Edición Nº 1695

 

  • Portada
  • Nos Escriben...
  • Mar de Fondo
  • Heduardo
  • China te Cuenta...
  • Ellos & Ellas
  • Culturales
  • Caretas TV
  • Controversias
  • Lugar Común
  • Piedra de Toque
  • Mal Menor
  •  

     

     

     

    ARTICULO

    8 de noviembre de 2001

    La Lista de Lauer
    El sacrificio impuesto a millones de seres humanos por parte del totalitarismo nazi es recordado como uno de los capítulos más dolorosos de la historia contemporánea.

    Nació en Zatec, Checoslovaquia, hijo de padre judío y madre cristiana; comenzó a vivir su infancia peruana escuchando en checo las historias que contaba su padre acerca de la desaparición de más de cien familiares en los campos de concentración nazis. Jamás pudo considerarse checo, porque al otro lado del mar nadie que tuviera el mismo apellido quedaba para recibirlo. Esas historias ensombrecieron los años que debieron ser felices y sentirse doblemente exiliado lo unió más al Perú, la única patria posible. Mirko Lauer, poeta, periodista y catedrático, al recibir el Premio Jerusalén por su incansable defensa de la democracia, reveló en su discurso la trágica suerte de un apellido que casi fue borrado de los registros demográficos durante la Segunda Guerra Mundial.

    Escribe DANTE CASTRO

    EN Francia las autoridades gubernamentales ignoran la celebración del centenario de André Malraux, veterano ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial y autor eximio de "La condición humana". En el Perú, el poeta y periodista Mirko Lauer, al recibir el Premio Jerusalén, sorprende al auditorio con un discurso que rinde justo homenaje a la memoria de más de cien familiares suyos asesinados en los campos de exterminio nazis. Tratándose de la misma guerra, la evocación es distinta. Los motivos, también.

    En esa crónica familiar lacerada de ausencias, pone énfasis en la vida de su padre, Ernesto Lauer, quien se libró del aniquilamiento porque prefirió combatir antes que esperar la voluntad de los verdugos. Él reside a los 86 años en Canadá, por haber elegido vivir en la diáspora antes que ser ciudadano del Estado de Israel.

    Los escuadrones de la S.S. no tuvieron compasión con los prisioneros. En la foto, miliciano de la resistencia desafía a ejecutores.

    Cuando comenzó la gran ofensiva nazi, Ernesto ya participaba en asociaciones judías juveniles, en Bohemia y Moravia, haciendo intentos de resistir la amenaza hitleriana. Convencido de que era necesario salir, escapa por Polonia para unirse a los ejércitos aliados. Desde Polonia llega a Rusia, que como todavía no estaba muy decidida sobre su rol en la guerra, lo mantiene en un campo de detención junto a todo el contingente de checos. De ahí se traslada al oriente medio para unirse al ejército británico en la legión checa que operó bajo órdenes del mariscal Montgomery. Después de participar en Tobruk y en la batalla de El Alamein se traslada en el barco británico Mauritania a Londres, y luego vuelve al continente con las tropas aliadas que avanzan por Normandía hacia el corazón del Tercer Reich. Termina en Praga desfilando ante el presidente Benes con los ejércitos checos. Obviamente el ejército ruso ha entrado primero, tal como acordaron los aliados en la conferencia de Yalta.

    Lo primero que hizo fue ir a los campos de concentración a buscar a su madre y a su hermana, enterándose de que habían muerto semanas atrás. Descubre también que todos sus parientes y amigos fueron asesinados en esos campos. Ni siquiera tuvo ánimo de ir a su ciudad natal y se quedó en Praga. Ahí encontró familiares de apellido Poshusta, quienes mostraron alegría al saber que aún quedaba un Lauer con vida. Conoció a varios primos en un críptico encuentro surgido de las cenizas de la muerte. A partir de ese momento empieza la difícil reconstrucción de una historia familiar preñada de horrores.

    Ernesto, padre de Mirko, junto a su unidad antiaérea. Al lado: con su madre y hermana, asesinadas en campos de exterminio.

    Ernesto conoció a Libuse Holoubek -madre de Mirko- en esa oportunidad. Libuse había visto pasar la adolescencia bajo ocupación nazi y aquel soldado que regresaba de las movilizaciones que dieron lugar al triunfo, no dejó de impresionarla. Se encontraron en una población de las afueras de Praga donde ella trabajaba de telefonista y él estaba administrando una fábrica.

    Eran personas totalmente diferentes. Ernesto, judío de clase terrateniente; Libuse, católica de clase media. El romance funcionó de acuerdo a las leyes de la guerra, que produce amores rápidos e intensos. Pero a los pocos meses de estar juntos, decidieron que no querían vivir bajo influencia rusa, menos siendo él un veterano del ejército inglés. Migraron al país del cual podían conseguir visa -el Perú- aunque tenían en mente ir a Canadá, cuyo sistema migratorio era complicado. Abordaron un avión con agobiantes escalas, pasando por ciudades tan distintas como Ámsterdam y Barranquilla, y llegaron a Lima donde permanecieron juntos once años. Después Ernesto quiso abrir el camino a Canadá y Libuse todavía se quedó un largo tiempo.

    Historia familiar plagada de ausencias hizo de él un tenaz opositor al totalitarismo. Der.: Macabro recuerdo de una guerra iniciada para depurar la raza: prisionero al pie de la fosa, antes de recibir balazo en la nuca.

    Habían llegado al Perú en 1948 como una pareja joven que venía hastiada de la guerra, con un hijo del cual no sospechaban que se aficionaría a las letras mayores en idioma castellano. Mirko acepta que el drama familiar ha influido sustantivamente en su vida personal. "Crecer en una mezcla de exilios es una experiencia muy peruana -comenta- La mayoría de peruanos ha crecido en un hogar de migrantes, hablando un idioma en casa que no se habla en la calle. Viviendo una cultura en el hogar y otra en las aceras". La diferencia es que no eran quechuas, ni aimaras o amazónicos, sino checos. Y él un niño migrante, como otros. El aspecto menos exótico es que tuvo un hogar de religión y cultura mixtas, de dos niveles sociales distintos.

    De padres que se llevaban mal porque estaban incómodos, o porque querían estar en otro lugar. Y esa acumulación de dramas familiares anteriores termina siendo una carga difícil de llevar.

    Sólo se ha sentido judío frente a los antisemitas, como puede sentirse negro o cholo ante el racismo local. Es parte de su posición libertaria que profesó desde temprana edad. Ser hijo de una madre cristiana resultó decisivo, aunque en casa nunca fueron muy religiosos. Tampoco se sintió checo, sino peruano en toda circunstancia: "Yo diría que más que identificación, he mantenido con el judaísmo una especie de solidaridad".

     

    Más de 10 millones de seres humanos fueron asesinados sistemáticamente en los campos de concentración.

    Confiesa que no le agrada el actual holocausto del pueblo palestino, pero tampoco el sistema de gobierno de los jeques árabes. "He hecho siempre una clara diferencia entre el judaísmo y la derecha capitalista que gobierna en Israel, que de algún modo es hermana del capitalismo árabe de los jeques petroleros. Nada tiene que ver con el judaísmo, porque esos señores sueltos en plaza hubieran producido las mismas masacres en cualquier otro lugar. Además, en Israel también hay judíos que defienden los derechos humanos, la democracia, y hasta un socialismo posible".

    Después de la caída del muro de Berlín, cuando ya tenía 50 años, recién viajó Mirko a Checoslovaquia. "No porque antes no hubiera podido viajar, en todo caso no sé qué hubieran opinado los checos por la presencia de un ultraizquierdista en sus calles", dice con humor. Considera que el motivo de la negativa se debe en parte al discurso interiorizado desde la infancia y también porque no le interesaba mucho el autoritarismo soviético.

    Algo que no dicen ni el poeta ni el veterano combatiente, tiene grave connotación: regresar a un país donde nadie espera al emigrado, es visitar una vez más las puertas del averno o arriesgarse a pisar alguna mina mortal que anida en la memoria. Es también recordar uno de los capítulos más dramáticos de la condición humana.

     

    Crónica del Holocausto
    Una purga racista que puso a la civilización en manos de verdugos.

    AL período comprendido entre el 30 de enero de 1933, fecha en que Hitler es nombrado canciller de Alemania, hasta el 8 de mayo de 1945 (día de la victoria), cuando finaliza la segunda guerra mundial, se le ha conocido como la era del Holocausto judío. Desde sus primeros discursos, Hitler anunció una campaña de limpieza étnica que debería dar como resultado un estado paneuropeo dirigido por la raza aria.

    Es imposible saber con exactitud la cantidad de víctimas semitas; no obstante, las estadísticas indican que el total superó las 5'860.000 personas. En general, los historiadores aceptan una cifra aproximada de seis millones. Igualmente es difícil conocer el número preciso de desaparecidos nojudíos; la cifra más aceptada es de 5'000.000. Entre los grupos de personas asesinadas y perseguidas por los nazis y sus colaboradores se encontraban gitanos, serbios, miembros de la resistencia de todas las nacionalidades, alemanes opositores al nazismo, homosexuales, testigos de Jehová, delincuentes habituales, y "antisociales" como mendigos, vagabundos y meretrices. En el caso de otros enemigos del Tercer Reich, sus familiares no solían ser objeto de represalias. Pero a todos los judíos, como a los gitanos, se les perseguía por algo definitivo e invariable: su origen racial.

    Durante los primeros años del Tercer Reich, cientos de judíos murieron como resultado de medidas discriminatorias; sin embargo, el etnocidio generalizado se inició con la invasión alemana a la Unión Soviética en junio de 1941. Desde entonces el plan para hacer desaparecer a la raza judía de Europa, se tituló macabramente como la "solución final". Para cumplir con este objetivo, los alemanes implementaron campos de exterminio masivo (campos de concentración) que contaban con equipos especialmente diseñados para asesinar en forma sistemática. Los principales estuvieron ubicados en Europa oriental: Auschwitz-Birkenau, Belzec, Chelmno, Majdanek, Sobibor, Treblinka. El primer campo de concentración, Dachau, fue abierto en marzo de 1933. Los reclusos -al inicio- eran presos políticos (comunistas o socialdemócratas), delincuentes, homosexuales y marginales. También incluyeron otros opositores: abogados, industriales, escritores y periodistas.

    Los judíos no siempre permanecieron impasibles y se resistieron de tres diferentes formas: levantamientos en ghettos, sublevaciones en campos de concentración y guerrillas partisanas. El levantamiento del Ghetto de Varsovia, que duró cinco semanas (abril-mayo de 1943), es quizá el ejemplo más conocido de la resistencia armada, pero no fue el único.

    En los siguientes campos de la muerte los reclusos se sublevaron contra sus opresores: Treblinka (agosto de 1943); Babi Yar (setiembre de 1943); Sobibor (octubre de 1943); Janówska (noviembre de 1943); y Auschwitz (octubre de 1944). Y los partisanos armados judíos estuvieron activos en muchas zonas, incluidas Baranovichi, Minsk, el bosque Naliboki y Vilna, causando bajas y desmoralizando al ejército alemán. Otros, como Ernesto Lauer, se incorporaron a los ejércitos aliados en condición de soldados y oficiales.

    Los Lauer perdieron más de cien familiares en campos de concentración, y algunos en escaramuzas de la resistencia y en batallas regulares. Naturales de Bohemia y Moravia fueron parte de los 78,150 judíos checos desaparecidos durante la ocupación nazi.

     



    ../secciones/Subir

    Portada | Nos Escriben... | Mar de Fondo | Heduardo | Culturales | Caretas TV | Ellos & Ellas | Bienes y Servicios | Controversias | Lugar Común | China te Cuenta Que... |
    Piedra de Toque |Mal Menor

    Siguiente artículo...

     

       

       
    Pagina Principal