el recientemente fallecido secretario técnico
de la Comisión de Descentralización, y el viceministro de
Transportes Luis Gutiérrez, garantizando la construcción
de la carretera Quillabamba-Cusco (que si bien existe recorrerla toma
18 horas) y la reconstrucción de la línea férrea
hasta Machu Picchu. Ambas obras estimadas en alrededor de 45 millones
de dólares cada una. La medida de fuerza es levantada y la primera
"piedra" de la carretera, a partir de Ollantaytambo, colocada el primer
día de octubre. Electric Power Technology Import and Export Corporation
de China es la encargada de la obra.
Ahora bien, si es censurable el tipo de presión ejercida para alcanzar un justo objetivo, lo es más aún que la solución dada sea la de hacer ambas vías de comunicación. ¿Por qué duplicar esfuerzos? En un país en el que se debe racionalizar el gasto, ¿qué sentido tiene construir una carretera y un ferrocarril con los mismos orígenes y destinos para transportar lo mismo? O lo uno, o lo otro; ambos no, parecería aconsejar el sentido común. ¿Pero acaso es posible pedirle peras al olmo? En este caso es menester intentarlo, porque es dinero de todos los peruanos el que se ha decidido malgastar. Antes que nada debe tenerse en cuenta que es absolutamente indispensable
dar salida a la mayor brevedad y con la mejor eficiencia, a los productos
del valle de La Convención, rico principalmente en frutales, cacao
y café. Hasta el fatídico verano de 1998, los agricultores
acostumbraban embarcar esos bienes en el tren de la mañana, con
dirección al Cusco, para estar de regreso en el de la tarde portando
productos de primera necesidad. Hoy esa rutina se ha convertido en una
odisea, es decir, a partir de la noche del 13 de enero, en que la estación
de Santa Teresa fue invadida por las aguas del río del mismo nombre
segando cuatro vidas; y de la tarde del 27 de febrero, en la que una avalancha
descomunal se precipitó por el río Aobamba produciendo el
embalse del Vilcanota. Desde San Miguel hasta Chaullay, 23 kilómetros
de terraplén y vía férrea desaparecíern bajo
50 metros de lodo. Afortunadamente, por la hora en que se produjo el siniestro,
las 300 familias de Santa Teresa se salvaron. Mas, como otras poblaciones
a lo largo del río Vilcanota, quedó aislada. Cinco horas
para llegar hasta la carretera, siempre que no fuera época de lluvias,
o tres horas hasta la estación de Machu Picchu. Quillabamba por
su lado, otrora emporio de frutas y café, comenzó a empobrecer
por lo imposible de los fletes. Urgía la recuperación de
la vía. Pero lo increíble sucedió.
El presidente de ENAFER, David San Román, ordena el levantamiento de 26 kilómetros de vía entre Chaullay y Quillabamba (que no habían sido afectadas) y también manda levantar todos los tramos que quedaron visibles entre Santa Teresa y Chaullay. Hoy, según estimados, se requieren 7.5 millones de dólares para reparar el tramo del huaico y 33 para reponer la vía que fue levantada. ¿Podrá explicar el señor San Román, hoy asesor del ministro de Transportes, quién lo autorizó a levantar la vía? O, en todo caso, a quién pasar la factura por semejante atropello al patrimonio del país? De menor importancia sería conocer el destino de rieles y durmientes, que quizás estén durmiendo por ahí un sueño injusto. Pero como no es tiempo de lamentaciones sino en todo caso de aclaraciones
y reparaciones, es necesario actuar. Entendidos en ferrocarriles creen
posible poner operativo el tren entre Machu Picchu y Quillabamba en un
año, siempre y cuando se proceda dentro de un esquema de emergencia
(que la situación amerita). Este tiempo contrasta con la construcción
de la carretera que sólo para la primera etapa, entre Ollantaytambo
y el Abra de Málaga, requiere de 15 meses. El ferrocarril, por
otro lado, además de la menor agresión que representa para
el medio ambiente y para la preservación de ciudad y ruinas incaicas,
como ya se ha dicho, presenta otras ventajas: mayor volumen y peso de
carga a menores costos, seguridad, tránsito fluido y ahorro en
combustible. Es hora de decisiones, y para tomarlas debe tenerse en cuenta,
parafraseando al doctor Jorge Basadre, que los gobiernos peruanos, como
en una constante, son culpables en algunos casos por hechos delictuosos,
pero que en general "pecan, sobre todo, por atolondramiento, ligereza,
frivolidad, olvido del mañana". ¿No se habrá actuado
con todos estos agravantes al tomar la decisión de construir tren
y carretera entre Ollantaytambo y Quillabamba?
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