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Visión de Ensueño
Ahora que el mundo está conmovido y que el turismo internacional se muestra esquivo, es bueno volcar los ojos hacia el interior para tomar conciencia de la propia riqueza con el fin de preservarla. La fragilidad del Santuario de Machu Picchu preocupa a numerosos conservacionistas y de las acciones que sobre él se tomen dependerá su futuro.
Escribe APROXIMADAMENTE a mitad de camino entre la estación de Puente Ruinas, desde donde se accede a la ciudadela de Machu Picchu, y la hidroeléctrica arrasada por los huaicos en 1998, nueve kilómetros más abajo, se encuentra una pequeña cabaña habitada por quien se considera propietario del antiguo fundo Mandor. Amable como la buena gente peruana que recibe al forastero, da las indicaciones necesarias para llegar a la catarata del mismo nombre que se encuentra a una media hora, bosque adentro, de la vía férrea. El lugar es sobrecogedor. La ilustración que abre la presente nota hace innecesario el comentario. Es parte delas 32,590 hectáreas que la Unesco ha declarado Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad, en distinción que sólo ha merecido en esta parte del mundo, además de Machu Picchu, el conjunto Tikal, de Guatemala. Conjunto de hectáreas que el común de visitantes ignora. Porque Machu Picchu, para la gran mayoría, son sus ruinas. Y para conocerlas realizan, en el común de los casos, un tour de force para una visita relámpago de tan sólo tres horas, perdiéndose gran parte de lo que el santuario contiene. En efecto, Machu Picchu ofrece una experiencia enriquecedora que merece
una estadía mayor. Sólo así se le podrá apreciar
en su verdadera dimensión. La revista BienVenida, especializada
en turismo cultural, recoge en último número las satisfacciones
y también sinsabores vividos por sus reporteros en los 43 kilómetros
de recorrido entre Qoriwayrachina y Machu Picchu por el camino inca. Satisfacciones
por los paisajes de increíble belleza, por los conjuntos urbanos
enclavados en sitios inverosímiles, por las terrazas de cultivo
labradas en los cerros, por las construcciones en las que los antiguos
peruanos le rendían culto al agua y, por último, satisfacción
por haber estado cuatro días en comunión con la naturaleza.
Sinsabores por haber encontrado a mitad de camino una suerte de cantina de cemento armado llamada albergue (que devuelve momentáneamente a Lima por el inconfundible olor a pila nivel jirón Cailloma) codeándose nada menos que con la imponente ciudadela Wiñay Wayna; por la falta de información, por los escasos servicios higiénicos o por la imposiibilidad de eliminar residuos que la inconsciencia o desesperación de muchos hace dejar por ahí. Pero a pesar de ellos, la experiencia resulta cautivadora; al punto de hacer decir al arqueólogo Elías Mujica: "Cuando llegué al final de mi recorrido por el camino al Intipunku -el momento más impresionante del trayecto-, mi primera reacción fue pensar que a partir de ese instante ya podía morir tranquilo; pero inmediatamente tuve una segunda reacción y volví a pensar que, al contrario, a partir de ese momento nunca podía morir". Ese sentido de la permanencia es el que inspira Machu Picchu. Por lo tanto, la vida dentro de las más de 30,000 hectáreas no debe extinguirse. Se debe preservar, por ejemplo, las 406 especies de aves silvestres estudiadas por el naturalista inglés Barry Walker afincado hace 18 años en el Cusco (se debe haber aburrido del "keep Walking") y por la autoridad mundial en aves de los Andes, el profesor de la universidad de Copenhague Jon Fjeldsa. Ya alguna de ellas, como el churrete real (cinclodes aricomae) está en extinción, y no en razón de alguna pandemia estomacal; también están en peligro el Torito pechicenizo y el Colatijera cejiblanco; otras especies, como la del cucarachero inca o del Hemispingo de Parodi, muy buscados por los observadores y estudiosos de aves, se encuentran sin dificultad, el primero en el límite del bosque húmedo y el segundo en el camino inca.
El lugar es también, por lo tanto, un santuario ornitológico. Eso lo sabe bien el actual embajador de Finlandia en el Perú, Mikko Pyhälä, activo promotor del Patronato que recuperará el Museo de Historia Natural de la Universidad Mayor de San Marcos y que, sin duda, tendrá entre sus preocupaciones a Machu Picchu. Ahora bien ¿cuál es la situación actual del santuario y qué condiciones se requieren para recorrerlo y poder apreciar su diversidad biológica? Según el arquitecto Julio Gianella, propietario y conductor de un hotel en las cercanías de Ollantaytambo -por lo tanto, interesado en un turismo de permanencia en la zona- Machu Picchu debe ser declarado parque ecológico para que, tomadas todas las medidas necesarias de preservación ambiental, pueda ser recorrido. Según Gianella, en la actualidad, strictu sensu, no se debería poder acceder ni a la catarata de Mandor. Existiendo al Este de los Andes, en la cuenca amazónica (el lugar biológicamente más rico del planeta) zonas preservables similares a la de Machu Picchu, pero de difícil acceso, son éstas, según Gianella, las que deben ser intangibles para su preservación total. ¿Es esto correcto? Pregunta de cuya respuesta puede depender el futuro del santuario.
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