Edición Nº 1698

 

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    29 de noviembre de 2001
    Por MARIO VARGAS LLOSA


    Novelista en Nueva York

    LOS "huevos benedictinos" y el "Bloody Mary" siguen siendo una delicia en esa reliquia de ladrillos que es el P.J. Clark's, en la Tercera Avenida, y los teatros de Broadway, que, al parecer, luego del 11 de septiembre se vaciaron, ahora andan de nuevo repletos: en la boletería donde trato de conseguir entradas para The producers, el musical de Mel Brooks, me informan que para las primeras localidades disponibles tendré que esperar hasta mayo del próximo año. En los cines, restaurantes y museos que visito en esta apretada semana neoyorquina, no advierto nada anormal; hay una afluencia bastante grande de espectadores y clientes y la vida cotidiana parece haber recuperado la normalidad.

    Sin embargo, se trata de una apariencia. Lo que ocurrió el 11 de septiembre es un ominoso sobreentendido que merodea detrás de todas las conversaciones con los amigos neoyorquinos y, de tanto en tanto, se inmiscuye en ellas y se corporiza en el trajín cotidiano de las maneras más inesperadas. En el estudio del pintor y escultor Manolo Valdés, en la calle 16, descubro unas cabezas tocadas de unos impresionantes sombreros hechos con materiales de desecho y mi reacción y la de la persona que me acompaña son idénticas: "¡Un homenaje al Nueva York lacerado del 11 de septiembre!". En verdad, el artista había concebido aquellas esculturas desde mucho antes, pero esta circunstancia no varía un ápice el efecto que ellas causan en el espectador luego de aquel episodio: éste les ha impregnado una simbología y un dramatismo que su creador no pudo prever. Sin el cataclismo hubieran sido unos audaces intentos de transmutación de unos materiales de derribo ofrecidos por el azar en objetos estéticos que manifestaban sólo la fantasía y la destreza de un artista; ahora manifiestan, también, su cólera y su solidaridad por la violencia infligida a una ciudad de la que Manolo Valdés es parte.

    En la residencia del embajador español ante la ONU, Inocencio Arias, redescubro un óleo de Eduardo Úrculo que ya he visto antes, pero que, ahora, se ha vuelto otro. En el lienzo, el propio artista, de espaldas, contempla un Nueva York de rascacielos radiantes en el que en primer plano descuellan, monumentales, las Torres Gemelas de Wall Street. Es un cuadro muy bello, de colores vivísimos, que, en mi memoria, comunicaba una impresión risueña y juguetona, de alegría y plenitud vital. El 11 de septiembre mudó esa tela; la impregnó de profetismo apocalíptico y ahora, aunque sigue siendo bello, es un cuadro sin pizca de humor, trágico, que transpira nostalgia, rabia sorda y tristeza.

    Pero el homenaje más dramático a las víctimas del más mortífero atentado terrorista de la historia no lo encontré en Nueva York, sino en el Arts Institute de Chicago, adonde fui a ver una extraordinaria exposición dedicada a las nueve semanas que vivieron juntos, en Arles, en 1888, Vincent van Gogh y Paul Gauguin. Esa difícil coexistencia, que causó traumas y heridas profundas a ambos artistas, produjo también una floración de obras maestras que deja al espectador maravillado, boquiabierto. En el Arts Institute, hay también, en un salón recoleto y en penumbra, entre grandes columnas de semblante funerario, una colección de grandes fotografías en las que aparecen, en distintas horas del día y de la noche, de las estaciones y los climas, las Torres Gemelas de Nueva York. Estas imágenes son una selección de una vasta empresa artística, que duró cerca de tres años, y que parece haber nacido de una misteriosa premonición. El fotógrafo, Joel Meyerowitz, a quien tuve ocasión de conocer, me la contó con cierta ansiedad, como si no acabara todavía de asumir cabalmente del todo esa extraña suma de casualidades, coincidencias y pálpitos que lo indujeron, sin saber muy bien por qué, en estos últimos tres años, a fotografiar, cientos, miles de veces, desde la ventana de su estudio neoyorquino, las torres del World Trade Center, unos gigantes de acero, mezcla y vidrio que ejercían sobre él irresistible hechizo. En sus fotos, las Torres Gemelas son unas y muchas a la vez, según floten medio desvanecidas en la neblina del amanecer, iluminen la noche con sus miles de luciérnagas o ardan como teas en el esplendoroso sol del mediodía. Ostentosas o furtivas, explícitas o semidevoradas por las sombras, estas construcciones captadas por el lente inquisitorial de Joel Meyerowitz, contempladas ahora desde la ausencia, han adquirido una naturaleza de iconos, de símbolos, de totems, de lápidas de una civilización brutalmente enfrentada a una amenaza de extinción. Este peligro no es sólo el de las bombas o las pestes con que puede atacarla el oscurantismo terrorista; es, también, el del pánico y la rabia que pueden llevarla a recortar lo más precioso que tiene, la libertad, en nombre de la seguridad. Pocas veces he visto una exposición fotográfica tan intensa e incitadora como la que ha convertido este sótano del Arts Institute de Chicago en una cámara funeraria.

    El acto terrorista que, el 11 de septiembre, voló las Torres Gemelas y aniquiló a cerca de cinco mil oficinistas, empleados, obreros, bomberos y policías procedentes de los cinco continentes, estuvo diabólicamente concebido para provocar, además de una tragedia humana y enormes daños materiales, una secuela psicológica que será, acaso, más difícil de superar que el dolor o la destrucción física: un sentimiento de inseguridad, precariedad e incertidumbre que la sociedad estadounidense no había conocido hasta ahora. Si una banda de fanáticos pudo derribar aquellas torres que desafiaban al cielo ¿qué maldades peores no podrían hacer? Los divertidos horrores de la ciencia-ficción y el cine tremendista, de pronto, por efecto del 11 de septiembre, abandonaron la irrealidad que los volvía inocuos y amenos, y pasaron a integrar el realismo, a ser anticipatorios, proféticos. Ahora, la idea de que una pandilla de dementes fundamentalistas, bien provista de recursos económicos, pueda hacer estallar un artefacto atómico en la Quinta Avenida -o en Picadilly Circus o los Campos Elíseos-, envenene el aire, el agua o los alimentos de una ciudad, o la infecte de bacterias homicidas, dejó de ser un juego entretenido y se convirtió en una siniestra realidad de nuestro tiempo. Desde ahora, esa pesadilla nos acompañará como una sombra.

    Digo "nos" porque, aunque no sea neoyorquino ni viva en Nueva York, nunca me he sentido un extranjero en Manhattan, y, como a muchos millones de seres en el mundo que han pasado temporadas o visitado como turistas la ciudad de los rascacielos, yo también sentí, el 11 de septiembre, que aquel pequeño apocalipsis me había inferido un daño personal, destruyendo y aniquilando algo que, de modo difícil de explicar, también me pertenecía.

    Sólo una vez viví de corrido varios meses en Nueva York -un semestre, en 1975, en que dicté un curso en Columbia University-, pero, desde 1966, cuando fui allí por primera vez, he visitado la ciudad incontables veces, generalmente por pocos días. Sin embargo, en todas esas visitas, tuve siempre la sensación de vivir allí mucho más que de costumbre, de hacer más cosas, de entusiasmarme y fatigarme más que lo que aquel puñado de días me lo habría permitido en cualquier otra ciudad. Siempre he tenido en Nueva York la sensación de estar en el centro del mundo, en una Babilonia moderna, una especie de Aleph borgiano en que están resumidas y representadas todas las lenguas, razas, religiones y culturas del planeta, a la vez que desde aquí circulan, como desde un gigantesco corazón, hasta las más remotas extremidades del globo, modas y vicios, valores y devalores, usos, costumbres, músicas, imágenes, prototipos, resultantes de las mezclas increíbles de que está constituida esta ciudad. La sensación de ser un ínfimo grano de arena en una cosmópolis miliunanochesca puede ser algo deprimente; pero, paradójicamente, a la vez muy exaltante, por aquello que escribió Julio Cortázar sobre París: "Es infinitamente preferible ser nadie en una ciudad que lo es todo, que serlo todo en una ciudad que no es nada". Nunca sentí lo que él en la capital de Francia; en Nueva York, sí, cada vez.

    Nueva York no es de nadie y es de todos, del taxista afgano que apenas masculla el inglés, del hindú enturbantado y de barba prolija, del asiático manipulador de misteriosos menjunjes de China Town y del napolitano que canta tarantelas a los comensales de un restaurante de Little Italy (pero que nació en Manhattan y no ha puesto jamás los pies en Italia). Es de los dominicanos y puertorriqueños que atruenan las calles del Barrio con plenas, salsas y merengues, y de los rusos, ucranianos, kosovares, andaluces, griegos, nigerianos, irlandeses, paquistaníes, etíopes y ciudadanos de decenas de países, a cual más exótico y hasta imaginarios, que, nada más pisar esta tierra, por virtud de la magia integradora de la ciudad, se volvieron neoyorquinos.

    El cosmopolitismo es la antípoda de toda forma de fanatismo. El fanático lo es porque se siente dueño absoluto de una verdad única, incompatible con cualquier otra, y por lo tanto, con derecho a abolir, valiéndose de cualquier medio, las diferencias, todos los credos y convicciones que no coinciden milimétricamente con los suyos. Por eso, es imposible que los fanáticos de cualquier pelaje o calaña, no odien, con su obtusa mentalidad rectilínea, la diversidad variopinta, plural, inasimilable a una sola manera de creer, gozar, pensar y actuar, de esta ciudad babélica, multirracial y multicultural, esta refracción en pequeño formato de la infinita variedad de lo humano. Para quienes sueñan con unificar, integrar e igualar al planeta dentro de la camisa de fuerza de un solo dogma, de un solo dios, de una sola religión, Nueva York, qué duda cabe, es el primer enemigo que hay que abatir.

    Pero, por esa misma razón, todos quienes en el ancho mundo, aunque discrepando en otras cosas, coincidimos en creer que aceptar la diversidad de creencias, tradiciones y culturas dentro de un sistema de coexistencia pacífica es el sostén básico de la civilización, nos hemos sentido tocados por la voladura de las Torres Gemelas, el 11 de septiembre. El atentado vino a recordarnos que el viejo enemigo oscurantista sigue allí, obstinado, tratando siempre, pese a todas sus derrotas, de cerrarle el paso a una humanidad sin dogmas, hecha de verdades relativas, en diálogo y cotejo permanente; en nombre de una sola verdad inhumana. Nunca cesará la lucha contra las siempre renacientes cabezas de la Hidra.

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    © Mario Vargas Llosa, 2001.
    © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2001.

     


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