Edición Nº 1692

 

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    18 de octubrede 2001
    Por AUGUSTO ELMORE

    LOS aparentemente graves problemas familiares por los que atraviesa el señor Francisco Palacios Moreyra -que fue la persona que con un generoso aporte de 100,000 dólares hizo posible, a través de Fernando Olivera, la exhibición del primer e histórico vladivídeo, que constituyó el comienzo del fin de la corrupción y la dictadura-, y su aparición en un vídeo en estado etílico y visiblemente enajenado, constituyen manifestaciones personales que por criticables que sean no tienen por qué servir para desprestigiar la actuación de Fernando Olivera en el hecho esencial, o sea la aparición del vídeo Kouri-Montesinos, tal como se dijo en un programa televisivo, empezando el cargamontón al que se añadió esta misma revista en su número anterior, hecho con el que confieso discrepar. El odio de Alan García y los apristas por su acusador tiene brazos largos, sin duda.

    La venganza es un plato que se sirve frío, dice el refrán oriental. Pero yo creo que los seguidores de Alan quieren comerlo caliente, es decir ¡ya!, cuanto antes, y para ello buscan atarantar a Olivera con toda clase de acusaciones. Lamento que CARETAS tome partido en esta pelea. Lo digo aprovechando el amplio sentido democrático que siempre ha caracterizado a esta revista. Además, cualquier observador imparcial -entre los que no me cuento, por cierto-, podría darse cuenta de que el Apra quiere deshacerse de la presencia de Olivera en el Gabinete y para ello utiliza el arma de la concertación (que ojalá no termine siendo una escopeta de dos cañones).

    Cuando era niño y desde entonces aficionado al cine, recuerdo que vivía con pasión las películas pro coloniales de la época, ésas con Gary Cooper como heroico oficial británico en lucha por mantener su dominio sobre las colonias. Era la época de Beau Geste y también de Gunga Din, que era el nombre de ese felipillo que colaboraba hasta el sacrificio en contra de sus connacionales y en favor de los británicos. Lo digo hoy con cierta vergüenza, pero yo, inocente de mí, estaba a favor de los que entonces consideraba como buenos, pero que eran en verdad los usurpadores. Gunga Din fue un verdadero clásico, porque ése era el nombre del aguatero hindú, traidor a su raza, que se sacrifica para advertir a los ingleses de la presencia de los adoradores de la diosa sanguinaria Kali, que eran degolladores implacables, porque así lo mandaba su religión. Todo eso vuelve a mí hoy día con la guerra de Afganistán, en la que los nuevos dominadores buscan someter -o castigar con justicia- a los sanguinarios talibanes, que se lo merecen tanto como los adoradores de Kali de las películas de la época. Ya sé que no es igual, pero el escenario sí parece ser el mismo: Afganistán. Pero sin la ferocidad inhumana del monstruoso atentado contra las Torres Gemelas.

    Seguramente no saben escribir ni siquiera su nombre, pero sin embargo se dan el lujo de pintar garabatos y jeroglíficos en las paredes y monumentos de todo Lima. Son esos los jóvenes descerebrados que pululan en la ciudad a los que, luego de apresarlos, habría que condenar a un par de meses obligatorios de servicio a la comunidad. Luego de cumplida esa pena podría regalárseles cuadernos rayados (como ellos) para que aprendan a escribir algo más legible y dejen de una vez por todas de pintar paredes.

    ¿O habrá por allí un sociólogo que comprenda su actitud?

    Una persona amable me escribe desde Estados Unidos diciéndome que ni la reminiscencia de la papa a la huancaína ni tacu-tacu alguno disuadirán a ningún peruano de irse a vivir a Miami -como yo suponía podía suceder-, porque sólo en esa capital latinoamericana existen por lo menos 40 restaurantes en donde se sirven esos potajes. ¡Y yo que me preguntaba por qué iban tantos peruanos a refugiarse en Miami!

    Libertad Duradera me parece un nombre poco imaginativo para que haya sido producido en un país como Estados Unidos, cuna de la publicidad más imaginativa. Porque algo "duradero" significa que tiene a la vista su fin, que llegará un momento en el que lo duradero se convertirá en perecido o finiquitado. ¿Qué clase de libertad es ésa que ofrece Estados Unidos para combatir a Osama bin Laden? Mejor la hubiesen llamado Libertad Crecedera.

    Leo en el periódico que el Perú, es decir el Gobierno, espera perforar 30 pozos petroleros anuales. Yo me pregunto: ¿él país tiene dinero suficiente para intentar ésa que es la aventura más riesgosa de ese negocio?. ¿Por qué el país va a invertir en aquello que puede hacer mejor y, sobre todo, a su costo y riesgo la empresa privada? Quizá haya razones a las que mi razón no alcanza.

    Víctor Zauni, Alfa y los grupos Alfa y Omega y Ágora Popular Juvenil constituyen la troupe de payasos que todos los días, en la Plaza San Martín, entretienen a los transeúntes proclamándose a favor de Osama bin Laden y acusando a la CIA de haber producido la catástrofe de las Torres Gemelas. Lástima que la Plaza San Martín esté un poco lejos de Larco Herrera, porque se han ganado el alojamiento. Ojalá nomás que la televisión no los contrate como hizo con Los Cómicos Ambulantes. Porque éstos no dan risa.

    La casa que fuera de Felipe Pinglo Alva, el inmortal autor de El Plebeyo, se derrumbó hace unos días, menos fatigada por los años que por la falta de inspiración de los autores criollos de la actualidad, que desde Chabuca Granda no han producido nada que merezca llamarse música criolla. La caída de esa casa entrañable es todo un símbolo. Ojalá que uno de estos días no se derrumbe el Palacio de Justicia.


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