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Edición Nº 1696 |
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Nueva York
Texto y fotos JAIME BEDOYA TIMES Square, centro teórico del universo, muestra orgulloso la tira del calzón de Britney Spears en un gigantesco panel publicitario de Pepsi. Britney es blanca, el calzón es rojo, el pantalón azul: los colores de la bandera norteamericana. En la megatienda de Virgin Records el proclamado rey del pop Michael Jackson, aquel que duerme en una especie de minibar para ser por siempre un joven amorfo, firma autógrafos a la hora del té sin asomo de miedo ni al ántrax ni al mal aliento de sus fans. Frente a las ventanas del estudio de MTV, en donde acaban de despedir a 450 personas que la crisis sorprendió no siendo lo suficientemente cool, una multitud en edad de servicio militar chilla por ver de cerca el acne de las púberes estrellas fonomímicas de una boys band. En Broadway cancelaron cuatro shows desde el atentado, minucia al lado de los quince bomberos de la compañía local que murieron en las faenas de rescate. Ahora hay quienes pagan 400 dólares por la reventa de The Producers, show líder de los veinte en cartelera, y al final de las obras los propios actores salen al foyer a recoger donaciones para las familias de las víctimas, aceptando cheques de texanos, billetes de europeos o pennies de latinos desfinanciados. Nadie luce asustado y nadie está quieto. Ni los edificios. El Empire State, otra vez el más alto de Nueva York con sus 104 pisos, sólo ha tenido que ver a cuatro de las ochocientas ochenta compañías que ahí funcionaban ceder a la acrofobia, las mismas que se mudaron a algún primer piso luego del atentado. Como suele suceder en todo evento de trascendencia mundial, aparece súbitamente un peruano. Es una señora que vende souvenirs en la tienda del piso ochenta y dos del Empire State. Desde ahí vio cómo se estrellaban los aviones en el mismo piso de las Torres Gemelas. La peruana, su piel es morena y está curtida contra las penas, sigue vendiendo gorilitas de goma y demás recuerdos en el edificio que cada noche en sus últimos tramos se enciende con los tres colores emblemáticos de la bandera. El símbolo patrio con el que desde Vietnam se desarrollara una relación conflictiva que alcanzó el derecho a quemarla en público como muestra extrema de la libertad de expresión, ha resucitado como uno de los dos más importantes iconos de la unidad americana posterior al 11 de septiembre. Hay banderas en los autos, en las solapas, en patrióticos tatuajes vigilando la frontera de las más privadas zonas de sus ciudadanas. El otro icono es igual de intenso pero de distinta funcionalidad: el id. Los fotochecks se llevan al cuello como silente aceptación de pertenencia a una comunidad amenazada que acepta vivir permanentemente identificada, pero sin ceder un ápice en su manera de vivir libérrimamente. A sólo dos cuadras, en la misma calle 42, en un puesto de diarios se ofrece sin ningún problema junto al New Yorker o al Vanity Fair, publicaciones árabes donde se ven caricaturas burlándose de Bush y carátulas dedicadas al Mullah Mohammed Omar, el irretratado cómplice de bin Laden. Al notar revisándolas, uno de los encargados pregunta en un inglés cargado de acento: -¿Eres árabe? -No, periodista. Y maldice algo ininteligible. Esta es una ciudad en guerra, pero no piensa disparar un solo tiro. Sus armas son otras. Son el valor, la diversidad, y -cómo no- esa antítesis de la burka talibán que se constituye la tirita roja que deja ver Britney.
El alcalde Rudolph Giuliani no recibió a Toledo, pero en su momento tampoco recibió a Arnold Schwarzenegger. La estrella de cine lo llamó al día siguiente del ataque a las Torres Gemelas, ofreciéndose a apersonarse en ground zero para estrechar la mano de los bomberos, tomarse fotos junto a él, lo que sea. Algunos de sus asesores sugerían enviarlo a Afganistán, pero Giuliani declinó cortésmente diciéndole que ahí y entonces tenían otro trabajo que hacer. Igual hizo con Bill Clinton, quien también llamó a avisar que estaba en camino. -Díganle al presidente Clinton que no debería venir. Tampoco ningún candidato a cargos públicos ni nadie que no tenga nada que hacer acá. No hay nada en que él pueda ayudar ahora. Que vuelva en unos días, fue su respuesta. Su carácter y liderazgo bajo extrema presión ha convertido a Giuliani en símbolo emblemático de la resolución vital neoyorquina. Por eso candidatos y líderes buscan su cercanía, apostando por la ósmosis de la admiración que despierta. El último en poder dar fe de este poder transmisible es el recién electo alcalde de Nueva York, el multimillonario Mike Bloomberg. De poco le sirvieron los 50 millones de dólares que invirtió en su campaña. El margen ganador se lo dio Giuliani al apoyarlo públicamente en las últimas semanas previas a las elecciones de noviembre. Un toque de midas ganado a pulso y cuyo poder su propietario administra con celo. A Alejandro, Arnold y Bill les consta. Giuliani estuvo a minutos de morir aplastado por un derrumbe el 11 de septiembre. Pero junto con el temple, mantiene vigoroso humor. La oficina central de emergencia de la ciudad de Nueva York quedaba, irónicamente, en una de las Torres Gemelas. Una vez destruida, la municipalidad hubo de agenciarse otros espacios donde enfrentar la crisis. Un estudio de abogados ofreció sus oficinas, en donde Giuliani y su equipo se dirigieron inmediatamente. Al abrir la puerta, Giuliani estalló en carcajadas: la oficina estaba decorada con pinturas de Chris Ofili. Era el mismo pintor con el que el alcalde se había embarcado en tenaz disputa hace un tiempo, cuando éste exhibiera una pintura de la Virgen María hecha con caca de elefante en el Museo de Brooklyn. Shit happens, habría sido su expresión off the record. Giuliani tiene dos pasiones, Nueva York y el béisbol, y una esposa
en trámite de divorcio, Donna Hanover, que durante tres semanas
se presentó en Broadway como una de las protagonistas de los Monólogos
de la Vagina. Promoviendo personalmente la vuelta a la normalidad,
en un fin de semana voló a Phoenix para ver un partido de la World
Series de los New York Yankees, regresó inmediatamente para la
Maratón de Nueva York, y al día siguiente estaba de vuelta
en el Yankee Stadium vitoreando a su equipo, que perdió. Cuando
el alcalde buscaba una locación para realizar un servicio religioso
ecuménico para las víctimas del desastre, se le planteó
el Central Park, el Madison Square Garden y la Isla de Staten con vista
a la zona del desastre. Giuliani dijo no. Dijo hagámoslo en el
Yankee Stadium. Su directora de comunicaciones, Sunny Mindel, hizo una
observación acerca de lo inapropiado de hacer un evento espiritual
en un estadio de béisbol. El Papa, dijo Giuliani mirándola
con silenciosa furia, hizo misa en el Yankee Stadium. Y
ahí se hizo. En conferencia de prensa extraordinaria, el aún alcalde de Nueva York se dio tiempo -junto a Gordon Bethune, CEO de Continental Airlines, y Cristyne Nicholas, de NYC & Company, la agencia de marqueteo turístico de la ciudad- de responder algunas preguntas a periodistas de tres continentes. El liderazgo de Giuliani irradia un carisma y credibilidad inmediata que desbaratan aquellas tesis que atribuyen estas carencias infalsificables a un "problema de imagen". Respondió una pregunta que no se le había hecho antes: -¿Cómo ha hecho para administrar tanto dolor, el propio y el ajeno? -Para ser alcalde de Nueva York hay que tener un gran sentido del humor. Eso era verdad antes del 11 de septiembre, lo sigue siendo ahora. El resto lo aprendí de la viuda de un bombero. Ella había sufrido una serie de pérdidas familiares previas al atentado, y encima ese día muere su esposo rescatando gente. Yo trataba de confortarla, y ella me dijo: ¿Sabe cómo resisto? Cada día que lloro trato también de reír. Desde entonces hago lo mismo. En una boda, en un concierto, en un partido de béisbol. Lloro, hay que hacerlo. Pero también río. El ground zero se ha convertido en un perturbador destino turístico. Entre el homenaje y lo mórbido, viajeros del mundo cuyos vuelos sí aterrizaron a salvo se arremolinan frente a las tranqueras próximas para llevar a casa aunque sea una esquina del escombro más visible del desastre. Las miles de flores, fotos, velas, ositos y mensajes de aliento colgando de las rejas obligan a transformar la curiosidad en reflexión. Seguir viviendo, tal como lo hace Nueva York, parece ser mejor respuesta que un bombardeo al otro lado del planeta. El ground zero, visto a bordo de un ferry desde el rio Hudson, se manifiesta de otras maneras. Hay un vacío visual en donde estaban las torres, un sector nuevo de cielo que no debería verse. La brisa del río trae un denso olor a quemado que envuelve la embarcación como un fantasma inocuo pero doliente. Edificios vacíos desde donde antes se controlaba el dinero del mundo reverberan el motor diesel de la nave, único sonido que brota de la zona evacuada. Nadie habla a bordo del barquito. Poco hay que decir y una coreografía no ensayada de cámaras se concentra en la zona silenciosa olvidando que esto no es un paisaje. Es una tumba.
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