Edición Nº 1695

 

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    ARTICULO

    8 de noviembre de 2001

    El Invierno Del Mesías

    Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO*

    CUANDO Fidel Castro aparece en pantalla, repitiendo su libreto de hace medio siglo, me pregunto si de verdad sigue creyendo que la Historia lo absolverá.

    Porque, aunque muchos reconozcan que es consecuente con su idea fija, el anciano de verde debe saber que la consecuencia no es sólo un don de los héroes. Malvados como Hitler, Stalin y Franco fueron consecuentes, hasta la muerte, con sus propias ideas fijas.

    También debe saber cómo, sobre la base de simplismos épicos, manipuló el entusiasmo de esos jóvenes a quienes lanzó a hacer la revolución socialista, por la vía armada y a nivel continental. Luis de la Puente, en el Perú y sus homólogos de la región, no pudieron leer, en la revista Newsweek del 9 de enero de 1984, su asombrosa confesión de que el proyecto guerrillero internacional era una de las variables para defender su régimen nacional: "Ni siquiera oculto el hecho de que, cuando un grupo de países latinoamericanos, bajo la guía e inspiración de Washington, no sólo trató de aislar a Cuba políticamente, sino la bloqueó y patrocinó acciones contrarrevolucionarias (...), nosotros respondimos, en un acto de legítima defensa, ayudando a todos aquellos que querían combatir contra tales gobiernos".

    Ergo, no era cierto que en los años '60 la revolución latinoamericana se caía de madura.

    Fue "sólo" una mentira táctica.

    DESDE ESA EGOCENTRIA

    Castro no podía simpatizar con el proceso político que se fraguaba en el Chile de los años '60. Ni la revolución en libertad, de Eduardo Frei Montalva, ni la revolución pacífica de Salvador Allende, cumplían con reconocer su liderazgo continental o con privilegiar el interés defensivo de Cuba.

    Por eso, no vaciló en maltratar al presidente Frei. "Reaccionario", "cobarde", "mentiroso", "pobre burgués", fueron algunos de sus calificativos públicos. Tampoco fue dulce con Allende. Regis Debray, entonces su heraldo y escribano, proclamaba que el líder chileno era un simple "reformista" (insulto terrible en los códigos de la revolución). A mayor abundamiento, al clausurar la primera (y última) conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), el 10 de agosto de 1967, Castro fulminó a quienes pensaban como Allende: "los que afirmen en cualquier lugar de América Latina que van a llegar pacíficamente al poder, estarán engañando a las masas".

    Por cierto, el "líder máximo" debió dar un volteretazo cuando comprendió que el líder chileno podía ganar. En agosto de 1970, a un mes de las elecciones y sin reconocer por un instante que había estado equivocado, le dio su exequátur. Declaró urbi et orbi que en Chile, como cosa excepcional, sí era posible llegar al socialismo mediante una victoria electoral.

    ALLENDE, QUE ERA UN HOMBRE de honor tradicional, sin celos ni rencores, inició su gobierno tendiendo a Castro una mano desaislante. Lo invitó a Chile, a disgusto de los Estados Unidos, para mostrar al mundo que Cuba no estaba sola en la región. Sólo esperaba, como retribución, que Castro tranquilizara a sus seguidores chilenos. Esos que lo presionaban para convertir el Poder Ejecutivo en la plataforma de una lucha castrista.

    Allende pecó de ingenuidad. Su huésped era, según definición de Gabriel García Márquez, "un pésimo perdedor". Consecuente con ello, queriendo o sin querer queriendo, catalizó efectos políticos catastróficos para su anfitrión. Los opinantes 24 días que quiso quedarse en Chile enconaron las diferencias internas de la Unidad Popular, enardecieron los ánimos de la oposición y consolidaron el proyecto desestabilizador del binomio Nixon-Kissinger.

    Sin duda, el presidente chileno no captó el mesianismo del cubano. No creyó que eso de ser "líder máximo" iba en serio, pues éste jamás aceptaría la sombra de una competencia en el liderazgo continental de las izquierdas. Si ya había querido tumbar al presidente venezolano Rómulo Betancourt (y si en el futuro, agreguemos, trataría de humillar al presidente peruano Alan García), mal podía pedírsele que respetara a un Allende tan expuesto al escrutinio internacional.

    Pagando su error, el anfitrión soportó hasta la impertinencia. Su huésped insólito lo ninguneó en el Estadio Nacional, ante decenas de miles de personas, diciendo que ese acto de masas era nada, comparado con los que él podía convocar en La Habana. Agregó que el proceso chileno había permitido que los fascistas se tomaran las calles. Concluyó que volvería a Cuba "más revolucionario y extremista" que antes.

    Por eso, la crisis terminal de la Unidad Popular no inspiró en Castro angustia por la seguridad personal del Presidente. Más bien, en carta personal, le insinuó que empuñara ¡por fin! las armas. Luego, no vaciló en aprovechar la emoción mundial por la trágica y digna muerte de Allende, para manipular la Historia. Sólo así se explica que, en su discurso de homenaje al líder caído, se desentendiera de las informaciones sobre su suicidio para asignarle una muerte políticamente correcta. Su dogma quedó encapsulado en una frase clave: "Los revolucionarios chilenos saben que ya no hay ninguna otra alternativa que la lucha armada revolucionaria".

    Por eso, al cumplirse tres décadas de su fatal visita a Chile, recuerdo al dios cubano de los revolucionarios sesentistas y juego -es un jugar- a verlo humanizado. Ya no es el líder carismático, profundamente enamorado de su imagen juvenil, sino un patriarca invernal e involuntariamente cómico, que dejó de autoabsolverse. Un viejo de barba rala que se despatarra en la playa, frente al mar Caribe y piensa, coño, tal vez debí ser más franco y decirle al Che lo que pensaba ...carajo, si hubiera escuchado a Haydée Santamaría no estaría suicidada... fue un error fusilar al pobre Ochoa, con tanto comemierda enterado... joder, si sólo me hubiera quedado veinte días menos en el Chile de Allende.

    Imagino, llegando al extremo, que Castro hasta comienza a sospechar que no era el mesías prometido.

    ___________
    (*) José Rodríguez Elizondo, ex embajador de Chile en Israel, fue editor de la página internacional de CARETAS en la decada de 1980.



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