Edición Nº 1693

 

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    ARTICULO

    25 de octubre de 2001

    De King Kong a Bin Laden
    TERRORISMO: MODELO PARA DESARMAR (II)

    Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO

    LOS cinéfilos pudimos adivinarlo desde la imagen de esa muchedumbre que huía, frente a la cámara, con una masa de escombros a sus espaldas: la catástrofe del once estaba en el subconsciente de los Estados Unidos y se almacenaba en una serie de películas.

    Ese mutante pulverizado era el cometa en curso de colisión que soliviantó las mareas, hundiendo las grandes ciudades. Tras él venían King Kong y Godzilla, destruyendo infraestructuras, aplastando vehículos y despanzurrando peatones. Simbolizaba las escuadrillas de alienígenas que hicieron añicos la Casa Blanca. Representaba el espasmo de la fuerza que sepultó la Estatua de la Libertad, en el planeta de los simios.

    Era una vieja pesadilla en soporte fílmico y, a la vez, el eco de una tradición cultural -judeo-cristiana, por cierto- con un mensaje esotérico de culpa con castigo. Después de todo, King Kong era un mono tranquilo y cariñoso, antes de que lo secuestraran para exhibirlo en el mercado.

    ¿DEMASIADO FANTASIOSO?

    Tal vez. Pero, permítanme recordar que, en 1947, el filósofo alemán Siegfried Kracauer publicó su clásico De Caligari a Hitler. Según su tesis, diáfana desde el título, los monstruos del cine expresionista fueron la vanguardia de los monstruos de la vida real.

    A mayor abundamiento, una comisión del Parlamento Europeo produjo, en 1985, un informe muy serio sobre las razones que trajeron el racismo, el nazismo y, en definitiva, la Segunda Guerra. En uno de los párrafos del texto se lee que el debate sobre aquellos temas "no ha sido nunca sólo político, sino desde sus comienzos cultural e incluso literario". En especial, agrega, "cuando se trata de movimientos o ideologías que hacen virtud de la irracionalidad".

    No recuerdo esto para inducir un festín diversionista, sino para verificar que los monstruos no espantan gratis. Surgen, como diría Goya, del sueño de la razón.

    Una seguridad autosustentable debe partir, entonces, por despertar esa razón. Para ello, los herederos de Lincoln deben procesar la relación entre su liderazgo global ejercido a partir de "males menores" y el terrorismo globalizado de hoy. Y no por simple satisfacción intelectual, sino para rectificar ese aspecto deficitario de su cultura política y desactivar los artefactos explosivos que sembraron durante los años de la Guerra Fría.

    Entonces, hay que reconocerlo, el mal menor fue una opción franca y, para muchos, aceptable. Las mayorías norteamericanas sentían que el odio hacia los Estados Unidos era irracional y aceptaban a Somoza y Cía. como "nuestros hijos de puta", porque parecían la antítesis de Fidel Castro. Fuera, la mitología del socialismo real servía para maquillar el esperpento estaliniano, para subestimar la "democracia formal" y para admirar a Castro sólo por haber resistido a una larga serie de presidentes norteamericanos.

    Desgraciadamente, tras la caída de los muros demasiados entendieron que todo lo hecho por los Estados Unidos estuvo bien -la victoria parece infalible- y que bastaría un arco de misiles en el espacio para garantizar su invulnerabilidad. Simultáneamente, identificaron esas certezas con las tesis económicas neoliberales y postularon al Premio Fin de la Historia, con su ideólogo Francis Fukuyama como abanderado.

    Gravísimo. Porque, si la superpotencia parecía brindar a los suyos el mejor de los mundos y no tenía rival en el supermercado de las cosmovisiones, ya no era urgente renovarse. La opción por los males menores se camufló, entonces, bajo el pragmatismo y hasta se experimentó una fuerte regresión hacia el aislacionismo.

    Sólo así puede uno explicarse el apoyo sostenido a un Vladimiro Montesinos peruano: mejor un agente inmoral conocido, pero eficiente, que un hombre libre y honrado por conocer. Es lo que podría explicar la admiración por un economista como Lester Thurow, quien enseña que "América Latina no agrega nada importante a América del Norte". Y quien escribe, con humor dudoso, que si Dios regalara el Africa a los Estados Unidos, "la única actitud inteligente sería devolvérselo".

    El Papa alzó su voz contra ese triunfalismo y llegó a decir que el comunismo fue un factor de contención para el "capitalismo salvaje". Pero, claro, mejor era entender que el Pontífice estaba viejito. Su prédica contra la insolidaridad de los poderosos y por la unidad en la paz de los monoteístas, sonaba a piadosa ñoñería.

    ¿Qué tuvo un éxito histórico con los judíos? ... Vamos, éstos apenas sumaban 15 millones y tenían un sólido per capita de US$17,000.

    Los soberbios de Norteamérica no computaban un dato esencial: que los desechables de la tierra eran miles de millones y se negaban a asumir su irrelevancia. Que, desde la desesperación, podían convertir su debilidad en fuerza, invadiendo las capitales del desarrollo, regenerando enfermedades superadas, arruinando ecosistemas a nivel planetario, masificando el narcotráfico... "Al pueblo que malvive de la coca no tiene por qué importarle más que los ricos se droguen, que lo que les importa a los ricos que él no coma", escribió el español Antonio Gala, sintetizando la ética y patología del riesgo.

    Por si eso no bastara, después del once, vino a sumarse la amenaza de un terrorismo planetario, con gurús como Bin Laden y ejecutores que no tienen nada que perder, excepto sus vidas.

    Es por eso que, acompañando a los Estados Unidos agredidos, todos en Occidente estamos pasando del american dream a la pesadilla materializada.



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