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Edición Nº 1696 |
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Había una vez
AFGANISTAN
Escribe PANKAJ MISHRA LOS siguientes son fragmentos de un ensayo aparecido en The New York Review of Books y que presenta aspectos inesperados del país, hoy desgarrado no sólo por la guerra, sino por sus consecuencias. Difícil es imaginarlo ahora, pero para los estudiantes de Kabul el año 1968 fue un año no menos febril de lo que fue para los estudiantes de Columbia, Berkeley, Oxford o la Sorbona. Un rey, Mohamed Zahir Shah, gobernaba los muchos enclaves étnicos y tribales de Afganistán desde 1933. Pero él conocía bastante el mundo exterior como para intentar, cautamente, algunas reformas liberales en su capital, Kabul. La universidad había sido fundada en 1946; en 1964 se había introducido una constitución liberal; la prensa era técnicamente libre; las mujeres postulaban para cargos públicos en 1965. En los años sesenta, muchos estudiantes y profesores habían viajado al exterior; y nuevas ideas sobre cómo organizar el Estado y la sociedad habían llegado a los hijos de campesinos, artesanos y nómades desde sus maestros extranjeros o formados en el exterior. En el rarificado mundo del Kabul en trance de modernización, en el cual en 1959 se permitía a las mujeres presentarse sin velo, el comunismo y el islamismo radical atraían a casi igual número de creyentes: para esos seres impacientes, el gran campo afgano con sus costumbres antiguas parecían listos para la revolución. Fue de esta intelectualidad de Kabul que emergieron casi todas las figuras políticas cruciales de las tres décadas próximas. Menos de cinco años después de 1969, el rey Zahir Shah
fue depuesto por un golpe militar dirigido por su primo, el ambicioso
ex primer ministro Mohammad Daoud. Daoud buscó inicialmente la
ayuda de los comunistas, cuya influencia en el ejército y la burocracia
había crecido rápidamente desde los sesenta: juntos, se
lanzaron contra los islamistas radicales, muchos de los cuales fueron
apresados o asesinados por razones ideológicas.
Pero cuando Daoud, cauteloso respecto al creciente poder de los comunistas, trató de librarse de ellos, fue a su vez derrocado y asesinado. En abril de 1978, los comunistas -divididos entre sí, confusamente, en dos facciones, Khalq y Parcham, que corresponden toscamente a la correspondiente división rural-urbana de Afganistán- asumieron pleno control del gobierno de Kabul, y en su prisa por eliminar toda oposición a su programa de redistribución de la tierra y adoctrinamiento, intentó, en realidad, crear una sociedad comunista de la noche a la mañana, inauguraron lo que dos décadas después todavía parece un proceso en marcha: la brutalización y destrucción de Afganistán. En pocos meses, 12,000 personas consideradas anticomunistas, muchas de ellas miembros de la elite educacional del país, fueron asesinadas sólo en Kabul; muchos miles más fueron eliminadas en el campo. Miles de familias empezaron a dejar el país para refugiarse en Pakistán e Irán. Muchos islamistas radicales de la Universidad de Kabul estaban hacia 1978 en el exilio en Pakistán; muchos de ellos iniciaron incluso una guerra de guerrillas de baja intensidad contra el gobierno comunista. Muchas guarniciones militares a través del país se amotinaron, y las gentes de las aldeas, que estaban culturalmente muy lejos de Kabul, empezaron muchas jihads, o guerras santas, contra los comunistas. La Unión Soviética había apoyado el golpe comunista
de 1976 en Kabul, y también había empezado a preocuparse
por la manera torpe y brutal con que la facción Khalq del partido
comunista afgano, dirigido por el fanático ideólogo Hafizullah
Amin, otrora estudiante de la Universidad de Columbia, había secuestrado
el golpe, y luego había tratado violentamente -y, como lo probaron
las revueltas espontáneas a lo largo del país, desastrosamente-
de unir los incoherentes mundos étnico-tribales de Afganistán
en una sociedad comunista.
Las actas de las conversaciones del Politburó revelan que los ancianos líderes de la Unión Soviética se resistían inicialmente a una intervención militar en Afganistán. Pero temían que Estados Unidos, inquietos por la caída del Shah de Irán, estuvieron tratando, con la ayuda del astuto Amin, de encontrar una base antisoviética alternativa en Afganistán. Sospechaban que Amin fuera "una persona ambiciosa, cruel y traidora" que "podía cambiar la orientación política del régimen". Al final de los años setenta, Estados Unidos y la Unión soviética estaban librando guerras en Angola, Somalia y Etiopía a través de terceros. Por esto no sorprende la revelación, hecha hace tres años por Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad del presidente Carter, de que la ayuda en pequeña escala a los talibanes afganos con base en Pakistán había comenzado meses antes de que el ejército soviético llegara a Afganistán. En una entrevista concedida a Le Nouvel Observateur, en enero de 1998, preguntaron a Brzezinski si no lamentaba "haber apoyado al fundamentalismo islámico" y dado "consejos y armas a futuros terroristas". Brzezinski respondió: "¿Qué es más importante para la historia del mundo? ¿Los talibanes o el colapso del imperio soviético?" El Servicio de Inteligencia de Pakistán, que trabajaba en estrecha conexión con la CIA, envió al rico empresario saudí Osama bin Laden, para organizar a miles de árabes pobres que, atraídos por promesas de alimentos y dinero, habían viajado a Pakistán para alistarse en la jihad respaldada por la CIA contra el comunismo.
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