Edición Nº 1697

 

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    ARTICULO

    22 de noviembre de 2001

    El Humor Propio

    Por JOSE RODRIGUEZ ELIZONDO

    EN las sociedades democráticas desarrolladas el humor es un factor de importancia social reconocida. La agresividad disminuye cuando hay capacidad para valorar la diversidad y reírse de uno mismo.

    Por definición, no hay sociedades desprovistas de humor. En todas existe, al menos como semilla. Pero si ésta no se siembra desde la libertad, no se desarrolla. La pérdida de libertad puede destruir lo sembrado.

    Hay sociedades, como la peruana, increíblemente resistentes. Sus desconcertadas gentes han pasado por un huaico de gobiernos débiles, terrorismos fuertes y fujimontesinismo catastrófico, pero la gracia limeña sigue al tope. Basta ver cualquier número de esta revista -y no sólo la caricatura de Heduardo- para comprobarlo.

    En Chile, tal vez no captemos que el cataclismo de 1973 nos dejó sin humoristas, pues la necesidad creó el órgano sustituto de los contadores de chistes y de los que confunden la gracia de lo insólito con el infantilismo de decir groserías. Lo que en España llaman "humor de caca, pedo, pis".

    Pero el caso es que nuestro pasado democrático pudo desarrollarse entre risas legítimas. Teníamos revistas con un humor político de calidad que, paradójicamente, obligaba a los políticos a ser más serios. Por cierto, también copiamos algunas revistas de humor general a los argentinos, pero tras la imitación llegó la creación, con magníficos dibujantes humoristas. En teatro, conjuntos estables, como el del peruano Lucho Córdoba, sólo daban piezas de humor. En la radio y en la televisión, sobresalían humoristas de digna creatividad. En literatura estaba José Miguel Varas y en poesía, obvio, brillaba el gran Nicanor Parra con sus antipoemas y artefactos.

    Lo dicho no significa que los pocos que leemos no tengamos material para la risa. Parra sigue produciendo artefactos sin ira y Alfaguara acaba de publicar los cuentos completos de Varas (quien, dicho sea de paso, debiera ser conocido mucho más allá de la cordillera). Además, de vez en cuando algún contador de chistes nos permite conocer, de segunda mano, los productos del humorismo genuino, esencialmente foráneo.

    El humor genuino lo tiene difícil en los países donde la pauta es reírse de la gente y no con la gente. Es decir, burlarse de los defectos físicos, opciones sexuales o circunstancias étnicas del prójimo. Si controláramos autocríticamente nuestras carcajadas, en el espejo nacional, quizás entenderíamos que recelar de la diversidad, usar la uniformidad como metro obligatorio y reírse de quienes "no son como uno", es muestra clara de inseguridad. Está dentro de esa lógica el que los subalternos encuentren graciosísimas las burlas de sus jefes.

    De ahí lo grato de saber que cualquier líder norteamericano con pretensiones debe introducir un par de chistes originales, a menudo autocaricaturales, en sus discursos. Eso garantiza la demanda y mantención de buenos humoristas. El Bill Clinton de fin de temporada, que se tomó el pelo en un video insólito, demostró que, al más alto nivel, los norteamericanos aprendieron a reírse de sí mismos. Es de esperar que el 11 de setiembre sólo sea un paréntesis negro y que no afecte esta característica nacional.

    Visto así el tema, España y los chistes gallegos son un caso de personalidad social dividida. Primero, porque son chistes y no humorismo. Segundo, porque extremeños, castellanos, andaluces, asturianos, aragoneses y valencianos, columpiando en patota a los pobres gallegos, con la complicidad sudaca, es un caso de abuso intrafamiliar. Como quien suelta un chivo expiatorio interno, para que se rían los demás.

    Por eso, sin excusar los errores de las izquierdas (servidor ya hizo el inventario y el finiquito en libros muy seriotes), el humorismo es uno de los valores chilenos que el general requisó. Lógico: no puede haber humorismo genuino en posición de firmes. Esa posición encona el gesto, envenena la gracia y la transforma en sátira pura y dura. Por algo los buenos humoristas de cualquier dictadura son magníficos exiliados.

    Hay quienes dicen que el general Pinochet tiene o tenía sentido del humor, pero eso es discutible. Fue sornudo y tomador de pelo, pero de patrón a inquilino, y los disidentes eran sus gallegos. Nadie podría imaginarlo ordenando un video, después del plebiscito del 88, que lo mostrara en el desempleo, como hizo Clinton.

    A nivel regional, el caso de Fidel Castro es aún más claro. Pocos pueblos hay más llenos de gracia que el cubano, y el líder máximo hoy tiene a Cabrera Infante, autor de la formidable novela cómica Tres tristes tigres, haciendo juegos de palabras en inglés. Otra cosa es que, sin proponérselo, Fidel siglo XXI se haya transformado en un personaje irresistiblemente cómico, por seguir imitando al Fidel rebelde y libertario del siglo XX.

    Es una arista no estudiada de nuestra demorada reconciliación. Nos dice que en el humorismo, como en la política y en la limpieza de ventanas, todo es cuestión de equilibrio.

    Y que, para alcanzar el punto, debemos volver a reírnos de nosotros mismos.

    En tanto no podamos hacerlo juntos, gordos y flacos, gigantes y enanos, civiles y militares, políticos y no políticos, seguiremos riendo unos contra otros, desde la nostalgia, en compartimientos estancos y mirando hacia atrás.



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