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Edición Nº 1695 |
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La Lista de Lauer
Nació en Zatec, Checoslovaquia, hijo de padre judío y madre cristiana; comenzó a vivir su infancia peruana escuchando en checo las historias que contaba su padre acerca de la desaparición de más de cien familiares en los campos de concentración nazis. Jamás pudo considerarse checo, porque al otro lado del mar nadie que tuviera el mismo apellido quedaba para recibirlo. Esas historias ensombrecieron los años que debieron ser felices y sentirse doblemente exiliado lo unió más al Perú, la única patria posible. Mirko Lauer, poeta, periodista y catedrático, al recibir el Premio Jerusalén por su incansable defensa de la democracia, reveló en su discurso la trágica suerte de un apellido que casi fue borrado de los registros demográficos durante la Segunda Guerra Mundial. Escribe DANTE CASTRO EN Francia las autoridades gubernamentales ignoran la celebración del centenario de André Malraux, veterano ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial y autor eximio de "La condición humana". En el Perú, el poeta y periodista Mirko Lauer, al recibir el Premio Jerusalén, sorprende al auditorio con un discurso que rinde justo homenaje a la memoria de más de cien familiares suyos asesinados en los campos de exterminio nazis. Tratándose de la misma guerra, la evocación es distinta. Los motivos, también. En esa crónica familiar lacerada de ausencias, pone énfasis
en la vida de su padre, Ernesto Lauer, quien se libró del aniquilamiento
porque prefirió combatir antes que esperar la voluntad de los verdugos.
Él reside a los 86 años en Canadá, por haber elegido
vivir en la diáspora antes que ser ciudadano del Estado de Israel.
Cuando comenzó la gran ofensiva nazi, Ernesto ya participaba en asociaciones judías juveniles, en Bohemia y Moravia, haciendo intentos de resistir la amenaza hitleriana. Convencido de que era necesario salir, escapa por Polonia para unirse a los ejércitos aliados. Desde Polonia llega a Rusia, que como todavía no estaba muy decidida sobre su rol en la guerra, lo mantiene en un campo de detención junto a todo el contingente de checos. De ahí se traslada al oriente medio para unirse al ejército británico en la legión checa que operó bajo órdenes del mariscal Montgomery. Después de participar en Tobruk y en la batalla de El Alamein se traslada en el barco británico Mauritania a Londres, y luego vuelve al continente con las tropas aliadas que avanzan por Normandía hacia el corazón del Tercer Reich. Termina en Praga desfilando ante el presidente Benes con los ejércitos checos. Obviamente el ejército ruso ha entrado primero, tal como acordaron los aliados en la conferencia de Yalta. Lo primero que hizo fue ir a los campos de concentración a buscar
a su madre y a su hermana, enterándose de que habían muerto
semanas atrás. Descubre también que todos sus parientes
y amigos fueron asesinados en esos campos. Ni siquiera tuvo ánimo
de ir a su ciudad natal y se quedó en Praga. Ahí encontró
familiares de apellido Poshusta, quienes mostraron alegría al saber
que aún quedaba un Lauer con vida. Conoció a varios primos
en un críptico encuentro surgido de las cenizas de la muerte. A
partir de ese momento empieza la difícil reconstrucción
de una historia familiar preñada de horrores.
Ernesto conoció a Libuse Holoubek -madre de Mirko- en esa oportunidad. Libuse había visto pasar la adolescencia bajo ocupación nazi y aquel soldado que regresaba de las movilizaciones que dieron lugar al triunfo, no dejó de impresionarla. Se encontraron en una población de las afueras de Praga donde ella trabajaba de telefonista y él estaba administrando una fábrica. Eran personas totalmente diferentes. Ernesto, judío de clase
terrateniente; Libuse, católica de clase media. El romance funcionó
de acuerdo a las leyes de la guerra, que produce amores rápidos
e intensos. Pero a los pocos meses de estar juntos, decidieron que no
querían vivir bajo influencia rusa, menos siendo él un veterano
del ejército inglés. Migraron al país del cual podían
conseguir visa -el Perú- aunque tenían en mente ir a Canadá,
cuyo sistema migratorio era complicado. Abordaron un avión con
agobiantes escalas, pasando por ciudades tan distintas como Ámsterdam
y Barranquilla, y llegaron a Lima donde permanecieron juntos once años.
Después Ernesto quiso abrir el camino a Canadá y Libuse
todavía se quedó un largo tiempo.
Habían llegado al Perú en 1948 como una pareja joven que
venía hastiada de la guerra, con un hijo del cual no sospechaban
que se aficionaría a las letras mayores en idioma castellano. Mirko
acepta que el drama familiar ha influido sustantivamente en su vida personal.
"Crecer en una mezcla de exilios es una experiencia muy peruana -comenta-
La mayoría de peruanos ha crecido en un hogar de migrantes, hablando
un idioma en casa que no se habla en la calle. Viviendo una cultura en
el hogar y otra en las aceras". La diferencia es que no eran quechuas,
ni aimaras o amazónicos, sino checos. Y él un niño
migrante, como otros. El aspecto menos exótico es que tuvo un hogar
de religión y cultura mixtas, de dos niveles sociales distintos. De padres que se llevaban mal porque estaban incómodos, o porque querían estar en otro lugar. Y esa acumulación de dramas familiares anteriores termina siendo una carga difícil de llevar. Sólo se ha sentido judío frente a los antisemitas, como puede sentirse negro o cholo ante el racismo local. Es parte de su posición libertaria que profesó desde temprana edad. Ser hijo de una madre cristiana resultó decisivo, aunque en casa nunca fueron muy religiosos. Tampoco se sintió checo, sino peruano en toda circunstancia: "Yo diría que más que identificación, he mantenido con el judaísmo una especie de solidaridad".
Confiesa que no le agrada el actual holocausto del pueblo palestino, pero tampoco el sistema de gobierno de los jeques árabes. "He hecho siempre una clara diferencia entre el judaísmo y la derecha capitalista que gobierna en Israel, que de algún modo es hermana del capitalismo árabe de los jeques petroleros. Nada tiene que ver con el judaísmo, porque esos señores sueltos en plaza hubieran producido las mismas masacres en cualquier otro lugar. Además, en Israel también hay judíos que defienden los derechos humanos, la democracia, y hasta un socialismo posible". Después de la caída del muro de Berlín, cuando ya tenía 50 años, recién viajó Mirko a Checoslovaquia. "No porque antes no hubiera podido viajar, en todo caso no sé qué hubieran opinado los checos por la presencia de un ultraizquierdista en sus calles", dice con humor. Considera que el motivo de la negativa se debe en parte al discurso interiorizado desde la infancia y también porque no le interesaba mucho el autoritarismo soviético. Algo que no dicen ni el poeta ni el veterano combatiente, tiene grave connotación: regresar a un país donde nadie espera al emigrado, es visitar una vez más las puertas del averno o arriesgarse a pisar alguna mina mortal que anida en la memoria. Es también recordar uno de los capítulos más dramáticos de la condición humana.
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