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Edición Nº 1694 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Pucha, Carne Blanquita Bueno, una noche estábamos mi prima y yo por el décimo riojano en el Gijón (que sigue siendo el sitio en una ciudad que, no te creas, tampoco escapa a la samborjización universal), y en eso se abre la puerta y entra un joven, hija, igualito al muchacho que pasa por mi edificio vendiendo frazadas en su bicicleta, así de lo más emprendedor. Tenía…¡blazer azul con botón dorado de marinero!, blue jean escopeta, camisa a rayitas de terno pero sin corbata, zapato negro imitación Florsheim y un celular pegado a la oreja, hablando con la patita levantada. En fin, lo dejé pasar pero el resto de la gente del café no está tan acostumbrada, y yo escuchaba unos comentarios que no te los podría escribir acá jamás porque después la gente me empieza a joder con que soy una racista, como si yo tuviera la culpa. Bueno, ahí no acabó la cosa. Cuando terminó su llamada, el joven frazadero miró en 360 grados a todo el café y al vernos a las dos marquesas juntas, pucha, tomó iniciativa aymara y se nos clavó de frente a la mesa, a la vez que mi prima me advertía, "Lorena, éste debe ser caníbal de Nueva Zelandia, coño, a la primera mordida llamó a la poli, ¿te parece?" Pucha, cuando el joven estaba por empezar a meternos letra, le suena otra vez el celular y me tuve que tragar una conversación con su tío en la que el tío parece que le pedía que le consiguiera no sé qué putas para el sauna y cuando el sobrino le contestó, "ya tío, pe, ya tengo a dos bien chéveres, carne blanquita", ahí me di cuenta de que algo muy del Perú de hoy flotaba en el ambiente. Bueno, pues decidí seguirle la cuerda al joven, a ver por dónde va nuestra identidad nacional, y mediante su respectiva patada bajo la mesa a María Belén, que captó enseguida, me mandé, con acento bien de cupletera: "Hola majo, que te estábamos esperando y ya no podemos más con el calorcito que nos marea". Lo hubieras visto al cholo, hija, le vino uno de esos estremecimientos como cuando al jardinero le dices que le vas a pagar su Pascua y se hace como un tirabuzón de arriba a abajo. Chapó celular y marcó: "Ete, tía Elian, páseme con el tío Alejo… ete, tía, ete, es un encarguito que me dio el tío para el señor Aznar y le tengo su respuesta… hola tío, ya cayeron, cheverengue, sólo falta hablar del bille". A ese punto, la cara de mi prima era como la de quien observa un platillo volador saliendo del water, no sabes. Pero frazadero no andaba lento. Nos miró a una por una y nos dijo, "chicas, mi tío las quiere a las dos para su sauna pero exige lo siguiente", y sacando papelito del bolsillo, empezó a leer: "puntada de zapatero, sillón de peluquero, patada a la luna triple con efecto retardado, la huallata que toma agua, la 708, el carnaval de Cabana y un cacharpari antes de que se retiren". Yo, hija, como si fuera una profesional absoluta del catre, prendí pucho, le eché el humo en la cara y le dije, "pues poca cosa pide tu tío, eh. Dile de nuestra parte que le podemos hacer diez rarezas más pero la cosa es a medio millón de dólares la hora". Pucha, frazadero, como si lloviera en Londres, me contestó, "asunto arreglado, mamita, pedimos ampliación de ruta para extender la supervisión de la Mesa de Donantes, con viático, combustible y gastos de representación y caballero nomás". Hija, cuando me di cuenta, estábamos en un rollo de los mil cuernos. Pucha, le dije a mi prima, "Maja, que nos tenemos que ir al baño a empolvar la cara para tan buen caballero que nos ha ligado". Chapamos cartera, abrigo y pashminas y nos fuimos corriendo como un par de posesas por la salida del Paseo de la Castellana. Bueno, eso fue hace como cuatro dais y hasta el momento en que te escribo esto, pucha, mi prima la marquesa no pasa de entender el veinte por ciento de la historia. Seguiré intentando. Chau, chau. (Rafo Leon).
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